jueves, 20 de junio de 2013

Nada tan común como el deseo de ser elogiado



Hace tres años, en un trabajo telefónico que de vez en cuando me suelo acordar, pusieron a una joven que estaban formando a que practique escuchas conmigo. La chica estaba nerviosa, y yo a un costado y sin los auriculares, solo podía intuir de qué iba la conversación por los gestos de mi compañera y por su nerviosismo. La fui ayudando con esa y otras llamadas y después le dije que se quedara conmigo para que viera como lo hacía. Ella estaba atenta a mis movimientos, a mi conversación y cada llamada finalizada me decía que no iba a poder con eso. Yo le decía que si, que ahora solo estaba practicando, pero en una semana estaría tomando las llamadas y podría con ellas.


La anécdota vino unos minutos después. La persona que estaba dando la formación pasó por los distintos boxes para ver cómo respondían las personas que practicaban. Me preguntó a mí y dije que más allá de los nervios, todo mejoraba luego de un par de llamadas. Amaia, que era la chica que estaban formando, dijo que se sentía muy tranquila a mi lado, que me miraba y yo la tranquilizaba en medio de la llamada y la formadora le dijo: “es que te ha tocado  una persona que tranquiliza al del otro lado de la línea, que escucha, que contiene y trata de resolver el problema. Tuviste suerte de practicar con él” Me quede asombrado, le agradecí, me despedí de la practicante y continué con mi rutina de ochenta llamados recibidos al día.

¿Dónde está la anécdota? Es que era la primera vez (y podríamos decir que no hubieron muchas más) que alguien me halagaba en mi trabajo desde mi llegada a este país. Llevaba viviendo ocho años en el País Vasco y no había tenido hasta ese momento el reconocimiento de alguien con escalafón superior al mío. Como el trabajo era de esos que son considerados frágiles (y casi todos los trabajos que me tocan son así), me dio vergüenza contar en casa lo que significó para mi ese halago, pero creo que no lo olvido, me emocioné en serio, fue un ramalazo de estima, ahí me di cuenta lo lejos que estaba el reconocimiento a mi trabajo. En el resto de experiencias nunca encontré en mis jefes o contratantes (mejor decir contratantes, porque ser jefe creo que es una palabra que hoy casi nadie sabe representar) una frase tan contenedora, tan cariñosa y teniendo en cuenta a mi ego, tan justa ante mi entrega a cualquier tipo de trabajo.

En Buenos Aires he trabajado en agencias de publicidad donde he pasado por distintas áreas. El trabajo suele ser intenso, variado, gratificante a veces y esclavo la mayoría de los días. Mis distintos jefes aplicaban distintas tácticas con sus trabajadores, pero alternaban las críticas o reprimendas por los resultados de tu gestión con halagos y muestras de confianza y reconocimiento. ¿Qué puede ser mejor para un trabajador? ¿Qué te halaguen y al día siguiente te machaquen, ó que nunca te hagan sentir visible?. El adular por adular no creo que sea gratificante pero ese concepto que he visto a lo largo de mis numerosos empleos aquí, de que nadie es imprescindible, es el otro extremo.

Nadie es imprescindible. Partimos de que en la vida estamos todos de paso, puede ser lógico. Pero no han sentido nunca en algún trabajo, que nuestra salida llevara un tiempo de ser suplantada o digerida. A mi me pasó, te vas y durante un tiempo te consultan, te extrañan, te llaman para verte, te das cuenta que no sos un número, que dejaste algo en ese paso. Aquí te puedes ver con tus compañeros de trabajo, algunas veces tomas un café con un superior, pero nunca logras escuchar de ellos que no eras un número, que eras un trabajador que deja un recuerdo. Y ahí creo que flaquea una de las patas de estas crisis laborales, económicas y morales que estamos atravesando. Nos cuesta empatizar con nuestro compañero, ya sea subordinado o superior; nos cuesta horrores decirle al otro que lo está haciendo bien, que el jefe puede desaparecer casi todo el día que vos vas a llevar adelante la carga de trabajo. Te pagan mal, te exigen como si te pagaran bien y te ignoran como si vos fueras un favor que le debes a alguien. Algo huele mal, verdad?



Yo incurro en mis errores también. Mi padre no me dictó muchas reglas básicas, creo que él solo me inculcó que lo mirara actuar y con naturalidad luego sea yo mismo, que las cosas se hacen porque se deben hacer y poco más. Mi padre es de aquí aunque se fue a los cuatro años de donde yo elegí vivir cuando me fui de Argentina. No recuerdo sermones de mi viejo, mi madre sí que es más dialogante, muy pedagógica, mas compañera. Pero aprendí de mi viejo que muchas veces no hay que felicitar o premiar a la otra persona porque en realidad está haciendo lo que debe hacer. Y entonces, me encuentro a veces en situaciones que me superan, suelo parecer implacable en la crítica ante algo mal realizado y no soy de los que palmeo cada media hora por lo bien hecho. Pero en el trabajo como en la vida aprendí a delegar, suelo dejarle su lugar al otro para que haga, para que se equivoque, para que acierte y en todas las variantes estoy cerca como para dar una mano o para hacer las cosas en equipo. Los aciertos y errores se comparten, no soy el padre de las victorias ni señalo con el dedo al que se equivoca. Creo que esa faceta compensa la otra, me cuesta mucho halagar por halagar pero no me cuesta nada compartir, escuchar, proteger ó transmitir.

En un entorno tan parco en halagos me resigné a dudar de mi capacidad y aptitud. El cariñoso mensaje de mi compañera de trabajo me despertó, me hizo ser visible aunque sea el resto de esa tarde. Hace poco leí en una investigación de que el ser humano necesita para un correcto equilibrio emocional al menos cinco halagos por cada crítica, ya que para la mente humana lo malo es más fuerte que lo bueno. Si bien no nos libramos de los juicios negativos, necesitamos el reconocimiento. Y la ausencia de halagos nos deja huella en nuestro estado emocional, afectando nuestra estima. La nota también remarcaba que no es bueno depender del halago de los otros, porque nos haría terriblemente vulnerables, dependeríamos del halago para sentirnos bien. Como casi todos los secretos de esta vida, el propio reconocimiento hará equilibrar nuestra autoestima y nos permitirá seguir siendo independientes. Y si el reconocimiento de otros llega, será un regalo y no el aire que necesitamos para nuestra subsistencia.

En ese trabajo telefónico, cada tres meses te hacían una auditoria, donde respondías por la calidad de algo más de tres mil llamados. La primera vez me deslogué (un mecanismo que te permite salir momentáneamente de la aplicación), me acerque a una coordinadora que apenas conocía y espere sus comentarios. Comenzó diciendo que notaba que era bastante educado y a partir de ahí no recuerdo mas pero fueron vaguedades como para no reconocerte abiertamente tu trabajo y que ese incentivo económico trimestral casi, casí que te estaban regalando. La miré y solo le dije que en lo relativo a que era bastante educado no era correcto, que yo era muy educado, que podía revisar las tres mil llamadas y que cambiaria al menos ese casi al constatarlo. Me di cuenta que su frase no era hiriente, en realidad su capacidad de oratoria no correspondía con el rol de auditar pero yo volví a mi box con una sensación de que mantenía un equilibrio con mi trabajo ante la ausencia de halago o reconocimiento. En el resto  que tuve en esos tres años siempre remarcaron algún error tonto de alguna llamada realizada dos meses atrás de la que uno no tiene manera de recordar o que despedí alguna llamada saliéndome del protocolo o cosas así. Nunca me han dicho que estuve bien. Mi táctica consistió en decir que sí a todo, que vale, de mantener la sonrisa telefónica que me enseñaron, que lo mejoraba para la próxima e ir a sentarme con la tranquilidad de que el que te audita no tiene ni idea de su trabajo pero que al menos lo dejas contento en su ignorancia.

La primera experiencia aquí fue en un bar. Nunca había trabajado en uno, y el primer día fue horrendo. Al terminar la jornada, mi jefe me acercó con su coche a casa. Yo, que todavía no sabía de que hablar con él o con cualquier vasco, le pregunté como lo había hecho. “Mal”, me dijo. “Pero supongo que mejorarás”. Me reí ante la sinceridad porque no estaba acostumbrado, salvo con mi viejo, a esa manera de decir las cosas. Cuando me fui, tres años después, los dos sabíamos que había trabajado bien, pero no recibí ninguna palmada, solo saludé y encaré la salida donde mi esposa y mis amigos argentinos me esperaban con una emoción que yo tampoco tenía. Cada vez que me cruzo con mi primer jefe en el puerto de Plentzia, me saluda con cariño, en definitiva esa es la huella de mi paso por ese trabajo. 



Para terminar, una amiga mexicana con la que hice terapia hace bastante, intentando reforzar mi estima luego de un trabajo perdido, me obligó a un ejercicio. En un folio en blanco me intimó a que hiciera un listado de veinte virtudes propias. Me pareció ridículo, me daba cuenta que poner ciertas capacidades me sabían a obvias, pero para ella era motivo de algarabía, de felicitación, de reconocimiento. Me obligó a recurrir a la hoja en momentos de zozobra. Hoy, cuando flaqueo en la búsqueda laboral, suelo echar mano de esa lista para refrescar mi existencia y que me permita pensar, que a pesar de tanto sufrimiento, el no bajar los brazos ante la adversidad me permitirá en breve, recordar esta anécdota como casi todas, con una sonrisa agradecida.

La consigna es ver si nosotros podemos reconocer, valorar y aceptar a nuestros seres queridos, con sus aciertos y sus limitaciones. De lograrlo, mejoraremos nuestras relaciones y nos permitirá distanciarnos más del salvajismo laboral que nos hace invisibles y deshumanizados. Lo intentamos?