jueves, 27 de abril de 2017

Señor, una golondrina sola no hace verano

“Golondrinas altas buen tiempo anuncian; si vuelan bajo próxima lluvia. Golondrina que alta vuela, no teme que llueva. Golondrinas en vuelo alto, hacen tiempo despejado. Golondrina que con el ala roza la tierra, lluvia recela. Golondrina en bajo vuelo, anuncia lluvia en el cielo”.
Refrán popular

El arribo de la primavera es una de las tantas costumbres que he visto modificadas en la última larga década vivida lejos de mi tierra de origen.  Ya no es más en setiembre, ahora es en marzo. Pero más allá del cambio en el calendario, la sensación sigue siendo la misma. Es la estación que me devuelve la felicidad, los días son cada vez más largos, el frío -reconociendo que no ha sido intenso en los últimos años- deja paso a las lluvias, pero la posibilidad de recurrir a las bermudas y playeras se hace cada vez más cercano. En mi caso particular, creo que -tristemente, ya no sucede- no altera más mi sangre, pero si me devuelve vitalidad y energía, además de sentir que la vigencia del edredón que comienza a asar por las noches, ya está a punto de ver la retirada.


La diferencia del mes en que celebro la primavera ya está remarcada. Pero hay otro detalle significativo, entre finales de abril o comienzos de mayo, espero ansioso el ruido y revoloteo característico de un ave emblemática de esta estación: la golondrina. En Buenos Aires solo la podía apreciar a través de la literatura o documentales; en cambio, en Plentzia, sus nidos aguardan su regreso bien al costado de mi ventana, en un pulmón externo que guarda el edificio donde habito. Su llegada no pasa desapercibida, ni molesta al vecindario. Es muy bien recibida, y a pesar del paso del tiempo, culturalmente continúa siendo una referencia de la renovación de las estaciones climáticas y de la vida misma.

En mi ideario, el vuelo de la golondrina siempre ha representado la libertad. Acostumbrado a ellas, a veces debo concluir que también me representa la histeria, la aceleración por no estar nunca en reposo. ¿Alguien puede dar fe de qué en algún momento descansan? Es habitual observarlas sobre el cableado eléctrico o en una charca de agua, pero la mayor parte del tiempo proponen ese vuelo frenético que se antoja circular. Pero no altera la respiración ni fatiga el ánimo, será que la primavera permite ver melodiosa dicha ceremonia, aun cuando se empecinan peligrosamente en rozar mi ventana. Algún vecino me ha corregido más de una vez, el vuelo frenético que no descansa es el del vencejo, otro habitual de esta villa marinera. Sin posibilidad de diferenciar, mi espíritu bécqueriano prefiere suponer que son las famosas oscuras golondrinas.

Volverán las oscuras golondrinas
en tu balcón sus nidos a colgar,
y otra vez con el ala a sus cristales,
jugando llamarán.
Pero aquellas que el vuelo refrenaban
tu hermosura y mi dicha al contemplar, 
aquellas que aprendieron nuestros nombres,
esas...¡no volverán!

No debe haber persona que no conozca parte de memoria la Rima LIII titulada “Volverán las oscuras golondrinas”, de Gustavo Adolfo Bécquer, del célebre poeta sevillano. Acostumbrado a que su poesía brotara del alma, en esta poesía desnuda a pleno su romanticismo. La desesperación, angustia, tristeza o celo con que el enamorado recurre a describir su desolación por el amor perdido que no logra renacer ni regresar, logra enmascararse en un poema de amor y de esperanza, en vez de consuelo ante los desengaños de la vida. Nadie logra relacionarlo con un canto desolado, será tal vez que el ciclo renovador que propone en la naturaleza el regreso de las golondrinas, logra acallar lo que en realidad es un profundo desconsuelo de las cosas que no regresan o se pierden por el camino.

“¿Para qué sirve una estatua si no resguarda de la lluvia? -dijo la Golondrina-. Voy a buscar un buen copete de chimenea.
Y se dispuso a volar más lejos. Pero antes de que abriese las alas, cayó una tercera gota.
La Golondrina miró hacia arriba y vio… ¡Ah, lo que vio!
Los ojos del Príncipe Feliz estaban arrasados de lágrimas, que corrían sobre sus mejillas de oro.
Su faz era tan bella a la luz de la luna, que la Golondrinita sintióse llena de piedad.
-¿Quién sois? -dijo.
-Soy el Príncipe Feliz.
-Entonces, ¿por qué lloriqueáis de ese modo? -preguntó la Golondrina-. Me habéis empapado casi”.

“El príncipe feliz” de Oscar Wilde, es un cuento breve sustentado en el realismo del siglo XIX. El aumento de las diferencias sociales producto de los cambios de la época, exige a Wilde a reflejar el egoísmo y egolatría de los que toleraron esas injusticias sociales. Es un cuento de miseria y tristeza donde uno de los protagonistas esenciales es una golondrina, quien retrasada en su emigración a Egipto y decepcionado del amor, repara en la profunda desazón de la estatua del Príncipe y se queda con él para intentar solventar la pobreza de su pueblo y no dejarle solo en el sufrimiento. Solidaridad, dignidad, amor al prójimo, justicia social y el valor de las personas más allá de las apariencias, convierten a esta pequeña pieza de Wilde en una referencia educativa. En Argentina, este cuento fue traducido por primera vez el 25 de junio de 1910 por un niño que no alcanzaba aún los once años. Ese niño era Jorge Luis Borges. Borges, quizás, sostuvo como pocos que leer y escribir son partes de un mismo proceso, y quizás a través del denostado -en aquellos tiempos- Wilde, el genial escritor argentino fue encontrando su voz propia que lo hizo universal.

Quizás el raudo vuelo de estas aves en blanco y negro lo que activan con su arribo es mi permanente nostalgia. Y mi permanente memoria de que algunas cosas regresan, aunque otras cosas de la vida cambian -y mucho-, nunca se puede determinar si para mejor o peor. Pero mis últimas primaveras sin el vuelo “relatado” por su gorjeo no son lo mismo, siempre anhelo que con su canto estén renovando nuestras esperanzas. E intuyo que, para muchas otras personas, también son alicientes e incentivo del cambio de época, sin contar a Bécquer, Wilde o Borges, bastante insolente estoy en la comparación. Y lo intuyo porque las golondrinas quizás sean de las que más han inspirado al ser humano en este planeta. Son leyenda, son mito, son tatuaje para el marinero, para el eterno enamorado, para el soñador. Los que creen en la interpretación de los sueños, aseguran que soñar con golondrinas equivale a buenos augurios y prosperidad. Para los que soñamos despiertos, puede ser el símbolo del regresar, alta expectativa que solemos tener los seres errantes, sobre todo aquellos que alguna vez nos hemos marchado del nido que amamos.

Se supone que Aristóteles expresó “Porque una golondrina no hace verano, ni un solo día, y así tampoco hace venturoso y feliz un solo día o un poco tiempo”. Toda experiencia es personal, y por más que nos aferramos a estadísticas para compararnos grupalmente, la experiencia de uno puede servir de experiencia a otro, pero no necesariamente ha de vivir el mismo proceso. Toda experiencia es única, no hay un solo verano en el largo camino de la humanidad. No hay norma general, aun cuando estén casi todas las normas ya redactadas. Como vemos, demasiados símbolos para esta pobre ave, casi como que debiera sostener el paradigma de nuestras libertades y deseos.

Un marinero sabía que el regreso a casa sano y salvo estaba cerca, cuando vislumbraba a una golondrina en su vuelo. También fue tradición entre los navegantes el suponer que, en caso de morir en la mar, serían las golondrinas quienes llevarían su alma al cielo. Para muchos también son el símbolo de que pase lo que pase, cada año regresan a casa, no importan donde estén y como estén. Y tienen una enorme capacidad para regresar al mismo nido, además de ser de las pocas especies que mantienen pareja a lo largo de la vida. Demasiados datos como para no venerarlas.

Son demasiadas las referencias literarias y leyendas sobre la golondrina. La red está llena de ejemplos, hay excelentes artículos para investigar. Están presente en los proverbios, y sabemos que estos se nutren -en formato sentencia breve- de la experiencia colectiva y encierra una supuesta verdad. No existe un solo hecho que pueda confirmar a los demás como dogma o normal general, de las que abusamos constantemente. De ahí que para algunos eso signifique que esta ave no hace el verano.

Como esta mañana he visto a aquella primera golondrina volar por sobre mi ventana, voy a cerrar esta entrada con otra mención literaria, que podrán recordar y si no recrear en el capítulo XIII de la primera parte del Quijote, cuando el Hidalgo responde a una objeción planteada por Vivaldo, de que hubiera un caballero andante, con el siguiente párrafo:


“Con todo eso -dijo el caminante-, me parece, si mal no me acuerdo, haber leído que Don Galaor, hermano del valeroso Amadís de Gaula, nunca tuvo dama señalada a quien pudiese encomendarse; y con todo esto, no fue tenido en menos; y fue un muy valiente y famoso caballero. A lo cual respondió nuestro don Quijote: -Señor, una golondrina sola no hace verano.”