domingo, 11 de enero de 2015

Hay recuerdos que no voy a olvidar

"Mi percepción a medida que envejezco es que no hay años malos. Hay años de fuertes aprendizajes y otros que son como un recreo, pero malos no son. Creo firmemente que la forma en que se debería evaluar un año tendría más que ver con cuánto fuimos capaces de amar, de perdonar, de reír, de aprender cosas nuevas, de haber desafiado nuestros egos y nuestros apegos. Por eso, no debiéramos tenerle miedo al sufrimiento ni al tan temido fracaso, porque ambos son sólo instancias de aprendizaje".
Balance del año según el Monje Mamerto Menapace. Regalo de mi prima Adriana.

Cuesta retomar la rutina. Movimientos que parecían aceitados, de repente se pierden, se olvidan, no se extrañan. Y ya que tipeo sobre añoranzas, mi desgana al escribir puede estar vinculada con tanto cambio, con las muchas despedidas, que si bien intento encarar como un hasta luego, la soledad iniciática de mi nuevo destino, me confirma que nos veremos pronto, pero de momento, todo me parece mucho más lejos que esas dos horas de avión, del que no dispongo a cada momento.
Hasta hace más de una década, estaba muy acostumbrado a tantos rituales vinculados con el calendario. Uno de ellos era la despedida del año. Una de mis tías siempre encaraba la Nochevieja con la misma arenga: "Por suerte se va este año tan malo y tengamos fe porque el que se viene, va a ser distinto, mucho mejor. Es par (o impar), estará regido por tal signo zodiacal o del horóscopo chino (siempre aferrándonos al que mejor cuadre), y las profecías lo señalan como el año inicial de un cambio espiritual que recupere la esencia humana", podría ser una síntesis precisa del buen sentir de mi tía Coca. Juro que me apoyaba en sus predicciones, al extremo que en la mañana siguiente, la del primer día del año, mientras el resto aun dormía, a mi me encontraban en la avenida Cabildo, buscando señales de las transformaciones necesarias.
Hace un par de años, las uvas y el brindis por un año nuevo, nos encontró a mi mujer y a mí, entre buenos amigos. Mesa de las largas, tres familias amenas, besos y deseos de bien común, por la ventana algunos fuegos artificiales. Necesitaba un cambio y no lo estaba generando. Necesitaba creer en mi tía, en la modificación abrupta del destino y de la suerte, con la simple caída de una última hoja del almanaque. Y mientras continuaba la ronda en busca de mi esposa para desearnos el bien común, no pude evitar escuchar los deseos de un matrimonio amigo: "Qué este año sea como el que se va". Me quedé observando en silencio, ese deseo contrariaba con mi necesidad de transformación, y me preguntaba como haría el destino para cambiar mi dicha sin tocar la del prójimo, que pide que al menos nada cambie. Y me acordé de mi tía, que seguramente en ese momento en Buenos Aires, estaría gritando a los cuatro vientos, que lo malo ya se terminaba.
Este fin de año lo pasé con las mismas familias, a la que se sumó una más, de paso desde Buenos Aires. Esta vez no me detuve en las frases que se mezclan por el camino, esta vez sólo pensaba abrazarme con mi mujer para reafirmar que el cambio nos debía encontrar bien de la mano. En el medio, me encuentro con el llanto del hijo de un amigo, Federico, un adolescente al que en verdad, quiero sin disimulo. Y me detuve un instante para consolarle. No sabía el motivo de su emoción, yo sólo temía que el efecto fuera contagioso. Unos días después, el destino me marcaba Breda como camino. Y ese cambio tan pedido, tan necesario, en ese momento asustaba, y si podía lo retrasaba aún unos días más.
Y entre tantas rutinas o costumbres, me quedé sin la última entrada del año, aquella que marca la octava del mes, y que confirma la precisión de mi rutina. Estaba en duda si escribir sobre el resumen literario de mi año, o sobre mi despedida de esta linda etapa plenciana. Se acercaba el ultimo día del año y yo que no me podía sentar a encarar las también rutinarias seis carillas habituales. Y me deje estar, al extremo de ver mi PC fraccionarse en tres cajas de la mudanza, con destino orange y no se aún fecha de arribo. Y no me apenó, tal vez me dio la satisfacción de evitar ese momento que no me inspiraba la habitual serenidad de los últimos años.
El cambio deseado estaba por llegar, y yo al mismo tiempo, me preguntaba que giro debía darle a mi escritura en el blog. Es que acostumbrado a la tradición de mi tía, por modificar las cosas a partir de los 1 de enero, suponía que al encarar la primera entrada del año, algo debía modificarse. La extensión de las entradas, el diseño de las fotos, la cantidad de entradas semanales. Todavía no encuentro la respuesta, al menos esta última-primera entrada ya marca una diferencia, viene a ser un combo del dos por uno. Y el broche a lo osado, estoy escribiendo desde un ordenador portátil, a la espera del camión de la mudanza.
Esta vez no tengo foto que acompañe, ni título que rime con lo contado. Esta vez escribo primero y después lo adornaré. Esta vez no cuento con material complementario ni me estudie el tema. Estoy tipeando en la más absoluta improvisación, será que tantos cambios me han convertido en un ser atrevido, libertino. Hace poco más de un año escribí con congoja desde Buenos Aires, una nueva despedida de mis padres, de mis amigos. En aquel momento me apoyé en otros textos, en un comercial de televisión. Recuerdo que fue una entrada bastante leída, muy comentada. Ahora estoy abordando una nueva despedida, pero esta vez desde mi nueva residencia, y no me siento con ganas de estar triste, por más que lo esté. Quiero hacer un cierre, y dar el salto, casi sin que se note. Mis amigos saben que me cuesta el salto, he deambulado casa por casa, he bajado en casi todas las estaciones del metro para darle un abrazo a alguien, me he detenido en más de un bar para conversar con mis conocidos, con los viejos o con los últimos. He comprobado que mi paso por el País Vasco estuvo custodiado por afectos, que más de una década no pasa sin rastros, que me quieren y que yo quiero, que al lugar que una vez arribe porque era el sitio donde vivió mi padre, se convirtió en "mi" rincón, donde me sentí identificado. Plentzia se convirtió en una palabra con contenido, se convirtió en mi casa.
Y lloré abrazado a mi amiga Marina y a su hija Aizea, simbolizando en ellas dos a todos. Marina fue la primera, nos encontramos una vez en la biblioteca y la simple solicitud de ella del código postal de Plentzia, nos unió y nos permitió incorporar más amistades a nuestras vidas. Y la segunda vez que la vi, yo estaba sentado frente a la casa donde pasó sus únicos cuatro años en el pueblo mi viejo, con la desconsolada intención simbólica que algún espíritu familiar me rescatara y ordenara mi sentir en esa nueva tierra. Y no sólo apareció Marina por allí para invitarme a unos mates, a partir de ese momento fui dejando de lado "esas coincidencias" tipo realismo mágico, tan de la familia materna y continente, para encarar una ruta escéptica, tan de los Marina, en este caso, mi apellido.
Pero a la hora de las despedidas, retomé el camino. Me abracé a la primera relación y fue una manera de darle las gracias por ella y por todos los que siguieron. Muchos se han vuelto, otros se mudaron de país o de continente, pero Marina fue la primera, y unos ñoquis de calabaza fueron la excusa para cerrar el círculo. Y unas horas después de aquel momento simbólico sobrevino el otro momento duro, el despedirme del club, de los chicos y comprobar que el club era ya parte mía, y que ese equipo sigue siendo mío, aun cuando ayer hayan empatado con Astrabudua sin una sola indicación de mi parte. Pero cuando Sarah me envió el mensaje con el resultado, me alegré porque el gol lo marcara Iker Sánchez, y me imaginé que si hubieran dado un pase a tiempo, se podría haber ganado. Y todo esto, con un wifi que se conecta cuando quiere, y la información que me arriba una hora después de finalizado el partido.
El miércoles pasado no tenía ropa deportiva, pero me presenté en el club con la misma sensación, silenciosa de saludar a Tote y Sarah, siempre los primeros en arribar e ir de inmediato a la jaula a rescatar los balones y los petos. Al momento de caminar por el campo de juego, me di cuenta que era la última vez que llenaría las zapatillas de caucho, y me temblaron las piernas. Ahí me di cuenta la libertad que sentí en este tiempo, y ahí reafirmé que el fútbol sigue siendo el lugar de más soltura física y espiritual por el que he transitado. Antes de presentar a los chicos al nuevo entrenador, me despedí de la persona que me llevó al club, que no es otra que un niño de ahora seis años, pero que en mi corazón parece portador de más de una década. No se puede administrar tanto amor en sólo seis años, y su madurez me hace presagiar que nos queremos hace más tiempo.
Mis primeros días en Breda se asemejan a los primeros en Madrid. El ritmo es lento, las preguntas constantes. Otra vez hay que montar una casa, hay que acomodar las cosas. Aquella vez fueron dos maletas, ahora son cincuenta cajas, muchas de ellas repletas de libros, quizás la mejor síntesis. En marzo del 2002 sólo atiné a traer a Saramago, ahora me llevo al entrañable José de la mano de Baricco, Hrabal, Marai, Joyce, Marías, Muñoz Molina, Trapiello, Cortázar y todo aquel que sumé, en mi afán devorador de canalizar la soledad del errante, de darle sentido al espíritu. Y salteando sin orden ni coherencia, retrocedo varios días atrás, cuando le di un abrazo a Juanjo, el médico de cabecera que relativizó todos los dolores que el alma me fue generando, matizándolo con comentarios de libros o deportes, acercándome a aquel Javier, que no está olvidado, solo demorado con tantos cambios.
Y hoy domingo a la espera de salir a recorrer los alrededores, trato de escribir con coherencia el combo que me propone esta entrada, mientras defino que será de mi escritura, mientras aguardo la primera aparición por Skype de mis amigos habituales, mientras deseo la llegada del día de encontrar la primera "Marina" en estas tierras, que me permita continuar la senda, de querer y ser querido.
La primera intención era cerrar el año recomendado los mejores libros leídos en el 2014 sobre los 135 encarados. Elegí "Así empieza lo malo", de Javier Marías, libro que vaya casualidad, leí en mi primera aproximación a Breda y no está viajando en cajas. La prosa de Marías, que me enamora siempre, fue el único libro que me recibió en la nueva casa, vino a ser como aquellos de José, el cambio generacional me marcan el nuevo camino.
Y si dejo de lado los tres libros que ahora me traje, acomodo el álbum completo de cromos del Plentzia, regalo de Sarah, Ekain y Erik. La foto de mi equipo y del A me devuelven al abrazo que veinticuatro niños me regalaron al momento de decir basta, llevaba más de dos meses alargando despedidas. Y la foto de Luka, que finalmente conseguí, es el cierre perfecto del círculo. Entre Marina y Luka hay casi treinta años de diferencia, parece que mi corazón guarda más memoria que cualquier disco duro.

No sé si me estoy despidiendo, si estoy desvariando, si mi escritura necesita ahora más que nunca un giro, si habrá una o dos entradas semanales, si alguien comentará esta entrada, si tendré tiempo para leer con descaro. Sólo sé que esta entrada tardó más de dieciséis días en existir, que mis estadísticas peligran en su precisión, que mis emociones siguen aún convulsionadas. Pero sé que a través de los que nombré, están representados todos los que conocí en este paso, y que ya están sumados a los que siempre tengo en mi memoria, aquellos a los que dediqué la entrada del pasado 26 de diciembre de 2013, y que ahora tengo dos lugares de donde vengo...