"Todo
el mundo es un genio. Pero si juzgas a un pez por su habilidad para trepar
árboles, vivirá toda su vida pensando que es un inútil".
Frase atribuida a Albert Einstein,
pero es una alegoría que data de finales del siglo XIX.
La genialidad es una cuestión de
tiempo. Tantas veces no podemos tener claro el camino de nuestro desarrollo. Se
vive en un mundo lineal basado en tres elementos: la inteligencia visible, es decir aquella que destaca si tenemos
buenas notas en general y sobre todo memoria, la belleza y la tercera, la habilidad
deportiva. Desde los primeros días se trata de encuadrar a los niños en
esos parámetros. Es general que, ante una ocurrencia de un bebé o niño pequeño,
los padres tengan la obtusa necesidad de destacar lo listo que es. Si en el trascurso de su crecimiento esos
antivalores reseñados no se cumplen, puede generar algún tipo de menosprecio
hacia el menor. Es difícil detenerse a ayudarle a desarrollar su inteligencia
dominante. Tantas veces a los padres les cuesta comprender que a pesar de lo
que se cree, no hay dos seres iguales en la continuación lógica.
