martes, 11 de junio de 2013

Distintas maneras de estar solo



Y sí, a mí me gusta solo leer en el metro. Basándome en estadísticas sesudamente elaboradas por el que tipea, estimo que 35 ó 40 páginas de buena lectura (en el caso que no me equivoque en la elección del texto) me acompañarán en un viaje Plentzia a Indauxtu, Moyúa o Abando. Por eso la gente me ve siempre con el libro bajo el brazo y con las gafas dispuestas. Soy tan enfermo, en este caso, que suelo llegar a la estación diez minutos antes de la salida de la formación para garantizar o superar ese promedio tan sesudo que anticipé renglones atrás.

Entonces, para asegurar que la lectura se cumplirá, tengo que llevar adelante una serie de estrategias. La primera es tratar de llegar a la estación antes que el autobús que viene de Górliz. Si bien no tengo conocidos en el pueblo de al lado, nunca se sabe. Conozco gente de Plentzia que es capaz de tomar el autobús en la parada del Eroski, que para los que son de Buenos Aires, es como tomar un bondi sólo por 500 metros. Una vez libre de autobuses la calle lateral de la estación, el segundo paso tratará de no coincidir con nadie en la misma entrada del metro. Porque si me encuentro con algún conocido al momento de desenfundar la Barik, no tengo excusa como para despegarme en breve. Entonces, sigiloso, busco el momento ideal para irrumpir en el andén. Falta un paso menos.

Luego, cerciorarme que no haya nadie sentado en los distintos asientos a la espera de la llegada del metro. Muchas veces, el ir distraído me ha ocasionado el disgusto de sentir un cálido “Hola, Javi” justo a mi costado y ahí ya no tengo escapatoria. En ese caso, es de rogar que la persona que me acompañe no vaya más allá de Sopelana, de esa manera, el viaje es todavía recuperable.

Llega el metro, desde Plentzia siempre se va a viajar sentado. Pero dependiendo de la hora del viaje, una vez en Urduliz el metro se va a llenar, así que será fundamental no equivocarse de asiento. Como hombre metódico, ya lo habrán observado con el relato de mis pasos anteriores, prefiero sentarme siempre en el mismo lado. Yo lo llamo cuidadoso, mi mujer lo sintetiza en obvio o aburrido, creo que es una definición más amplia de la metodología. Sigamos con el análisis, la mayoría que viaja también opta por sentarse en los mismos lugares uno y otro día. Por un lado, facilita la elección y el conocimiento de los viajantes, por otro lado, porque siempre está el otro lado, molesta intuir que soy tan obvio como ellos. Superado el impacto de ser tan evidente, me siento y hasta que el metro no arranque, si bien comienzo la lectura, no estoy del todo concentrado, tengo que valorar los ruidos del momento y estar atento a los que avanzan por los pasillos laterales o del interior para no llevarme una sorpresa. Como faltan promedio seis minutos para la partida, esas 5 u 8 páginas no sé si estarán atentamente bien leídas.

Podemos observar que el placer de la lectura suele tener pocos momentos placenteros. Y la formación aun no arrancó. Cuantas veces a último momento y con la chicharra anunciando que se cierran las puertas, llegan apurados no solo por el tiempo justo sino por una respiración casi terminal, una pareja de ancianos que se tiran sobre el perímetro de los quince asientos que me rodean y deslizan el calibre de sus voces al comentar lo justo, justo, que alcanzaron el metro. Si bien no tengo un pinganillo o micrófono como suele tener Bond, me veo en la misma postura de hablarle a los gemelos del puño de la camiseta de manga corta, que tenemos un imprevisto grado uno, uno porque es seguro que la intensidad crecerá a partir de Urduliz. Tengo cinco minutos para intuir que esas voces irán indiscretamente en aumento o que serán silenciosos y discretos. Si comienzan a hablar de los nietos, mal asunto. Es momento de buscar un asiento algo más alejado. Y si suena un móvil que no saben bien como se atiende, huyo despavorido. Si bien no me puedo observar en ese momento de caos, creo que la situación podría asemejarse a la de Sheldon Cooper (el del Big Bang, la recomiendo como obligada) tratando de encontrar el asiento perfecto en el cine. El científico de la serie cree poseer la cualidad de la “ecolocalización”, el sistema que utilizan los murciélagos para orientarse, parecido a un radar. Entonces Sheldon prueba los distintos asientos de la sala, ya concurrida, y grita en distintos tonos. El sonido que regresa a sus oídos le permite saber cuál es el más adecuado. Yo hago lo mismo pero solo con mi intuición, soy demasiado vergonzoso como para practicar lo de los gritos. Esa cohibición me perjudica notablemente, mi capacidad de acierto en el metro no supera el cuarenta por ciento.

Otro factor que me juega en contra es aquel que por instinto me lleva a sentarme cerca de la mujer buenorra. Cuantos disgustos ocasiona esa decisión, además de ser absurdo, porque cuándo vieron que sentarse cerca de la buena nos lleve a algo. Y cuántas veces nos perjudica. Me han tocado mujeres que ni bien sentarse llaman una y otra vez por el móvil, y las conversaciones no escapan de los remanidos “ya te contaré”, “tía, que fuerte”, “joer maja, dicen que va a llover toda la semana”, “que pasada, yo flipo” o contar ya con ansiedad a flor de labios y casi sin respiración ni cadencia el asunto que le carcome, que casi nunca se termina de entender, o con el aburrimiento que denotan que hablan porque no saben que otra cosa hacer en ese momento. Ni qué decir, cuando la conversación va de ruptura, se intuye que del otro lado está la pareja que no la considera, que no se toma en serio esa relación y a ella no le queda más remedio que cortar por teléfono. “Yo lo di todo, y tú siempre escondiste tus cartas”, la frase es contundente, ese hombre no se ha implicado nunca. Es un canalla, sólo eso sabemos, si pudiéramos verle la cara. Dan ganas de pedirle a la buenorra que baje el skype para ver el rostro del inmerecido. Esa ruptura, promedio pero sin ser contundente, suele demorar seis estaciones. Casi nunca se reconcilian, quizás eso llega con otro llamado fuera del metro. A mí me queda la duda de cómo se generó esa relación tan desconsiderada, quizás el caballero se sentó cerca de la buenorra en algún metro o tren de cercanías.

En Sopelana vuelven las alarmas, ahora de grado tres. Cuidado que suben las 5 ó 6 que trabajan en el Corte Inglés. Acostumbrados a la megafonía del centro comercial, ellos y ellas hablan como para todo el convoy y la conversación del lunes no pasará del Conquistador del fin del mundo y de las relaciones entre los participantes. Después del miércoles el programa pierde su intensidad en la tertulia pero a veces anticipan el contenido del siguiente programa o pasan al siguiente tema, los asuntos de toda la familia de la Casa Real o el vestido de Letizia en el último casamiento de las noblezas. Así que ya testeado, con medio vagón de distancia, atenúo esos sonidos.

Por último, en Larrabesterra sube esa madre tan dócil con ese bebé tan agresivo. El niño ni espera a que el tren reanude su marcha, comienza con gritos siquiera instalados, de los gritos pasa a los sonidos guturales, y de allí a la agresividad física. Lo curioso es que los que están cerca suelen sonreír, eso me confunde, será que soy un amargo que no disfruto de esos pequeños placeres. Pero al rato los rostros van mutando, porque la agresividad comienza tirando la galleta o chupete al piso para pasar al poco con el primer cachete a la madre y ésta, con un temple de culebrón mexicano, solo atina a decirle “oye, por que me pegas” con una vocecita que me lleva a pensar que su pedagogía está haciendo aguas con la “criatura” (relacionar con la definición de ser mitológico, no la de niño recién nacido). La gente ante los reiterados golpes del niño optan por refugiarse en el móvil, El Correo o e-book para ignorar a ese género con violencia o para no ser las siguientes víctimas. Ahí me quedo algo más tranquilo, prefiero odiarlo de entrada antes que a la vista de su mal trato o comportamiento.

Pero una vez calibradas las personas pasamos al grado cinco sin escalas y sin visos de solución. El grado cinco es el más importante y trata de los teléfonos móviles. Ya lo anticipe con la amama o aitite que no sabe atender o la buenorra portadora de frases comunes o rupturas, pero no se detiene ahí, todo irá en aumento. Muchas veces levanto la vista de mi lectura y mis tres compañeros están atentos al móvil. Uno habla, el otro wassapea y el tercero juega. Pero todos, todos, optan por utilizar al máximo los beneficios del sonido.

El msn o wassap contemplan un sonido molesto. Está el del pajarito, ó el del sonido ultrasónico, o la musiquita. Yo me pregunto mientras me empecino en no perder el promedio de la lectura, porque la persona que va a escribir todo el viaje en msn o wassap no se queda fijo en la aplicación y nos evita el ruidito cada treinta segundos. Me exaspera porque si bien no intuyo el contenido del mensaje, no creo que varíe de :-) ó hy pso d sa (hoy paso de salir), ó kdms (¿quédamos?) ó NT1D (No tengo un duro). ¡Y yo empecinado en un libro de 400 páginas cuando todo se sintetiza en 5 caracteres!

El que hablaba por teléfono frente mío comienza su elocución remarcando que está en el metro y que no le gusta hablar esos temas en público, pero viendo que el del otro lado de la conversación no se da por enterado, eleva el tono y comienzan los reproches por un trabajo mal realizado, por una cotización exagerada o desmedida o se ha dado el caso que han despedido a un empleado en ese mismo momento. ¿Por qué siento vergüenza ajena?, no lo entiendo. Una cosa es estar contrariado por la contaminación acústica y otra bien distinto es sentir vergüenza por una conversación donde no participo. Conversaciones antes privadas que ahora son de todo el público se convirtió en normal. En el caso de mi compañero de viaje, sólo resta que el finiquito sea correcto,  sino al día siguiente tendrá que discutir con el abogado del ex empleado.

Y me queda el que juega. Y es casi un adulto. No podemos albergar la excusa de ser un niño. Y juega con sonido, por suerte y porque llegamos a un extremo que agradecemos que parezca que es por suerte, el sonido no es permanente. Así que entre los :-), los gritos del que habla y las vidas que pierde el jugador que obligan a comenzar los ruidos de nuevo, trato de manejar mi obsesión enfermiza de cumplir con las 40 páginas.

Lo paradójico es que veo en todos aquellos que están atrapados por el móvil un síntoma similar al que ven en mí, y es que la mayoría decidimos apartarnos de la sociedad, todos nos alejamos del que está a nuestro lado para trasladarnos a lugares ideales o a personajes lejanos. Antes nos aburríamos todos juntos, mirando el paisaje por la ventanilla, contando coches, conversando ocasionalmente con el compañero de asiento y saludando al subir y bajar del tren. Ahora cambiaron las relaciones entre los hombres. Yo rodeo mi aburrimiento leyendo un libro tras otro, y otros optan por ser prisioneros de la informática. Y no me quiero olvidar del que nos sorprende con dos móviles distintos, uno para hablar y otro para navegar y nos muestra esa realidad como si fuera lo más normal del mundo. Y como gota que colma toda posibilidad de esperanza en la raza, estará aquel que diga a un teléfono cada dos o tres minutos: “cari, ahora estoy en Berango”, “ahora en Santuxtu”…

Me bajo en Abando y apuro la última página buscando desesperado el fin del capítulo o el espacio de un punto aparte hasta en las escaleras mecánicas. Los del Corte Inglés apuran el último pronóstico del ganador de "el fin del mundo", me adelanta el que sigue discutiendo por el presupuesto, se incorpora a la escalera la que continúa reprochando a su pareja las causas de la ruptura, el que juega anota su nuevo record y otro mira en wikipedia en qué siglo se inventó la vacuna contra la rabia. Ya en la Gran Vía, nos separamos hasta el siguiente viaje, donde nos volverá a unir nuestra mutua indiferencia.

Aporto a los confusos lectores de Argentina un plano con las estaciones de Metro Bilbao.