domingo, 13 de agosto de 2017

Vivimos revolcaos en un merengue

“Aforismos: máximas mínimas”
Andrés Ortiz-Osés, antropólogo y filósofo español

En los últimos años, no he cerrado una entrada de este blog sin abrirla con un aforismo. El secreto, que no lo es tal, consiste en encontrar una frase que coincida con la línea de lo que he escrito. Lo destacado de mi ritual es que no escribo en base a un aforismo ya destacado, sino que primero escribo la idea y luego le doy un cierre, al que yo le encuentro como un hilo que, por lo maravilloso que es el proceso literario, le permita al que se anime a leer, seguir una secuencia conductiva. Es por eso que la realidad se construye tantas veces desde el techo y no desde los cimientos en la base. Pero hoy, como escribo sobre aforismos, empiezo la entrada con la frase escogida de antemano.

domingo, 6 de agosto de 2017

Y sin embargo esperas un laberinto sin sorpresas

“No es que sea pesimista, es que el mundo es pésimo”.
José Saramago

Vivimos aferrados a la catarsis y la esperanza, ansiosos por confirmar que siempre hay un mañana y que puede ser mejor. Sobre las huellas de un pasado, pisamos dubitativos en el barro del presente, anhelando un futuro distinto. Pasan los siglos, pero no terminamos de consolidar el futuro pregonado o soñado. Se avanza, se mejoran muchas cosas, pero los defectos del mundo que tanto nos duelen, no se reparan. Repasando la historia de la humanidad, vivimos a dos frentes: la ilusión de algunas gestas y poco tiempo después, la decepción y fracaso de las grandes teorías reivindicadoras. Tantas veces nos hemos equivocados al confiar. Eso no es malo, lo malo es lo estúpido que solemos ser al no poder reconocer lo errado que estábamos.

martes, 1 de agosto de 2017

Cuando no recordamos lo que nos pasa, nos puede suceder la misma cosa

Cada fracaso enseña al hombre lo que necesita aprender.
Charles Dickens – Escritor

El mismo día que me marché de mi país, en ese instante donde te gana el pánico por encarar una aventura desconocida, le pregunté a mi padre en el mismo aeropuerto, cuando pensaba que podría regresar. Él, quien también es hijo de la inmigración, me dijo que las puertas siempre estarían abiertas para regresar, que lo viviera como una aventura sin importar como habría de salir. Y si mi pregunta iba orientada hacia el país en sí, me habló de una crisis moral que parecía ir en escalada. Esa era la cuestión, quizás en veinte años se podría hablar de un nuevo país. Faltan cinco años para que se cumpla la cifra de mi padre, y creo darme cuenta de dos posibilidades: o que calculó muy mal o que me quiso regalar una cifra optimista.