domingo, 2 de junio de 2013

Compartir mas que un cafe




  Al venir a Bilbao, buscaba algún café donde  pudiera sentarme durante un rato a leer un libro o algún diario deportivo. Me llamó la atención que la mayoría se mantuviera en la barra, casi todos de a pie, algunos sentados en taburetes altos. Al costado, como perdiendo protagonismo, un par o tres mesas esperaban como “por las dudas” que alguien quisiera utilizarlas.

Y se utilizaban. Después del almuerzo las partidas de mus dominaban la tarde, matizada con el ruido de fondo de la tele que solo le discutía el liderato al momento del Tour de Francia. Y pasadas las seis, esas pocas mesas eran para las mujeres, que siempre de peluquería jugaban por céntimos a la canasta. Cambiaba el café, el orujo  o el cubata de los aitites por la manzanilla de las amamas, pero el paño verde seguía allí aún cuando no llegaran a la hora. Más allá de esas partidas, las mesas eran para los solitarios.
Al principio, me daba vergüenza dejar la barra y trasladarme a una mesa, luego de recoger el Marca y ser el único apartado de tanto ruido, de tantas conversaciones cruzadas. En Buenos Aires me resultaba familiar sentarme y sentir que formaba parte del lugar.  Las charlas con el camarero mientras te iba pasando el contenido de la bandeja, el saludo inicial o la despedida amena. Y de repente, había que adaptarse a otra manera de tomar café. Y se hace, no representa un problema.
Otro rito que arrastraba desde Argentina era ir a tomar un café con un amigo. Las excusas podían ser varias, ponerse al día con las respectivas vidas, contarle una preocupación o problema, adelantar o intentar finalizar estudios o trabajos antes de entrar en la facultad o en el laburo, o simplemente perder un poco de tiempo sentándonos a tomar un cortado.
Pero la conversación del café donde los amigos o compañeros se sumaban, aquí no sucedía. Recuerdo a Juan Manuel o a Miguel, dos amigos argentinos que utilizábamos  estos bares para descargar nuestras ansiedades o dudas ante el abrupto cambio de vida elegido. Todavía se fumaba, el cenicero formaba parte de la mesa, las colillas se amontonaban y quizás en esa mesa hacíamos terapia, añorábamos y nos pasábamos ideas como para que la adaptación fuera precisa.
Once años después no suelo encontrarme con amigos en el café. Hoy me atiende Garbiñe, siempre amable, saluda y me sonríe. Posa esa sonrisa hasta en sus ojos al ver a los habituales. La envidio porque en mis primeros años en el País Vasco me tocó trabajar en un bar y mis ojos no transmitían lo mismo, más allá con algunos parroquianos que eran muy amenos. Mientras me prepara el con leche y el croissant, seño la mesa con el Mundo Deportivo y las gafas de leer. Y me quedo solo durante una hora con la lectura, pero el ruido de fondo ya me pertenece. Debe ser la adaptación o la calidez de la costumbre.
Las cosas cambian, algunas novedades se dejan adoptar y otras, vinculadas a las crisis, nos cuestan más asimilar. Y para mí leer la prensa en papel solo es sinónimo de bar, ya que en casa la fibra óptica ha ganado la batalla. Pero los recortes asoman en la mayoría de los hogares y entonces el ir a lo de Garbiñe es menos habitual, solo algún lunes con alguna fecha trascendente de la liga, cuando cae el Madrid en Champions, o con un nuevo record de Messi.
Un par de semanas atrás el noticiero de la noche me acercó una nota sobre los cafés pendientes, una modalidad que se está acomodando desde el año pasado en la península. Cuentan que la idea surgió en Italia, más precisamente en el reino de Nápoles en el siglo XVII. Inmersos en una profunda crisis a consecuencia de la demanda de fondos que la metrópolis exigía para costear sus guerras religiosas, los napolitanos se rebelaron contra sus acreedores, sucumbiendo a una peste que redujo su número a tres cuartas partes de la población. Una nueva crisis arrasaba en este caso con un puerto clave del Mediterráneo, dejando un recuerdo casi intacto al día de hoy, de una grandeza en permanente descomposición.


En ese escenario surgió el germen del caffé sospeso, que consistía en dejar pago un café para que alguien necesitado lo tomara sin coste para él. “Cuando alguien estaba feliz después de que algo bueno ocurriese, en lugar de pagar un café, pagaba dos, dejando en la mesa el dinero para el próximo cliente”, dicen que cuenta Luciano De Crescenzo, ensayista italiano en una colección de artículos costumbristas.
En el año 2010 nació la Rette del Caffé, red cultural que no quiso que la tradición se perdiera e implementó además, entre sus muchas iniciativas, el repartir desayunos cada 10 de diciembre (Día Internacional de los Derechos Humanos). La fuerte crisis actual lo convirtió en solidaria noticia. Y las Social Media con su carácter viral, lo fueron acercando a distintos países. Esa viralidad permitió que el propio usuario sea el protagonista de la evolución del conocimiento de un determinado contenido. Y las redes sociales se llenaron de páginas o grupos con un me gusta, con millares de fans, con frases de pocos caracteres  o links con videos y notas. Hoy en Argentina, Colombia, Panamá y México están muy desarrollados y en España intenta tomar forma. Una acción on-line se complementó con la fuerza del off-line y todo aquel que tiene acceso a internet se puede asomar a las páginas oficiales o a los bloggers que cuentan la experiencia.
En la página española encontré un único local en Bilbao, con referencia al Mercado de la Ribera. El mapa indicaba Café Rodo y hacia allí fui, con la idea de pagar dos cafés, tomar uno y poder leer el Mundo deportivo, ya que el Marca en “las siete calles” puede ser material desconocido. Caminé y caminé, y hasta pregunté a unos municipales pero nadie supo del café Rodo, sí conocían la carnicería dentro del mercado con el mismo nombre y  a mí me recordó alguna compra navideña de cordero, allí en los primeros años donde vinieron a pasar las fiestas a casa  Miguel y Juan Manuel junto a sus familias.
Al volver al internet de casa, googlé café Rodo en Bilbao y recién a la cuarta entrada comprendí que se trataba de la carnicería. Rodo, al ver el mismo noticiero pensó que se podía aplicar el mismo concepto pero utilizando hamburguesas. Se puso en contacto con los promotores de Café pendiente, estos le marcaron las pautas de cómo llevarlo a la práctica y lo incluyeron en la web, pero catalogado como bar y no como carnicería, ya que la pagina esta aun condicionada para bares, restaurantes o locales de copas. La carnicería Rodo sería la primera en ingresar en el movimiento italiano.


 Debo esperar aún a que los primeros bares de Bilbao se incorporen a esta modalidad para poder pagar mi primer café solidario. Sería una buena manera de reemplazar la compañía de Juan Manuel o Miguel. Uno volvió hace años a Argentina, al otro lo veo poco a lo largo del año. Y yo, continúo cada tanto tomando un café con leche, de vez en cuando cambio el croissant por un bocadillo o un pintxo, sigo leyendo mis libros o la prensa deportiva, a veces me apoyo en la barra, otras converso con los acodados en el mostrador, veo los partidos del Athletic y pido otro cortado.
Y trato de no sentirme solo, como nunca me sentí con un café humeante por compañía.