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domingo, 28 de mayo de 2017

Todo creciendo hacia arriba

“En la inquietud y en el esfuerzo de escribir, lo que sostiene es la certeza de que la página queda algo de no dicho”.
Cesare Pavese.

A veces me pregunto porque me gusta ver en el metro, en una reposera en la playa o en un banco público a una persona leyendo un libro en papel. Me genera un magnetismo tal vez absurdo. Mi mente valora positivamente ese gesto y le otorgo un bonus de confianza o supuesta inteligencia, pasión o vocación a esa eventual persona a la que observo leer. Es como si me dieran ganas de interrumpir su lectura, conversarle y confirmar lo inteligente que es. Es quizás esta, una entrada más vinculada a la terapia, pero la encuadraré -quizás para preservar mi salud mental- dentro del ámbito literario. Luego de ese primer golpe de imagen, sobreviene la curiosidad: saber que está leyendo. Ese dato tal vez defina el concepto de inteligencia que me haga de esa persona. No hay algo tan motivador que encontrarte a un desconocido que lea lo mismo que te agradó leer a ti. Esa confirmación solo motivó dos conversaciones con extraños: una vez un señor me preguntó a mí por “Emaus” de Baricco, y yo le consulté a una chica sobre “La verdad sobre el caso Harry Quebert”. Estoy hablando de los últimos años, supongo que tuve más conversaciones con extraños, pero hoy sólo me vienen a la mente esas.