jueves, 6 de junio de 2013

Impuso su liderazgo futbolístico y moral

"No supe gestionar el éxito y sí la adversidad", 30/05/2013.

Que Marcelo Bielsa ejerciera su profesión  en la misma ciudad que yo elegí para vivir hace once años, ha sido una grata experiencia.

La cercanía de un connacional moviliza de una manera increíble y si el personaje puede encajar dentro del prototipo de referente, aún más. La temporada pasada, con su arribo al Athletic de Bilbao provocó una revolución, la primera de ellas para los que votaron a Urrutia y luego para los argentinos desperdigados por Biskaia. Para los aficionados del País Vasco era un desconocido, porque no alcanzaba que hubiera dirigido dos seleccionados de fútbol y en mundiales, conquistara por primera vez el oro Olímpico para Argentina, saliera campeón del torneo local con Newell´s y Vélez e hiciera una labor de base interesante en el Atlas mexicano; a pesar de los méritos, acá siempre serás un desconocido. No quiero que se lea como una crítica, pero la verdad es que lo es, a veces la profundidad de un ombligo es insalvable.

Y la primera labor de la mayoría de argentinos de Euskadi fue defender al personaje. Ese desconocimiento hizo que las primeras reacciones fueran de rechazo y algunas, de agravio dialéctico. La frase de cabecera, o la que molestaba era: “Que sabrá este entrenador la filosofía de ser del Athletic”. Y lo defendimos a ultranza, porque hay algo especial en él, algo Quijotesco y contradictorio pero de una honestidad brutal que creo que en el fondo a todos nos molesta, porque tanta honestidad nos deja expuestos, nos confirma vulnerables e imperfectos.

Y me ayudo esa motivación por difundir al personaje. El recuerdo de la eliminación del Mundial de 2002 seguirá siendo una mancha en la historia de Argentina en los mundiales. Ese fue mi primer mundial fuera de casa y me dolió como a la mayoría el empate contra los suecos y la vuelta a casa en primera ronda. Me dolió en lo futbolístico pero creo que el mayor dolor fue porque en esas fechas buscábamos alicientes para salir adelante de una crisis horrenda, que creímos que era económica pero terminó afectando también la moral de muchos ciudadanos. Entonces defender a Bielsa de los desplantes bilbaínos iniciales era duro, porque todavía no encontrábamos explicación a la eliminación y su posterior salida de la selección y el mismo Bielsa, fiel a su esencia, no intentaba siquiera una justificación a la debacle, apareció como el padre de la derrota, esa potestad que casi nadie asume.

Los primeros meses en Bilbao fueron duros. Al desconocimiento se sumó que el equipo no funcionaba, cada jornada se mencionaba que mantenía el crédito pero todos sabemos que cuando se menciona el crédito, es porque se está agotando. En la Liga no arrancaba pero en Europa League se generó algo, el partido con el PSG en San Mamés dejó un mensaje en la grada, algo distinto pasaba, la noche se cerró con aplausos y los presentes hablaron del partido con entusiasmo, muchos frotándose los ojos.

Un derby ganado a la Real Sociedad en Anoeta trajo respiro para el entrenador. Y a partir de ese momento, se adentró en una vorágine de locura, muy asociada al personaje. Avanzar en la competición europea con un juego atrevido compensaba que en la liga en contadas jornadas se viera ese entusiasmo. El Athletic jugaba bien, superaba a casi todos en posesión y varios jugadores, aletargados desde casi su debut en primera, estaban tomando protagonismo. Llego un empate agónico de Messi en la Catedral para sentir que después de casi tres décadas se podía tutear con fundamentos al poder de turno, que se podría dejar descansar en paz los recuerdos de otras épocas para actualizarlos.

Llegó la fiebre, el entusiasmo, llegó el Manchester, el éxodo masivo al partido de ida, la victoria 2-3 y el delirio decidió prolongarse hasta la final de la competición en Bucarest. En la Copa del Rey, las llaves y cruces aliviaban la carga de partidos, el equipo no tenía la culpa de evitar al Aleti, Villareal o Español y enfrentarse al Albacete, Mallorca o Mirandés. El acceso en enero a una final de Copa dejaba establecida la locura en Bilbao. En la liga, todo era más terrenal, el equipo gustaba pero la mitad de la tabla no podía escalarse.

Se perdieron las finales, se lloró, se terminó la liga con ganas de saber si se quedaba el entrenador y este finalmente, arregló por una nueva temporada. La segunda prometía para muchos ser la de la consagración pero en realidad parece ser que fue la de la vuelta a la normalidad. Se escapó la locura, o al menos de los campos de fútbol. El segundo año encontró a la ciudad envuelta en polémicas cada semana, casi sin respiro. Las obras en Lezama, Javi Martínez, Llorente, unas escuchas sobre una charla de Bielsa, "los millonarios prematuros" como frase simbólica de esa frustración, el que nadie del plantel acudiera al circo, como todos los años, la situación de Amorebieta, el que Bielsa no se hablara con el presidente y más. Todo tomaba una dimensión casi absurda, al menos para los que no somos socios o simpatizantes.

El equipo estuvo a la deriva. No superó la primera fase de la Europa League, en Copa del Rey quedó eliminado en dieciseisavos de final con el Eibar en San Mamés, y en la Liga casi igual que el año anterior, la productividad nunca estuvo al alcance de las intenciones de seguir creciendo, el descenso era una referencia cada pocas jornadas.

La liga terminó, el equipo se salvó tres jornadas antes y como el año pasado, todos quieren saber quién dirigirá al equipo la próxima temporada. A diferencia de la anterior campaña, esta vez no fue Bielsa el que pospuso la decisión hasta el final de las competencias; fue la directiva la que aún no oficializó la decisión. Y para muchos, la decisión parece cantada. No será Marcelo Bielsa el entrenador del Athletic la próxima temporada.

Al comenzar a escribir dije que me había ayudado. Y me ayudó de distintas formas. Gracias a su arribo, yo comulgué como tertuliano habitual en una radio de Bilbao, en su programa deportivo. Necesitaban a una persona que diera un cursillo acelerado del personaje. Y yo estaba en condiciones de traducirlo, siempre en términos futboleros. También me citaron de un periódico para junto con otro argentino, contarles un poco de que iba el personaje elegido por el Presidente Urrutia. (NOTA 1), (NOTA 2)

En mi primera intervención, ante las dudas que generaba la elección del entrenador, recuerdo que les dije que Bielsa podría durar cinco años o cinco jornadas, pero que no iba a pasar inadvertido a sus jugadores, que les iba a exigir protagonismo, que no podrían esconderse, que se notaría si no evolucionaban. Hubo un comentario de un escucha que me anticipó que cinco años no duraría, pero sé que no me equivoqué en mi mensaje. Bielsa se va y no deja indiferente a nadie.

Pero lo que más me benefició de la presencia de Bielsa en estas tierras fue la brisa de motivación que me regaló. El llevar unos años envuelto en un manto de desilusión propia pesa y mucho. Y de repente, Marcelo Bielsa me demostró que con muy poco, un ser humano puede motivarse. Y su llegada, me dio un brío impensado. Y al conocerlo personalmente, unos meses después, más aún.

Media hora de conversación puede bastar para sentirse emocionado, para querer seguir al interlocutor a cualquier batalla. Con Bielsa puedo comulgar en cosas, estar en desacuerdo en otras y no entenderlo en muchas, pero conversando con él, sentí que estaba frente a alguien que pierde esa aura de hermético, indescifrable y distante para sentirme arropado, sobre todo si la conversación giraba sobre nuestro país de origen. En el final de la conversación y luego de felicitarlo por que siempre se impone su trabajo, Bielsa me recordó que su gran fracaso se mantiene vivo, y la herida no le ha cicatrizado: el mundial de Corea-Japón. Me sentí capaz de buscar atenuantes en lo futbolístico de aquella competencia y nos despedimos con la sensación de que ambos agradecíamos la charla. No volví a verlo, paso año y medio de ese mediodía que sentí euforia, y eso lo he de agradecer durante mucho tiempo.

En dos años mutiló la frase sobre desconocer la filosofía del Athletic. Se convirtió en el “único” portador visible de esas cualidades “tan bilbaínas”, que a veces se resisten a creer que no es única de un club o pueblo, que hay muchos seres humanos y rincones del mundo que la comulgan. Defendió siempre al equipo, priorizó al club por sobre su persona, se inculpó muchas veces ante críticas o situaciones. Y se va, o se está yendo en breve. La gente lo quiere, muchos consideran que su ciclo está cumplido, pero una buena porción de asociados y simpatizantes quieren creer que necesita una nueva temporada para devolverlos al Olimpo, a la cercanía de la Gabarra. Lo más factible es que la llegada de Valverde se anuncie en estos días.

Finalmente Marcelo Bielsa impuso su liderazgo futbolístico y moral. Sus dirigidos han crecido durante estas dos temporadas y la gente creyó cierta la letra de la canción dedicada: “A lo loco, a lo loco se vive mejor”. Marchará en busca de otro equipo y alguna vez volverá a dirigir en una Argentina donde su moralidad no sea motivo de abierto enfrentamiento.

El martes Bielsa se reunió con Josu Urrutia en el predio de Lezama, seguramente para acordar los detalles de su desvinculación. No sé si es verdad que con el presidente no se hablaba, pero me imagino que para Urrutia debe ser difícil hablar frente a Bielsa. Esa carga de honestidad, de trabajo permanente que ennoblece, ese intentar que las virtudes predominen a la contradicción, debe ser carga pesada para un presidente que confió en Bielsa para arrancar un proyecto, pero dos años después, ve que el personaje lo supera; que los valores que todos dicen acreditar lo aporta una persona que nunca declara tenerlos. Y es una pena, porque fue una apuesta arriesgada y valorada, pero la mayoría de las veces los ideales están para pregonarlos pero no lucirlos.  

“Nada garantiza el éxito, he visto tantos improvisados e incapaces triunfar en el fútbol”, le dije al despedirme aquel día de enero. “Pero el trabajo de Bielsa se impone casi siempre” quiso ser mi mejor elogio. El volvió sobre el derrotero de Corea-Japón quizás para asumir que desde esa fecha prefiere sin coartadas, excusas y casi sin levantar la vista a sus interlocutores, ser el que lleva las virtudes y defectos hasta el límite y demostrar que en este mundo de exhibicionistas, marketineros y bocazas ser especialista en fracasos puede ser la clave de un éxito.