domingo, 22 de abril de 2018

Ahora que todos los cuentos parecen el cuento, de nunca empezar


“Nuestra vida está hecha más por los libros que leemos que por la gente que conocemos”. 
Graham Greene

El calendario parece condicionado para que todos los días se deba festejar o conmemorar algún suceso. A veces, lo apretado del anuario obliga a más de un festejo en el mismo día: por ejemplo, el 8 de marzo se celebra el día de los derechos de la mujer y la Paz internacional. Los días se suceden durante el año y es raro que no exista uno sin una efeméride. La diferencia de lo que se conmemora hará que unos y otros se destaquen o no, en rojo como citas obligadas. En casi todos los casos, los festejos que hoy se organizan se generaron como reivindicaciones necesarias en un pasado, que se olvidan por la frivolidad que se otorga a las celebraciones en estos tiempos.


La ONU (Organización de las Naciones Unidas) reserva para efemérides ciento dieciséis fechas en el año. UNESCO comparte festejos y genera los suyos propios para llegar a ciento cincuenta y una jornadas internacionales para destacar aspectos importantes en la historia de la vida humana. Una gran cantidad apenas consiguen llamar la atención del ciudadano, desvirtuando el origen de la celebración, saturándonos. En el caso de la lectura, si bien en cada casa existe una biblioteca, la realidad parece indicar que se las valoran, pero se detienen poco en ellas, y se respetan un poco menos. Las estadísticas afirman que hay edades donde se mantiene un registro lector y otras, que podrían ser determinantes como la adolescencia y el ingreso a la vida adulta, los índices se desploman. En todo caso, el día del libro es una fiesta mundial cada 23 de abril.

Vivimos en un mundo audiovisual por lo que algunos suponen que leer es una actividad improductiva, denominándola como estática para desalentarla. Para llevar a cabo el proceso de la lectura es necesaria la concentración, por lo que las diversas tecnologías que nos rodean deben quedar al margen, lo que lo convierte en una tarea titánica. La lectura puede ser pasajera, como la que se realiza en gran parte del día a través de redes sociales, o intensa donde se profundizan asuntos y emociones complejas. Una persona a la que no le gusta leer, no puede entender que lo importante no sucede en el pasar anodino de las hojas de un libro. Lo que verdaderamente sucede, pasa por la cabeza: la concentración profunda da paso al descifrar un texto e interpretar su significado, lo que determinará un orden mental considerable.

Un libro es considerado como un poderoso elemento de difusión del conocimiento y el más eficaz para conservarlo. Un libro suele ser un cofre de sabiduría y cultura, de duración indeterminada. Encarama a un mundo que se crea y se recrea una y otra vez sin hastiarnos, permitiendo tantas veces la magia de encontrar en ellos algo que al comenzar a leer no se buscaba o sobre lo que nos va a informar, y hasta segundos antes de captar nuestra atención, no existía ni estaba a nuestro alcance detectar. Un contexto cultural modela a las personas, cultiva una idea de mejora, aunque no las aleja de la imbecilidad, porque lamentablemente cuando un imbécil lee, sigue siendo un imbécil, pero mejor documentado.

Un 23 de abril fallecían Cervantes, Shakespeare e Inca Garcilaso de la Vega, de ahí que fuera escogido para rendir homenaje al libro y a sus autores. Casualmente esa jornada coincide con la celebración de Sant Jordi, festejo simultaneo del patrón de Alemania, Grecia, Etiopía, Inglaterra, Georgia, Países bajos, Lituania, México, Portugal, Líbano, Eslovenia, Bulgaria, Aragón, Cáceres y Cataluña. En todos estos rincones del planeta, la tradición indica que el día 23 de abril se regale una rosa roja al terminar un pregón, un evento o una lectura, y que tanto los enamorados o las personas queridas se intercambien un libro y una rosa. Después los fanatismos de cada región considerarán que sus fiestas son exclusivas de sus lenguas o razas, llegándose a la curiosidad de que, por motivos políticos, se pueda hasta cambiar ridículamente el color de la rosa a ofrendar. Pero eso forma parte de la imbecilidad que nos caracteriza, repitiendo que cuando un imbécil lee está más preparado para su imbecilidad.

El ejercicio periódico de la lectura ejercita la capacidad de expresar una idea, de liberar la imaginación, de incentivar la capacidad intelectual, incorporar conocimientos, adquirir herramientas para más inspiración, relacionarte y aspirar a mayor libertad por poder desarrollar un propio criterio. A pesar de esta clasificación, no se debe nunca sacar conclusiones de una estadística, sobre todo cuando se clasifica como gran lector a aquel quien lee alrededor de cincuenta libros o más al año, y eso representa a poco más del uno por ciento de una población. La media ideológica no marca diferencias, lo que -perdón por la insistencia- permite afirmar que los imbéciles que se adueñan de la causa se parecen, aunque se paren en la derecha, izquierda o en sus radicalidades. Y si bien la lectura siempre estará vinculada con la renta, los grandes lectores no suelen ser hombres de fortuna, sino de una increíble fortuna de ser imaginativos para ser independientes del poder del dinero.  

El lector de todo el año no desea, tal vez, festejar un día en concreto. El gran escritor seguramente ve contrariado su afán de independencia intelectual al tener que caminar cada 23 de abril en alguna ciudad para firmar sus ejemplares. El libro supera la barrera de los idiomas, no hay lengua más culta que otra, eso son criterios obtusos de aquellas mentes pequeñas que necesitan gestas inventadas. Para ser un lector compulsivo no se necesita un atributo de pensador profesional, sino la capacidad de aprovechar la necesidad imperiosa de distracción que el cerebro humano precisa. Los buenos lectores hacemos una intensa práctica sensorial de hacer caso omiso a lo que suceda a nuestro alrededor, lo que nos convierte en una verdadera anomalía en la historia del desarrollo psicológico, ya que somos propensos a la distracción. De ahí que el festejo del día del autor y lector se nos pase por alto, porque algunos lectores siempre habrán de ponderar que, si quieres ser como muchos, lee poco -y cuando te lo manden-, pero si quieres ser como pocos, lee mucho pero no te creas nunca que por leer, te puedes salvar de ser un imbécil…