miércoles, 27 de abril de 2016

Todo, todo se olvida

"Quién sabe si dentro de treinta o cuarenta años se van a acordar de Onetti"
Juan Carlos Onetti

Con frecuencia se hacia esa pregunta el autor de "El astillero", "La vida breve" o "Juntacadáveres", convencido de los vaivenes que sobrelleva la fama. La realidad es que pasaron veintidós años de su muerte, y todavía somos varios los que recordamos al genial escritor uruguayo, Juan Carlos Onetti. Es que encarnó como nadie el fracaso existencial del ser humano, reflejado con quirúrgica precisión en el desarrollo de sus personajes u obras emblemáticas. Onetti clonó su obra con millares de Onettis, huyendo de la fama. Tanto el escritor como sus personajes intentaban solamente sobrevivir. Onetti al menos sobrevivió a su muerte.


El debate se centra en la memoria o el olvido de algunos creadores. El acordarse o no de un legado cultural es difícil de dirimir. El olvido puede dar paso al recuerdo sin mediar aviso. La mención permanente puede a veces ser solamente un recurso. Solemos recordar cosas que en realidad no han sido gravitantes. La polémica sobre si son muchos o pocos puede sonar estéril. Tampoco importa que significan muchos o pocos en este mundo dominado por la imagen. Para comprobar la ineficacia de ese tipo de  matemáticas, escuche la cantidad de gente que aseguran los organizadores de un mitin político haber concentrado, cuantos dicen los de la oposición, cuantos advierten los medios y cuántos aseguran los de la policía. Entre todos ellos, habrán alrededor de 250.000 números de diferencia.

Para algunos el recuerdo pueda más que el olvido. La frase que encierra aquel poemario de Mario Benedetti "El olvido está lleno de memoria" es utilizada hasta el cansancio a la hora de valorar o recuperar algunos recuerdos. La memoria tantas veces se nos presenta como un proceso cognitivo flexible, volátil y vulnerable. Los recuerdos son el fruto de la actividad mental y la experiencia consciente no siempre ha de estar presente. La memoria suele ser un compañero de viaje de nuestra vida cotidiana. Tantas veces es extraordinaria la capacidad que alberga la mente para acumular información.

Ernesto Sábato explicó que "la memoria fue muy valorada por las grandes culturas, como resistencia ante el devenir del tiempo". El recuerdo se antoja fundamental, sobre todo hoy día, ante el permanente y variado bombardeo mediático y la acalorada forma de vida tan de vértigo de estas sociedades posmodernas. La memoria intenta evitar un estado cercano a la amnesia, y la cultura no debe ser olvidada. El contrasentido de estos tiempos es que los museos están cada vez más llenos, se inauguran exposiciones o muestras en forma permanente, todo el año tiene su época de conciertos, pero los teatros se abandonan, las librerías de libreros se cierran y no encontramos tiendas de discos salvo de aquellos coleccionistas que resisten al abandono. Si bien hay demanda cultural, se presume transitar por sociedades embrutecidas o que se redefine el concepto de cultura o su alcance.

Los grandes escritores han considerado que raramente escribían para el presente; repararon en que sus creaciones estaban dirigida hacia el futuro, por dos motivos: como advertencia de lo que no supimos ver y como memoria de las cosas que sucedieron para explicar las presentes. Pero también escribieron para el presente, donde conocieron el olimpo del reconocimiento; y conocimos al autor póstumo que su momento no coincidió con su presencia física en este planeta. Son particulares los movimientos del destino literario. La creación navega entre el recuerdo, la memoria y el olvido.

Marc Augé, antropólogo - etnólogo francés contemporáneo, hizo hincapié al inadecuado hábito de cualquier sociedad de seleccionar poco y mal lo que se quiere recordar, reafirmando la sólida estructura que adquiere el reino del olvido. "Recordar u olvidar es hacer una labor de jardinero, seleccionar, podar. Los recuerdos son como las plantas, hay algunos que deben eliminarse rápidamente para ayudar al resto a desarrollarse, a transformarse a florecer". Estamos expuestos a tanta información que vivimos sobresaturados, y esto nos conduce a la dispersión. Quizás sea ese el motivo que nos ha llevado a sostener una débil política del recuerdo.

"Un hombre solo está verdaderamente muerto, cuando muere a su vez el último hombre que lo ha conocido", enunció Jorge Luis Borges. Cuando los testigos ya no abundan, sólo nos quedan la pluralidad de interpretaciones de aquellos que intentan reducir el olvido en el tributo de una presencia permanente. Recordar es un tríada donde se estila adquirir, retener y recuperar permanentemente información, según consideraba Norman Donald. A través del recuerdo, ayudamos a que trascienda o permanezca la huella de lo realizado en la vida artística de algunas personas, que permita actualizarse en el presente, hasta que inevitablemente se pierda en una especie de olvido en el pasado. ¿Quién lee hoy a Tolstoi sin sentir que es una literatura desfasada, larga o carente de atractivo? ¿Somos capaces de afirmar que "Guerra y paz" sería efectiva si en vez de mil páginas tuviera trescientas cuarenta y una trama más personal y no tan universal? ¿Pero pensamos alguna vez que sin las mil páginas de Guerra y paz, no sería posible hoy valorar la aguda visión de, por ejemplo, Svetlana Alexiévich?

Algunos comprendieron en el mismo momento de su creación artística, que estaban condenados al permanente recuerdo. Otros, en enorme mayoría, persistieron en su obra, al menos para poder reflejar por escrito la resistencia a abandonar el razonamiento y el cuestionamiento, ingredientes fundamentales para el desarrollo. Se sabían destinados al olvido en el mismo momento que publicaran. Entre ellos, el ejercicio obligado de la memoria como complemento para el equilibrio estético de estos mundos.


Debemos esforzarnos para que dentro de un tiempo, por ejemplo en el año 2410, una sociedad tal vez desequilibrada por los vaivenes permanentes, se detenga a conmemorar los cuatrocientos años de la muerte de José Saramago, como hoy reflexionamos por el recuerdo que no ha olvidado a Cervantes o Shakespeare. No importa que el tributo esconda que ambas inmortales plumas no se lean, destaquemos el recuerdo sin olvidarnos que Friedrich Nietzsche, allá por los mediados del 1800, concluyó que "hay un grado de insomnio, de rumia, de sentido histórico que daña a lo vivo y que hace que, al final, sucumba, ya sea un hombre, un pueblo o una cultura". Por eso, si de mí solo habitará en breve el olvido de mi existencia, al menos dejo esta entrada para que alguien se cuestione la presencia de la memoria...