martes, 9 de julio de 2013

Vivir sin terapia

A los argentinos en España nos asocian con el tango, el mate, el asado, la pampa, con nuestra manera de pronunciar la ll y con el fútbol. Pero también siempre nos preguntan por el psicoanálisis y por nuestra fervorosa afición ó necesidad de recurrir a un terapeuta.
En el País Vasco cuesta encontrar un psicólogo, la seguridad social te deriva a psiquiatría y a sus psico-fármacos de por vida y en las pre pagas podes encontrar un listado de 5 ó 6, como mucho. Así todo, en mi obra social, para que me autoricen una serie de sesiones de terapia, debo pasar previamente por la consulta del psiquiatra, quien luego de consultar mi mal, con una sonrisa cómplice, me rellena la autorización.

Los argentinos mantenemos una excelente relación con los habitantes de este ameno País Vasco. La vida es muy distinta a la de Buenos Aires, al menos a la de Capital Federal. Nos costó una temporada larga reconocer que ya no vivíamos allí, que queríamos estar adonde habíamos marchado y sumar hábitos tan distintos a los nuestros, pero un día finalmente cruzamos el charco mental.  Pero a lo largo de ese proceso y aún después de adaptados, pecamos de incomunicación y a veces creo que por exceso de psicoanálisis (de nuestro lado) o por su total ausencia (del suyo), no logramos comunicarnos con la misma estructura emocional.
También es verdad que los vascos no diseccionan ninguna de sus charlas. Muchas de ellas se dan en el tiempo libre del trabajo cuando se acercan al bar o en sus salidas, que casi nunca se da en los hogares. Nosotros tuvimos que bajar varios cambios para lograr vivir en esta sociedad y así todo, se juntan tres argentos y sale enseguida el bisturí, y aunque la charla sea superficial, la vamos a analizar, a rastrear sus orígenes, a exigir su inmediato remedio para cerrar con éxito esa etapa de crecimiento. Toda sobremesa es terapia de grupo, no falta el llanto, el arrebato individual o la búsqueda del cobijo. Te vas de la reunión cantando bajito un tango al que antes nunca habías prestado atención.

En estos últimos años he frecuentado a dos terapeutas. La primera de ellas duró lo que duran las 15 sesiones, menos de lo que duran los peces de hielo de Sabina en su whisky, es decir que en tres meses me di cuenta que mis problemas de adaptación o acostumbramiento deberían seguir siendo tratado en la soledad de mi nueva residencia, ya que la profesional en cuestión nunca logró apartarme del personaje del inmigrante que llega con su maleta de cartón a la ciudad y a partir de ahí, se tiene que amoldar si o si a las costumbres locales, y alentando a una cirugía transversal de tus experiencias, existencias e histerias, cortar de una vez y para siempre con las costumbres raras que tienen los que habitan fuera de la comunidad. Tanto silencio, tanto mirar como si yo fuera un extraterrestre era demasiado para mi terapeuta y el colmo llegó en alguna sesión donde por tanta frustración acumulada, me eche unos llantos. Ahí no supo si darme una palmada, si cantarme “El dulce gatito” como a Sheldon Cooper o llamar a los servicios de emergencia. Me alcanzó un cleanex y me sequé los lagrimales;  y me di cuenta que la catarsis era enteramente mía, que yo me contestaba mis preguntas, que la cura del dolor y miedos corrían de mi lado y que los cupones de las sesiones se los quedaba ella.
Con el paso de los años y en otra supuesta crisis existencial de mi vida me acerqué al cuaderno de profesionales de la pre paga con la idea de remediar mi frustrada experiencia anterior y esta vez busqué a un hombre. Lo encontré, no fue un palpito sino la cercanía de un centro donde estaba estudiando un curso de diseño de páginas web lo que me llevó primero al amigo psiquiatra para que me autorice y después al profesional a descargar mis penas.

Dije que elegí a un hombre y tiene su explicación. Desde que vivo aquí hace más de once años, mi relación fuerte ha sido con las mujeres. Con los hombres me ha costado más que un Perú tener una relación, al menos las que yo conocía, donde se puede hablar de fútbol (la mayoría de las veces del Athletic), de la mili (nuestra colimba que encima no hice), de pesca y de comida o bebida, pero nunca de algún vacío (no de los que vienen con papas), de la misma nada, dolores o angustias. Y menos que menos, me relacioné con ellos a la hora de buscar contactos o referencias para temas laborales. Salvo un trabajo que conté con la ayuda de mi primo Kike y el último de mi amigo Eneko, el resto los encontré por mis propios medios y con la ayuda de mujeres. Así que era un reto para mí lograr una conexión  con un terapeuta hombre.

Y la primera frase de mi analista me dejo huella. Dijo algo así: “la idea es que yo desaparezca lo más rápido posible de tu vida”. Me mató, ya creía que era regla que uno tenía que forcejear con su analista durante años para que lo dejara marchar y cuando lo lograbas, te ibas con la advertencia de que “no estás aun preparado para finalizar la terapia”. Anfiloquio, que así se llama el terapeuta, me soltó esa frase que más que presentación parecía despedida, pero me permitió comenzar con el mejor pie esa andadura hacia la relación con un hombre local…
Y una vez pasadas las quinces sesiones logré autorizar diez mas y después cuando no tenia cobertura me hizo un precio tan poco europeo que prolongué sin despeinarme las últimas diez sesiones, porque algo en el ambiente me decía que la frase de Anfi (como lo llamaba) estaba a punto de acertar su profecía. Y la prueba de que la comunión que logré con este tipo fue sincera, fue que la insinuación de la última sesión la advertimos los dos al mismo tiempo. Me dio algo de pena, pero era hora de que saliera a la calle a comprobar mis avances en los razonamientos y en buscar respuestas justo en la peor época posible, con más de cinco millones que si bien no tienen problemas de mantener contactos laborales no consiguen un mísero trabajo, y eso que yo de mísero tenía un máster de experiencia.
Llevo más un año desde que me despedí de Anfi. Durante el tiempo compartido, Anfiloquío conversó de todos los temas, me los planteó él, me obligó a repetir razonamientos y hasta me alentó a escribir mis estados de ánimo. Desde el año 2000 que yo no podía escribir mas allá de un correo electrónico. En el tiempo que estuve con él, varias carillas con mis temas personales pasaron a sus manos para darnos una interpretación hasta sentir que el volver a escribir podía ser una realidad ni bien me dejara de excusas o frustraciones. También en ese año hice un curso de cocina y me animé a pasearme por la escuela con el traje de cocinero y no solo eso, después a hacer prácticas en el Hotel Embarcadero, donde conocí a Marcelo Bielsa. No tuve miedo en encarar la comida de algún ejecutivo y hasta me animé con algún postre en esas prácticas y no me enojé si tuve que pelar quince kilos de papas cada dos días o limpiar varios tubos de calamares diarios. También comencé mi relación con una Cruz Roja, que al día de hoy me ve participando en algunos proyectos tan interesantes, me animé con este blog y lo mejor de todo, logré salir a la calle a horas donde debería estar trabajando y no sentir la culpa de estar caminando o haciendo un trámite a esa hora. Es decir, que con su estilo no me prometió soluciones rápidas, no me tuvo de rehén durante una década, me obligó a reconocer todos mis méritos y a saber que no estaban oxidados, solo que acumulaban algo de polvo.
Anfiloquio se posicionó desde un lugar cercano, no se mostró como un iluminado, sólo quiso ser un buen profesional común y corriente. No se hizo llamar freudiano o lacaniano, no uso poleras largas ni se mostró atento a mi cartera (aquí no decimos billetera). Y el colmo de los colmos, mas de una vez le tuve que alertar yo de que la sesión había superado la hora de duración!!!. Alternó la información con algunas experiencias que me compartió, siempre de buen humor y apelando a mi sonrisa, dejándome claro que el vínculo era tan o más importante que el resultado. No curó mi alma, me enseñó a compartirla. Me sirvió para darme cuenta que nos relacionamos para compartir, para experimentar, pero la agresividad actual nos hace pensar que debemos vincularnos para algún tipo de rédito. Generamos un intercambio, se que yo también le aporté cosas, recuperó en mí el sentirme útil. Sigo persiguiendo certezas pero ahora trato de tener confianza en mis sucesivos fracasos o búsquedas. No sé si Anfi me lee, pero díganme si no es un excelente ejemplo de comunicación con otra cultura, que en realidad se asemeja a la de mi viejo.

 Mientras tanto analizo este mundo tan raro, que progresivamente ha ido perdiendo certezas, convicciones o criterios. Estamos tan dubitativos que nos puede parecer correcta o razonable una opinión y su contraria, casi al mismo tiempo. Tenemos todo el tiempo miedo o inseguridad, los ataques de pánico, depresiones, miedos o fobias están ahí, a la vuelta de cualquier esquina y nuestros dirigentes son iguales a nosotros (tenemos que comenzar por reconocerlo), dubitativos pero con la posibilidad de ser corruptos, mas mentirosos o ambiciosos que nosotros. Pedimos recetas para evitar el dolor y no nos cubre ninguna obra social lo mal que estamos gestionando esta humanidad.
¿Por qué los argentinos asisten tanto al psicólogo? Me lo siguen preguntando. Quizás buscamos un consuelo, alguien que nos escuche, el poder contar nuestras dificultades libremente. Está en uno resolver los problemas, el otro no tiene remedio para tu dolor, a duras penas tiene una receta para su vida que a veces no cubre sus propias demandas. Pero si cada uno trabaja, conoce sus límites,  atina a desarrollarlos o acepta que más no puede, podrá encontrar su propio consuelo. Y yo, mientras aguardo mi siguiente crisis existencial y las estrategias posibles para remediarla, en una estación de metro me encuentro con Anfiloquio y le digo sin preámbulos que fue un placer trabajar junto a él.
Saludos a Caro Urrutia, quien pronto compartirá esta practica con quien lo necesite!!!