“Los momentos de perplejidad comenzaron a repetirse cada vez con más frecuencia, siempre en la misma forma. En esas ocasiones, cuando la vida se detenía, siempre surgían las mismas preguntas: ¿por qué? ¿Qué pasará después?”
Lev Tolstoi de su libro “Confesión”
Según cuenta en “Confesión”, las preguntas asaltaban con más frecuencia a Tolstoi a partir de sus cincuenta años. Y esas preguntas caían como puntos negros en un mismo sitio, sin responderse. Llegó un momento que más que puntos era una gran mancha y ya no eran asuntos pueriles ni estúpidos. El escritor ruso llegó a un punto donde siquiera aspiraba a conocer la respuesta. Ya la sabía, para él ese momento de su vida no tenía nada para desear, era un absurdo. No podía detenerse, dar vuelta atrás ni predecir lo que venía por delante. Este clima de agobio lo experimentó en un momento en que le rodeaba la felicidad completa. Tal vez en ese capítulo estuviera experimentando lo que a partir de 1965 alguien definió como la crisis de la mediana edad. O filosóficamente hablando, una crisis existencial.


