domingo, 20 de marzo de 2016

Esta vez el dolor va a terminar


"Si el mundo fuera claro, el arte no existiría".
El mito de Sísifo, de Albert Camus

El problema quizás no sea la cantidad de información que nos desborda a diario. El problema pasa por la escasa comprensión que sabemos dar a tanta indicación recibida. Si están en juego nuestras emociones o simpatías a la hora de descifrar el testimonio, el proceso es sangrante. Es conmovedora la inocencia humana. Es inquietante la ignorancia, pero es perturbador recoger indicios de este misterio que es vivir a través de cualquier manifestación. Y el arte o la cultura no escapan a esto, por un lado emocionan hasta la sensualidad y por otro, lastiman y obligan a reconocer el dolor que nos atraviesa en este proceso que es la existencia.


La televisión y luego por contagio, los demás medios de información o publicidad parecen alejarnos del hombre doliente. Exitismo, frivolidad o liviandad son los mecanismos para atrapar audiencia. Y el ser humano opta por sentarse a ver Gran Hermano antes que encarar la obra de George Orwell, por asociar ambos contenidos. Es más fácil ver por TV como dos desconocidos intiman ya en la primera noche, sea por instinto animal o por táctica para que no se les nomine, que desmenuzar la obra del escritor inglés, que más de medio siglo después parece ser, más que un elemento esclarecedor de nuestra esencia, un epitafio de nuestra necedad.

El arte o expresión cultural parecen ser los caminos más apropiados para acceder a todo lo que afecta nuestro ser. Toda manifestación artística parece ser un fenómeno que no arroja precisiones concretas o conclusivas. De la observación artística se precisa que hay dolor, que la pregunta ronda a través del paso de los siglos, pero no se haya la respuesta. Lo único que persiste es la posibilidad de seguir reconociendo belleza ante el dolor inicial de una creación. Desde los orígenes de la filosofía, el arte ha sido la ocasión más propicia para conferir de sentido a todo lo que nos afecta o nos emociona. El arte nos conmueve, nos permite recoger experiencias o conocer la compasión. Pero sigue sin resolver la condición humana. Todo el tiempo se recogen nuestras contradicciones en lienzos, pentagramas, esculturas o octavillas. El dolor sigue generando belleza.

Tantas veces la desolación nos ha dejado sin habla. Los fantasmas diarios del conllevar nuestra existencia nos puede bloquear, paralizar, frustrar o consumir. Mejora la expectativa de vida, no descansan los adelantos tecnológicos o científicos, oscilamos mejores y peores momentos económicos o sociales, pero ante cualquier cambio o progreso, seguimos experimentando los mismos dolores del alma. Y nos volcamos al arte para que, si no atinamos con la respuesta, al menos encontremos el placer estético que genere el vacío o dolor que habita en este mundo. El dolor humano no cesa de adoptar de nuevos significados o contenidos.

El arte tal vez sólo permita ser canalizador de la frustración colectiva. El arte se colecciona, se contrabandea, se revende, se copia, se falsifica. El arte se consume, enfrentarse a una colección de arte es por un lado, desafiar el vacío existencial, y por el otro -como una paradoja absurda- movilizar millones en una actividad hiperconsumista. El que paga millones por un Van Gogh paga por el dolor sin resolver del pintor holandés o por la irresistible necesidad hedónica de formar parte de la sociedad capitalista y consumista. Para algunos el arte tendrá un sentido existencial, para otros exista para aplacar el sinsentido.

Cada expresión artística intenta reflejar la realidad. El dolor intenta convertirnos en interrogadores incansables. La historia del universo pasa por el sufrimiento y la historia del hombre por intentar encontrar mínimas respuestas. El primer interrogante podría ser ¿Cómo podemos llegar a ser felices si nos la pasamos sufriendo? Santiago Kovadloff, ensayista argentino, ha considerado al dolor como aquello que irrumpe de manera brutal o inesperada, enfrentando al ser humano a convivir con ese espacio, ya que de ese saber sufrir se ha de gestar el porvenir. La verdad de la vida solo se alcanza en el sufrimiento: "El sufrimiento fuerza el replanteo de la identidad".

 El dolor en el arte presume que se partió de la desesperación o desconcierto y se llegó a una manifestación que para el observador es clarificadora o aliviadora. Albert Camus, en El mito de Sísifo describe lo absurdo de la misión encomendada por los dioses a Sísifo: Empujar incesantemente una roca hasta la cumbre de una montaña, sabiendo que la piedra volverá a caer. En un constante recomenzar, Camus interpreta felicidad en el accionar de ese hombre que vuelve una y otra vez a bajar de la montaña para reemprender la consigna o fatigoso castigo. El escritor cree divisar en la revuelta, esfuerzo o lucha, la manera de no aceptar la sumisión. El dolor es reparador para Camus, y nos lo trasmite con esperanza: define el sufrimiento como un agujero por el que entra la luz.

El arte o expresión cultural siguen sin ser del todo clarificadores. Requieren de la subjetividad del que la contempla. El arte es un fenómeno que rodea al ser humano sin arrojar explicaciones precisas o conclusivas. El artista se sigue interrogando sobre el mundo que lo circunda, y las explicaciones que cree observar, raramente lo ha de satisfacer o redimir. La obra de un artista seguirá siendo una aproximación a una realidad misteriosa. Lo increíble seguirá siendo que la belleza o la contemplación desgarradora de esos misterios nos permita, al menos, divisar el resplandor de esa fuerza oculta que habita en la especie.

"La  belleza es un prodigio cotidiano y un lujo de primera necesidad, casi siempre un proceso de tanteo y transformación, casi nunca una obra cumplida y cerrada", prologa Antonio Muñoz Molina en El libro de la belleza, de María Elena Ramos.  Las imágenes habituales que nos rodean nos refuerzan. Belleza y dolor conforman un vínculo esencial, la idea de belleza mantienen una influencia significativa en la manera que llegamos a experimentar tanto dolor. William Butler Yeats, conmocionado por el sacrificio de los patriotas irlandeses que protagonizaron el Alzamiento de Pascua de 1916, contra la autoridad del Reino Unido, y dolido por la indiferencia de la sociedad irlandesa de su tiempo, escribió un poema titulado Pascua de 1916 cuya estrofa final ha inmortalizado su profecía de que ya nada volvería a ser como antes en la causa irlandesa: "Una terrible belleza ha nacido".


No sabemos bien la finalidad que tiene el arte en nuestra vida. Menos sabemos qué función cumple hoy. Es de esperar que en el futuro, las nuevas generaciones puedan comprender el dolor y lo bello que resulte de un lienzo, poema o canción que refleje las desventuras de los refugiados sirios que se hacinan en las puertas de Europa, o se indignen hasta la extenuación al ver un grabado donde simpatizantes de futbol holandés o checo humillen u orinen a mendigos. Es en la belleza de los grabados de Goya donde se reflejan los defectos de la sociedad española de finales de siglo XVIII. Gracias a Goya podemos comprender la medida del artista, los criterios de su verdad, la demencia del mundo. En las raíces de ese proceso seguiremos encontrando el declive de las civilizaciones, y como expresara otro irlandés, en este caso Clive Lewis (1898-1963),quien en su ensayo El problema del dolor, arroja una frase de terrible convicción: "El dolor insiste en ser atendido"...