domingo, 15 de enero de 2017

El diablo le da sobrinos

"Yo las vengo observando y disfrutando, a esas solteras o sin hijos, desde mi infancia, y creo, por el contrario, que son esenciales, hasta el punto de que quienes merecen lástima son los niños que no tienen ninguna cerca. La mayoría de las que he conocido y conozco son de una generosidad sin límites, y quieren a esos niños próximos de un modo absolutamente desinteresado".
Javier Marías

El riesgo de que un día nuestros seres queridos se hagan muy mayores siempre está. No lo vemos, porque no lo tenemos que ver hasta el mismo día en que se empieza a vivir ese momento. No podemos sufrirlo antes de tiempo, es ley de vida. No podemos sufrirlo antes de tiempo, es verdad. Pero no debemos olvidarnos cuando esos días llegan. Y nos olvidamos. O nos desentendemos, ya que siempre tendremos a mano un pretexto o justificación acorde al devenir de la vida. Y tal vez tengamos razón, porque en el fondo parece que la vida no siempre está presente para detenernos en los deterioros. Todos queremos guardar los mejores recuerdos, y la vida se suele especializar en ofrecernos el deterioro inevitable de la mayoría de las cosas que hemos querido.


Llegué a los cuarenta y ocho años casi sin conocer lo que es una muerte que desgarra. Y me tocó lejos, muy lejos de casa. La primera reacción fue de desconcierto. Un mensaje de mi madre en el teléfono  me devolvió a aquella ciudad que era mía y un día dejó de serlo a diario, aunque no en mi cabeza. Un mensaje en el teléfono me devolvió la imagen de mi tía, pero para decirme que estaba muerta. Los siguientes minutos fueron de letargo, la explosión se demoraba de tal manera, que tuve miedo de no tener sentimientos. Pero llegaron, y es el día de hoy que siempre que pienso en mi tía, agradezco su recuerdo.

Esa tía vivía con su hermana, también soltera. Siempre fueron mis tías solteras, por los motivos que fueran. Compartí con ellas muchos momentos, lindos y otros no tanto. De las dos conservo recuerdos que deberían ser imborrables, pero la velocidad de la vida y a veces la distancia, ocultan. Ocultan pero no olvidan, porque si no, no estaría escribiendo sobre esto. De mi tía mayor recuerdo su imagen. La tía cariñosa que no lo parecía, porque tenía un aura seria y matriarcal que, vaya paradoja, merecía aún no habiendo sido madre. Sin embargo, fue referente de sus hermanos, y fue respeto para sus sobrinos. Su cariño tenía otras formas, como por ejemplo, retarte porque no querías comer un sándwich con el que insistía hasta el cansancio, o un vaso de refresco reparador al mismo tiempo que llegabas de visita. O te llamaba a un tierno pero tajante silencio a la hora de sentarse frente al árbol de navidad para dirigir el reparto de regalos navideños. Como decía,  recuerdos imborrables...

Su hermana, la otra soltera, tiene sus propias características. Mi tía, que también es mi madrina, es la esencia de la mística latinoamericana. Alguna vez pensé con inocencia, que yo habría de ser escritor, porque en mi entorno familiar sobraba "realismo mágico". Mi madrina era una novela de García Márquez o una historia mejorada de Isabel Allende. Pitonisas, cartas astrales o interpretación de los sueños siempre estuvieron presentes en la mesa familiar. Mi tía sabía de borra del café, sabía si alguien era bueno o no en el arte de tirar las cartas. Y por sobre todas las cosas, tenía línea abierta permanente con sus muertos, con los que se comunicaba a través de los sueños. Puro realismo mágico.

Cuando yo era pequeño, existía la mención de "solteronas" a aquellas mujeres que no se habían casado. A mí no me parecían solteronas, para mí mis tías eran maravillosas. Una, muy seria. De tan seria, escondería alguna tristeza. La otra, un tiro al aire. Y de tan tiro al aire, escondería alguna tristeza. Pero supongo que las tristezas escondidas fueran del mismo calibre que las de cualquier hombre o mujer casados. Solo que los estereotipos sociales, de los que somos tan adeptos, obligaba a pensar que las tristezas de una "solterona" eran peores, porque pensábamos que se trataba de mujeres incompletas. Y tan sueltos de cuerpos, esos tópicos han ido perdurando sin que muchos reivindicaran a esas maravillosas tías solteras.

Yo conocí el mar gracias a ellas. Y quizás el chocolate con churros, las partidas de canasta con las cartas, las lecturas de revistas y libros y tal vez mi primera ficha a los video juegos se las deba. La primera vez que me acerqué a la playa, mis tías trataron de sostener mi desmedida expectativa. Es el día de hoy que recuerdo el ruido del mar aún antes de verlo. Fue una expresión absorta que ellas me ayudaron a contener. Si hasta me permitieron salir corriendo como un loco subiendo y bajando médanos para poder tocar el agua que va y viene, al compás de lo que llaman ola, porque a mis seis años temía que ese espectáculo se cerrara en breve. Muchos años después me sorprendí cuando sin querer, le mostré por primera vez el mar a un chico cordobés (de Argentina). Le hablaba de cualquier cosa, mientras el joven intentaba captar con la mirada una figura inmensa y desconocida. No podía ser, el joven tenía más de dieciocho años. No podía ser cierto que viera por primera vez el mar en la compañía de mi mujer y mía, en los acantilados de Barrika. No podía ser para mi cabeza loca, quizás porque era inimaginable que no haya tenido una tía soltera que le presentara la costa a los seis años. No todos tuvieron mi suerte.

Yo no me quedaba a dormir en casa de amigos. Pero si en la casa de mis tías. Si mis padres iban al cine, me dejaban con ellas. Y la pasaba muy bien, deliciosamente bien sin hacer nada en particular, para mí era mágico. Mis tías -en aquel tiempo eran tres tías solteras, aunque una luego se casó- me arropaban, me cocinaban algo rico, me compraban coca cola o un postre diferente, veíamos la tele y luego me cuidaban al dormir como si estuviera en mi propia casa. Nunca fue un estorbo quedarme a dormir en lo de mis tías, pero por increíble que parezca, nunca lo dije o pensé hasta hoy, casi a punto de cumplir cincuenta años.

A veces pienso que las mujeres adultas sin hijos son maravillosas. Y si son tus tías, aún mejor. Ellas son portadoras de un amor similar al de madre, adoptan esa responsabilidad con una naturaleza que pareciera que proviene de un curso. Pero no asisten a preparto, a ejercicios de respiración o de relajación. Un día, sus hermanos le presentan a sus hijos, y ellas sin ninguna experiencia los alzan en sus brazos y responden de inmediato como tías consumadas. Y regalan un afecto muy intenso, pero más maduro. Porque son tías, no madres. Entonces saben dosificar y malcriar al mismo tiempo. Esos niños son su familia y ellas se entregan a ellos. Y sus hermanos saben que pueden contar con ellas. Siempre, o al menos casi siempre.

Mis tías no manejaron nunca el sentimiento de posesión que operan en las madres. No lo necesitan, porque si bien quieren a sus sobrinos, lo hacen de manera desinteresada y sin complejos. Las pobres madres tantas veces no pueden manejar ese sentimiento de dominio o propiedad, esa sensación de estar siempre preocupados por nuestro bienestar. Las tías solteras también se preocupan por uno, pero parecen más independientes, ellas pueden ver lo preocupante desde otra perspectiva, y ofrecer su apoyo y cariño incondicional. Yo les hacía caso sin necesidad de advertencias o de peleas. Las tías solteras tienen ese talento, no te riñen ni te consienten. Pero te quieren sin severidad ni benevolencia. En mi caso, colaboraron en mi enseñanza.

Hoy estoy lejos de mi madrina, la tía soltera que me queda. Ella ya no es la misma, los avatares de la vida me la pueden haber cambiado. Igual yo de ella recuerdo siempre ese amor algo tiro al aire que tuvo siempre por todos sus sobrinos, aunque yo me puedo permitir -quizás sin criterio- a sentirme su sobrino favorito, por el hecho de ser su ahijado. Y siempre creo haberle respondido, no por algo fui de los pocos que la acompañó a leer la borra del café o a ver a un nueva pitonisa, diestra en el arte de adivinar lo que nunca viene. Y no menos importante el hecho de ser el único que la ha acompañado siempre al cine a ver películas de momias, extraterrestres, indianas jones o cualquiera de ese género fantástico. Aún en los momentos que podía darme algo de vergüenza estar en el cine cuando ella era capaz de decirle al protagonista en voz alta: "cuidado, atrás tuyo está el malo. ¡Pero es tonto que no se da cuenta!".

Cada vez que voy a Buenos Aires, una de las primeras cosas que hago es ir a verla. Siempre fue una obligación pasar por lo de mis tías. En este momento donde un rapto me llevó a escribir sobre ellas, me viene otro recuerdo de esos que de tan imborrables, no me lo acuerdo seguido. El día antes de irme del país, fui a almorzar con ellas. Ya las dos me habían anticipado que al día siguiente, domingo, no se despedirían de mí, porque ya estaban algo viejas y tenían miedo de que su corazón les fallase. Así que fui a almorzar con ellas y me acompaño mi mujer, mi novia en aquel entonces. Mi tía más grande me preparó mi plato favorito, mientras que mi madrina no me quitaba la vista de encima, preguntándome cosas que no recuerdo. El almuerzo fue lindo, pero triste. Era el fin de una época, aunque no lo sabía. Al terminar y alargar la sobremesa, tuve que despedirme de ellas. Y en ese momento me di cuenta cuanto las amaba y cuanto miedo tenía de irme a vivir a otro país, quizás porque ya no estarían conmigo ni mis padres ni mis tías solteras. Les regalé un abrazo enorme a ambas y me salieron alaridos de angustia que creo pusieron a prueba sus supuestos viejos corazones. Ese día comprobé lo que habría de sufrir al día siguiente, mi supuesta serenidad se derrumbaba como naipes. El amor duele, y despedirse de alguien amado es muy doloroso. En mi viaje en tren desde Madrid a Bilbao, tenía esa imagen tan dentro que no me permitió dejar de llorar durante gran parte del trayecto.


Mi madrina ahora habla poco, contrariando lo que ha sido siempre, una eterna parlachina. Y lo poco que habla es para repetir las cosas antes dichas. Cada vez que la sientan frente al ordenador para hablar conmigo por skype, suele decir: "Hola precioso, ¿cuándo vas a venir?", y me gustaría decirle que pronto, solo para caminar las cuadras que separan la casa de mis padres de la de mi tía soltera, y poder darle el beso y abrazo que se merece, y hacerle un rato de compañía. Compañía que ya no será la de entonces, pero no quita que ella no se la siga mereciendo. Mis tías solteras nunca han sido personajes anecdóticos, han sido tan importantes como mis padres o mi esposa, y no es verdad que no han tenido hijos. Yo me siento parte de ellas, y más de una vez las echo de menos. El último recuerdo que me une eternamente con ellas, me lleva al día en que me marchaba por primera vez. Con algo de miedo en la voz, ambas me dijeron que estarían siempre cerca de mis padres, que se quedaban solitos. Y siempre cumplieron. Recordarlas con amor es lo mínimo que un sobrino que guarda memoria y escribe sobre emociones, puede hacer por las eternas tías solteras ...