“Las sociedades
llamadas avanzadas consumen imágenes, no creencias; son, pues, más liberales,
menos fanáticas, pero son también más falsas (menos auténticas), cosa que
nosotros traducimos, en la consciencia corriente, por la confesión de un tedio
nauseabundo, como si la imagen, al universalizarse, produjese un mundo sin
diferencias (e indiferente)”.
Roland Barthes,
filósofo, escritor, ensayista y semiólogo francés (1915-1980)
Tengo una foto recientemente enmarcada
de mis tías en mi escritorio de trabajo. Están pegadas a otra que me sacaron
con uno de mis jugadores favoritos de mi equipo de benjamines. Si giro a la
derecha, observo la foto con mis padres en un paseo por Asturias y tengo un
retrato grande en la repisa de los libros, con algunos de mis amigos el día de
mi despedida inicial de Argentina. Y en blanco y negro, una foto excelente que
sacó mi esposa de varios botes irregularmente colocados en la ría de Plentzia,
merecen un marco de tamaño considerable. Es decir que, en las siguientes
líneas, me embarcaré en la confusa tarea de escribir sobre la cantidad obtusa
de fotos, gif o videos que sacamos, envíanos o circulamos y resulta que, en un
punto, no escapo a la tendencia. Pero en mi descargo, creo que yo recopilo
recuerdos, no modas. Me resguardo de mis vacíos con esas pocas fotos, no me
vacío más acumulándolas en el móvil.
