jueves, 4 de julio de 2013

Los recuerdos siempre aparecen



La música te hace compañía. Uno pasa por diversos estados en su vida y la música se amolda a uno. O uno se amolda a ella (ella puede ser tanto la música como la vida), o se comple-mentan. Los acordes están allí para divertirte, llenarte el alma, recordar, vibrar, cuando eras muy joven gritar en vez de cantar, cuando creces un poco, escuchar, tararear y compartir, y en esta última etapa, la de vivir afuera, para acercarte a lo que era tan habitual.

Mercedes Sosa me trae buenos recuerdos. Cuando era pequeño, los sábados y domingos, me ajustaba a la salomónica decisión de mi vieja de escuchar música a partir de las ocho de la mañana y dejar libre el equipo de música a eso de las once, cuando mi viejo regresaba de hacer las compras en la carnicería y de tomar unos mates y leer La Nación en la casa de mis tías. A partir de ese momento, la elección musical era solo de mi padre. Creo que mi vieja tendría afinidad con los gustos de papá, aunque me da la sensación de que, como en casi todo, mi vieja siempre resignó protagonismo en pos de sus dos amores.
Queen, Kiss, Rod Stewart, Barbra Streisand, ABBA, Bee Gees ó Lennon durante la escuela primaria, y Soda Stereo, The Police, Los Abuelos de la nada, Virus, U2, The Rolling Stones, Dire Straits y tantos más a lo largo de la secundaria eran los teloneros de los gustos preferidos de mi viejo, que no varió mucho a lo largo de los años. Alberto Córtez, Susana Rinaldi, Joan Manuel Serrat, Edith Piaf (creo que era elección de mi vieja), Luciano Pavarotti, luego los tres tenores y Mercedes Sosa siempre ocupaban la hora anterior al almuerzo, mientras mi viejo esta vez leía Clarín y hacía las palabras cruzadas comiendo un sándwich de salamín y un vasito de vino como aperitivo.
Yo aprovechaba y me iba a la plaza a jugar, pero los días de lluvia me quedaba en casa y sin protestar sentía la música de fondo. Debo reconocer que no simpatizaba con sus gustos, me parecía un desperdicio con lo buena que eran mis elecciones y creía que no la escuchaba, pero con el tiempo alguno de esos autores se convirtieron en mis ritmos de compañía.
También tengo que recordar que mi viejo consideraba como blasfemo al rock, no veía ninguna virtud entre tantos gritos y guitarras y la mayoría de las veces resoplaba como dándome a entender que su paciencia no era infinita. Al llegar las once, me solía decir “ahora vas a saber lo que es la música” y el dj cambiaba de platos.
Uno de los grupos que mi padre combatió fue Queen y creo que aceptaba como una rareza (también lo fue para mí) que yo escuchara a Barbra Streisand. La primera vez que escucho “Una noche en la Opera” se escandalizó y al llegar el turno de “Rapsodia Bohemia” fue el acabose.  La mezcla de estilos y caracteres que para los jóvenes constituía toda una grata novedad, para mi viejo era una falta de respeto. Yo debía imponer mi gusto por Queen a pesar de sus comentarios y así deleitarme con esos 5:55 minutos donde alterna la balada, las partes a capella, la opera, el rock duro y el coda al final. Y menos mal que no dominábamos el inglés porque si nos enterábamos que la canción refería a un hombre que mataba a otro (se lo confesaba a su madre) y vendía el alma al diablo  para luego intentar recuperarla con la ayuda de Dios y los ángeles me hubiera costado la exoneración del hogar familiar a corta edad. Con el paso del tiempo, mi viejo se atribuyó el ingreso de Queen y Barbra Streisand a casa, y lo dijo muy suelto de cuerpo. Queen ya no era una falta de respeto y luego de grabar Barcelona con Montserrat Caballé, era un grupo que hacía obras de arte.
Y a mí me quedó el gusto por Joan Manuel Serrat y la negra Sosa, pero siempre cite la fuente paterna a la hora de explicar como llegué a ellos. Empezaron a sonar fuera del horario de mi viejo y  con el paso de los años, ya no teníamos horarios para alternar, la música era toda mía pero se mezclaban los gustos y sumábamos alguno más compartido, como el caso del republicano Joaquín Sabina.
Desde que vivo en el País Vasco, la música la comparto con Fer. Debo confesar que ella se ha amoldado a mis cuarenta discos de The Rolling Stones y a los otros mil que tengo en el ordenador, donde lo eterno y todo nuevo grupo que descubro descansan en una enorme carpeta que es mi orgullo. Como contraprestación yo incorporé a Drexler, a Caetano Veloso, a León Gieco, a Baglietto y la primera adquisición compartida aunque algo fuerte para mí, la digerí con hidalguía: Ketama!!.
Cuando salimos de viaje, suelo preparar algunos cd’s para que nos amenicen los largos desplazamientos a los que obligo a Fer (sólo conduce ella). Uno de esos recopilatorios es de Mercedes Sosa. Y elegí Cantora como corolario de una carrera enorme de la tucumana. En las distintas carreteras vibró con “Aquellas pequeñas cosas” junto a Serrat; se me hace un nudo cuando cantó “Himno de mi corazón” con León Gieco; me invade la nostalgia al escuchar a Cerati en “Zona de promesas”; me emociona el susurro ya ausente del flaco Spinetta en “Barro tal vez”; me enciendo con “Violetas para Violeta” al escuchar la correosa voz de Sabina y descubrí con entusiasmo un tema que quiero compartir: “Jamás te olvidaré” de Marcela Morelo.
En el ordenador me guardé la letra de esta canción y sin conocer a Morelo, me enamoró lo bien que se complementan su voz con la de Mercedes Sosa. La letra fue secundaria la primera vez, me encandiló ambas voces. Y me decidí  a dedicarle nuevamente una entrada del blog a la música, bendita compañera de casi todos los mortales. Y para saber más de la canción fui a Google y pinché. Pero no encontré más que la letra que ya la tenía y varios links donde descargar el tema... Me pareció raro porque me había acostumbrado a encontrar todo lo que buscara en la 2.0.
Como escasa referencia, en un reportaje Marcela Morelo confía al periodista que lo que le impactó a Mercedes Sosa de la letra era que se sentía identificada con parte del estribillo: “Por que lloré, por que viajé con mi soledad”… recordándole su viaje en soledad cuando se tuvo que ir del país, en tiempos de la dictadura militar. Y que el tema iba de eso, de lo mucho que se extraña cuando se está lejos de su hogar.
Será por eso que me gustó tanto el tema? Podría ser en parte. Creo que es un tema de amor y que Mercedes Sosa se aferró a una frase para hacerlo cercano, para hacerlo suyo. Y a mí me entusiasma escuchar el tema, se lo anuncio a Fer cada vez que va a empezar en alguna carretera nacional o de otro país (es el corte ocho en mi recopilación), subo el volumen y me dan ganas de volver a gritar como cuando no sabía cantar (si es que hoy lo sé) y lo comparto con ella, quien sabe que es inolvidable en mi vida de hoy y de siempre. Y aprovecho esta entrada para recordar el living de la casa de Monroe y vuelvo a ver a mi viejo con el pelo negro (ahora tan canoso) levantándose con el diario repleto de migas del sándwich que devoró en tres bocados, tan torpe como siempre e intentando no dejar trocitos en su camino, para que de todos modos llegué el reto de mi madre mientras barre el paso de mi padre. Y me encanta ese recuerdo, porque salí igual de torpe que él, espero haber heredado esa nobleza, mantengo algunos horarios estructurados, me siguen gustando las canciones de amor (aunque no me anime a peinados nuevos) y yo ahora me muerdo los labios antes de decirle al hijo de una amiga lo horrendo que me parece Justin Bieber mientras lo escuchamos sentados en algún sillón.



MERCEDES SOSA /   MARCELA MORELO

Lejos de la casa,
que me da el abrigo;
extraño tu nombre,
te extraño, amor mío.
La luna que viaja,
por el manso río;
trae tu mirada,
me llena de alivio.

Porque allí,
lo besé;
y creció mi ilusión.
Solo tú,
solo yo;
un mismo amor.

Porque reí,
porque lloré;
porque viajé con mi soledad.
Tengo presente que,
jamás te olvidaré.


Entre los rincones,
Que anida mi alma;
Hay un espejismo
lleno de esperanza.

Cuando al fin,
te bese,
y creció mi ilusión.
Solo tú,
solo yo;
un mismo amor.

Porque reí,
porque lloré;
porque viajé con mi soledad.
Tengo presente que,
jamás te olvidaré.

Un día al fin,
volveré,
con mi vida y mi ilusión.
Solo tú,
solo yo;
un mismo amor.

Porque reí,
porque lloré;
porque viajé con mi soledad.
Tengo presente que,
jamás te olvidaré.