"La humanidad tiene una moral
doble: una que predica y no practica, y otra que practica y no predica".
Bertrand Russell
Dicen que la muerte nos iguala a
todos. En parte puede ser cierto. En parte. No todos mueren con el mismo
estatus, con idéntico reconocimiento, con la misma pompa, con la correcta
aplicación de la vara de la justicia. Pero creo que la muerte finalmente iguala,
porque al dejar uno de existir, se olvida la falta de equidad sufrida. Podrá
quedar instalado sobre la tierra el mito de la persona, pero en un punto, lo
que afortunadamente se ha de perder es, parcial o totalmente -en pocos casos-, la
portación del contrasentido. Esta cualidad que gran parte de la humanidad porta
es la que echa a perder las ideologías, pensamientos u obras. Casi nadie puede
escapar al contrasentido, la incongruencia o la incoherencia. Y es increíble,
porque son los mismos hombres incoherentes los que finalmente están dotados de
cualidades excepcionales que posibilitan
una permanente evolución.
Dicen que todo el mundo tiene su
ideología, o al menos una simpatía, credo o una especie de doctrina. Una
ideología es un compuesto de ideas y valores, y de los principios que portamos
o defendemos, tomamos decisiones que enaltecen o afectan a la especie. Todas
las ideologías se aprecian coherentes, el caos se genera con la
instrumentalización o manipulación de las ideas o sentimientos para obtener o
mantener poder, convirtiéndose en traidores de sus propios principios y trasmutando
en rehenes a los que les profesan admiración, orgullo o una fe ciega a aquellos
referentes que nos hicieron creer que eran trasparentes o heroicos, que los
conocíamos, y que a pesar del continuo engaño que finalmente intuiremos, seguiremos
protegiéndolos con el corazón en vez de juzgarlos con la razón.
El paso del tiempo nos permite
sospechar que ninguna revolución ha resultado. ¿O me estoy olvidando de alguna?
El que piense que la Revolución Francesa ha sido la excepción, y se aferre a
latiguillos aún repetidos de "Libertad, igualdad y justicia", puede
que este románticamente equivocado. Esta Revolución, indudablemente puso fin a
un orden medieval, pero quizás sin quererlo, dio pie al nacimiento de varias
naciones que desarrollarían el consumismo, gen de la brecha de mayor
desigualdad. La Revolución
norteamericana (1775-1783) sería la primera en reivindicar la participación
social, inspirada en las letras francesas, instaurando un efectivo y perdurable
espacio para el ejercicio de la libertad, eso sí, interno. Todavía hoy, los
amantes de las permanentes revoluciones, continúan denominando a los
norteamericanos como el imperialismo yanqui.
Lenin fue considerado, en sus
inicios, heredero legítimo del legado francés y de Robespierre. La historia nos
permitió saber finalmente el extraño uso de la palabra liberación que luego
profesó el líder soviético. La Declaración de derechos del Ciudadano y del
Hombre, de 1789 es un buen producto de aquella gesta gala. Una declaración
loable que al día de hoy cuesta recordar a los Estados y a la sociedad que está
incumplida en mayor medida. La reclamación de la participación social y los
ideales políticos siguen siendo una mítica construcción, que todos repetimos
pero rara vez cumplimos al pie de la letra. Quizás los amantes del arte puedan
rescatar parte del éxito de aquella Revolución Francesa, en la belleza de la
letra en su conjunto de "Los miserables", obra de Víctor Hugo, y en sus
excelentes adaptaciones para el musical que consagró el teatro y el cine. Poco
para tanta expectativa revolucionaria.
El problema del revolucionario, que
en realidad es de todo ser humano, es la omnipotencia que lo ciega al llevar
adelante una revuelta social. Omnipotencia es sinónimo de absolutismo, estado
en que los que quieren apagar una tiranía terminan cayendo, a través de
continuos graves errores, y siempre con consecuencias negativas para la especie
humana. El líder revolucionario ha de terminar reprochándote que lo que ha
hecho, lo ha hecho para ti, para tu beneficio. Entonces, tú has de ser el
ingrato, el que no valora la abnegación de aquel mítico héroe que se la jugó
por los oprimidos. La pregunta que siempre viene al caso y rara vez la
preguntamos es: ¿Quién le pidió que llevara adelante su ideal? Seguramente
nadie, probablemente el deseo mitológico de todos. Pero fue el arrebato
personal de sus emociones, creencias, fanatismos o convicciones lo que le llevó
a desafiar y enfrentar el orden vigente, para luego reprocharnos su estoico
esfuerzo, en el momento que sospechamos que tanta revolución lo único que
generó, es un cambio de cromos en esto de vivir sojuzgados. Es que el
revolucionario es en el fondo, un gran continuador de lo que combate y destrona.
Nuestras sociedades no terminan de
entender lo que es convivir con la existencia de la muerte. A pesar de formar
parte de un componente biológico inevitable, decoramos la muerte con valores
simbólicos, mitos vivientes, recuerdos sobrehumanos o lecturas trascendentes.
Seguramente ansiamos la inmortalidad y estemos dispuestos a vivir con un
equipaje extra, que son esos sobredimensionados recuerdos que nos permiten
vivir los presentes con un dejo marcado de optimismo, que probablemente nos
permita soportar lo existente e intentar dejar una huella inmortal, no para
nuestros herederos, sino tal vez para nuestros inconmensurables egos vivientes.
A todos nos gusta fantasear con el
éxito de un grupo de hombre simples pero con convicciones férreas y una fuerza
de persuasión superior a la que provee la naturaleza, desafiando en su barca,
al tirano de turno. Y si esa escasa fuerza de sacrificados guerrilleros enfrenta
y vence al coloso y descomunal opresor, mas épica tiene la gesta y habrá pocas
voces que se opongan al éxito de la misión. El problema es que los hombres
comprueban los fracasos en diferido, rara vez sospechan de que la gesta no es
tan gesta sino arrebato momentáneo, que el oprimido de ayer no será el oprimido
de mañana. Buscamos las estampas románticas, inolvidables y contundentes. Todo
aquel que desee un mundo más justo y más libre no podrá nunca darle la espalda
a las revoluciones. Pero si podrá, porque creo que es su deber, cuestionar los efectos
verdaderos y posteriores de esos momentos heroicos.
En un mundo escaso de modelos, todos
anhelamos la construcción del nuevo hombre o mundo nuevo. El hombre nuevo o el
hombre fuerte, el padre del pueblo, seguirá existiendo y anhelándose en nuestro
imaginario. Deseamos con pasión la liberación del oprimido, el abatimiento de
la pobreza y la derrota de los imperialistas. La historia se continuará
nutriendo de consignas, de romances y de proclamas libertadoras. Toda
generación de mortales anhela por su líder carismático y justo. La humanidad
necesita esperanza, pero también necesita reconocer que la vida tantas veces no
es una lucha entre blancos y negros, sino el enigmático reconocimiento de
habitar escalas monocordes de grises. De las revoluciones perdura la sospecha
de un nuevo fracaso y subsiste el triste merchandising en camisetas, gorros,
ron o habanos.
La palabra revolución ha perdido
fuelle en las últimas décadas, al extremo de ser un palabra más de uso
publicitario que un emblema de cambio social o camino a la equidad y fin de la
opresión. La fuerza del término revolución perdió la batalla con la semántica, y
la aplicamos para referirnos a una revolución tecnológica o científica, por
ejemplo. Además, cualquier campaña monocorde de ventas se aferra al slogan
revolucionario con la idea de demostrarnos que lo que nos van a vender, se refiere
a lo último, última aparición en el mercado. En defensa de la palabra
revolución, la mayoría de las palabras han sufrido esa mutación, la venta se
nutre de la antigua épica, hemos cambiado de chip, antes las palabras
encerraban contenidos, hoy parece que las palabras confirman que son términos
vacíos, sin fuerza de contenido.
Continuamos necesitando ver
cumplidas las utopías sobre la liberación. Las necesidades insatisfechas de las
sociedades se acrecientan. La revisión del pasado no arroja dudas de que tras
la revolución liberadora, sobreviene la opresión, exclusión, sometimiento y
persecución, todos términos que contradicen los ideales buscados. La libertad
debería ser la respuesta, una vez liberados del oprimido, nadie debería olvidar
que el éxito de algo revolucionario sigue siendo la libertad.
"El revolucionario más radical
se convertirá en un conservador el día después de la revolución", sigue
siendo una frase iluminadora, fruto del razonamiento de Hannah Arendt, pensadora
esencial del siglo XX, período marcado por contrastes permanentes. En el
preciso momento que la humanidad da un paso al frente en su esencial lucha a
favor de la libertad y equidad, se baja la guardia y olvidamos que esos
principios tan anhelados son producto de una prédica y ejemplo constante. Es
ahí donde no advertimos que el adorable revolucionario se ha convertido en el
próximo opresor conservador. Y está demostrado que ha de costar media vida
regresar a un nuevo estado de libertad.
El tren de la libertad
revolucionaria, no transita con regularidad. Tantas vidas se ven postergadas
por las garras de las tiranías ideológicas o egoísmos personales. Cuando
aparece el ansiado tren reparador, las ganas de adherirse a ese soñado viaje,
no nos permite ver, que tarde o temprano, las fanfarrias de la inauguración
cesarán, los vagones necesitarán mantenimiento, que los inspectores quizás
dejen de ser simpáticos o funcionales, que parte de los pasajeros quizás
quieran bajar, que el recorrido necesitará otras estaciones, y que sobre todas
las cosas, que el motorman que nos traslade, no puede hacerlo durante cincuenta
años. Todo viaje tiene una estación final, donde quizás, alguien cercano o
nuevo familiar, esté esperándonos para mostrarnos otras realidades...
"El punto, tal como Karl Marx
lo vio, es que los sueños nunca se hagan realidad".
Hannah Arendt.
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