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sábado, 25 de marzo de 2017

Cae el sol y aún sigo soñando


“La pintura realiza entonces su obra propia, la de un desvelamiento. Desvelamiento necesario cuando la tonalidad de las cosas permanece con gran frecuencia velada. Está velada porque no percibimos en la vida cotidiana más que significados estereotipados y porque la tonalidad de esa percepción es débil”.
Michel Henry, del libro “Ver lo invisible. Acerca de Kandinsky".

Édouard Manet pintó “Le suicidé” entre los años 1877 y 1881. Del pintor renacentista francés se precisó que sus pinturas albergaron parte del futuro que se avecinaba en Europa. No solo el arte, sino la vida en general estaba representaba en esos tiempos por lo que todos denominaban como “real”. Las apariencias, representaciones o convenciones vigentes en el accionar del ser humano hasta finales de ese siglo, comenzaban a dejar paso a “una nueva región de oscuridad, donde el silencio reina profundamente, donde el vacío existencial se expone, donde el arte es el valor supremo”.  Pintar suele ser desvelar, y en la vida real las tonalidades suelen ser precisadas de forma débil. Les suicides representa el fin de la pintura o el hecho pictórico que abre un nuevo mundo, el modernismo. De frente a un óleo, un realismo inicial luego de un instante de observación, nos permite cuestionar si lo que contemplamos en el lienzo representa o no la estética de una catástrofe.