“Nadie puede vivir con la muerte ante los ojos si cree que al final espera el olvido”.
Frase de “El séptimo sello”, película de Ingmar Bergman (1957).
Hace más de dos mil cuatrocientos años que Aristóteles nos enseñó a pensar. Pero en estos tiempos, la sensación es que a la gente le aterra quedarse a solas con sus razonamientos para plantear una evolución o superación. Una sociedad asustada y desorientada opta por la distracción y el bombardeo constante tecnológico y sus pantallas y pantallazos con discusiones vacías como efecto sedante. Los dilemas planteados por Aristóteles fueron considerados “el ardiente deseo de toda mente pensante”, según palabras del Nobel de Física de 1954, el matemático alemán Max Born. A lo largo de los siglos ha inspirado a filósofos y pensadores de origen cristiano, judío, musulmán, budista, hindú, confuciano, ateo o agnóstico, lo que demuestra que su pensamiento no es de nadie pero si de todos. El hombre quien desde la filosofía griega establece los fundamentos de lo que luego se pudo conocer como teología, estuvo antes que las religiones y solo convivió con las “divinidades”.




