“Para favorecer la violencia colectiva,
hay que reforzar su inconsciencia. Y, al contrario, para desalentar esa
violencia, hay que mostrarla a plena luz, hay que desenmascararla”,
René Girard
Existía un antiguo ritual de condición
fantástico y purificador que consistía básicamente en buscar un responsable de
todos los pecados de un pueblo. El rito contemplaba regenerar el orden perdido
a través de purificar o reparar las faltas, con un castigo físico que
permitiera expiar las culpas. En el inicio de estas ceremonias se ofrendaba un
animal a la causa de redimirse, trasladando simbólicamente el sentimiento de
culpa que nos aferraba como especie maligna. El famoso chivo expiatorio nos
entregaba una fingida calma al sentimiento de culpa que nos invade desde el
inicio. En resumen, nada ha cambiado en el tiempo, siempre proyectamos nuestras
indecisiones o debilidades en una imagen externa, dueña de todos los males
terrenales. La religión, la política y la radicalidad han montado un enorme
negocio a través de esta debilidad manifiesta.









































