domingo, 21 de enero de 2018

Matar para matar el tiempo


“Toda la propaganda de guerra, todos los gritos y mentiras y odio, provienen invariablemente de gente que no está peleando”.
George Orwell

En varias oportunidades me detuve en un concepto que encierra la enorme confusión que adoptamos al juzgar un hecho del pasado histórico o de una sociedad contemporánea distinta a la que pertenecemos: el etnocentrismo. Definimos así a las sociedades que se consideran superiores a las demás, o juzgan e interpretan los hechos históricos desde la perspectiva del presente, sin valor las condiciones del momento en que se desarrollaron los hechos. Si nos detenemos en el etnocentrismo que erróneamente practicamos, nos daremos cuenta de que la historia se juzga de manera errónea de esta forma, ya que no tiene explicación desde la perspectiva de un presente. Pero si nos encomendamos a un ejercicio supremo de tolerancia y comprensión sobre las propias actitudes de nuestros antepasados, nos permitirá comprender que muchas de esas conductas eran acordes al momento y aceptando de esa forma la evolución, le asestamos un buen golpe a la xenofobia, discriminación y prejuicios que genera dicho etnocentrismo.


Crecí leyendo que la Guerra Civil Española fue la última de las contiendas románticas acaecidas en el siglo pasado. Dicha frase modificó en mi incipiente razonamiento de adolescente, el concepto que guardaba de una guerra. La cuantiosa literatura a la que accedí sobre el tema me permitió de a poco, comprender la contundencia de dicha afirmación. La tardanza en comprender se debió, en parte, al etnocentrismo de razonar la contienda con la única percepción de mi época, sin contar con los parámetros de aquel entonces. Solo con el paso del tiempo, y gracias a un cambio de percepción que me ha dado la filosófica lectura de los diferendos humanos, logré precisar que el concepto de romanticismo sobrevino porque en aquella guerra se enfrentaron dos ideologías diametralmente opuestas, antagónicas, donde la lucha por la libertad o el cambio de tradiciones podía otorgar liberación a las multitudes oprimidas. Luchar hasta el extremo de resignar la propia vida por el hecho de bregar por ideas que se creen justas y liberadoras, parece otorgar esa apasionada justificación a la barbarie. La Guerra Civil española no fue romántica, fue un campo de experimentación sobre varios motivos, uno de ellos, y trascendente, fue la indagación de un nuevo reporterismo como instrumento de propaganda política.

Robert Capa, Kati Horna, Gerda Taro, Walter Heuter, Luis Marín, Agustí Centelles y tantos otros, han “disparado” sus cámaras con la intención de graficar la realidad española, y en algunos casos, esos disparos no lograron graficar la realidad, sino idealizar momentos insufribles. Lo mismo sucedió con los reporteros, los casos de Pablo Neruda, Ernest Hemingway, André Malraux, George Steer, John Dos Passos, Jay Allen, Antoine de Saint-Exupéry o George Orwell reflejaron la romántica lucha por los ideales democráticos del pueblo contra el fascismo. En muchos casos, y quizás sin querer, estos testimonios escritos encerraron el caprichoso designio de torcer los acontecimientos reales en pos de una utopía. El relato de una vida no puede servir para comprender una época o un momento. Y la fuerza de los apellidos que cubrieron la guerra ha “permitido” generar conclusiones o lecciones de valor universal. De la literatura han surgido, desde entonces, y sobre la Guerra Civil española, alrededor de mil seiscientas novelas o ensayos en todo el mundo.

La Guerra Civil ha recibido distinto tratamiento conforme pasa el tiempo. No quiero decir que aquellos corresponsales han mentido sobre lo sucedido, solo que han dado un valor literario donde la emotividad o la necesidad de que se imponga la moral, decencia y justicia de la causa republicana y también los hubo entre el franquismo, lo que los llevó a no moderar parte de sus plumas o reportes. La de España también fue una guerra de escritores, donde nada fue inocente ni subjetivo, permitiéndonos conocer lo peor y lo mejor de los bandos, y comprender parte de las verdades vertidas en una matanza, como por ejemplo las reseñas desde Bilbao enviadas por George Steer, que permitieron conocer la verdad sobre las tres horas y cuarto que duró la masacre de Guernica, quedando reflejadas las dos versiones circulantes sobre el bombardeo y gracias a la inmediata publicación en el New York Times, derrotar la censura que el franquismo empoderaba enmascarando lo cruel e inmoral de sus decisiones movidas por la patria, ética, religión y buenas costumbres. El titular que denunciaba "Guernica, la población más antigua de los vascos y el centro de su tradición cultural, ha sido completamente arrasada" permitió al mundo conocer la horrenda realidad, gracias a que Steer se animó a trasladarse desde Bilbao a Guernica, para contrastar la verdad más certera a las verdades que circulaban en el proceso de manipulación propagandística.

George Orwell fue otro de los que experimentó en carne propia los horrores de la guerra, llegando a conservar su vida de manera casi milagrosa. Su voz peleó contra la indiferencia de Europa, que se resistía tal vez por temor a difundir las barbaridades que se permiten en beneficio de cualquier causa. “La historia se detuvo en 1936” fue una de las frases que inmortalizó a Orwell, harto de la indiferencia de un continente que por más que ignorara lo que sucedía con las diversas purgas o arbitrariedades en España no podrían desatender la crueldad que avecinaba una nueva guerra mundial.

Que “La historia se detuvo en 1936” no impidió a Orwell continuar siendo de izquierdas y de conciencia social, pero el desencanto de la manipulación y cobardía general le llevó a modificar el prisma, liberándose de la convicción de su ideología para poder relatar la sombría muerte de la realidad de ambos bandos. La manipulación no era exclusividad del franquismo, la verdad siempre es sepultada aún en las democracias de prensa libre y supuestamente autónoma.  “La historia se detuvo en 1936. Antes ya había notado que ningún suceso es correctamente relatado en la prensa, pero en España, por primera vez, vi periódicos cuyos reportajes no tenían ninguna relación con los hechos, ni siquiera la mínima relación que se sobreentiende en una mentira ordinaria. Vi narradas grandes batallas donde no había existido combate alguno, vi completo silencio allí donde cientos de hombres habían muerto. Vi soldados que habían luchado valientemente ser denunciados por cobardes y traidores, y a otros que nunca habían visto pegar un tiro ser ensalzados como los héroes de victorias imaginarias; vi periódicos en Londres que vendían estas mentiras y vi a ávidos intelectuales construyendo superestructuras emocionales sobre eventos que nunca habían tenido lugar. Vi, de hecho, la historia escrita no en términos de lo que sucedió sino de lo que debería haber sucedido de acuerdo con diversas «políticas de partido»”, le escribe desencantado a un amigo. Y lo escribe con decepción porque sobrevive para poder observar que mitad de Europa es fascista, y la otra mitad, indiferente, inoperante y cobarde.

La Europa que ignoró la crueldad nada romántica de la Guerra Civil española, estaba envuelta en confusión, demagogia, manipulación y propagandismo. Para Orwell no había de donde aferrarse, ni a la derecha ni a la izquierda. Los ideales, tan claros en el papel y en las sanguíneas consignas, se igualaban en una puja por decretar de una bandería o de otra, a un sinfín de personalidades o ideologías que no pertenecían a ninguno de los dos bandos, lo que generó sub grupos y crueldad extrema entre las mismas facciones. Franco, Stalin, Hitler y Mussolini que fueron tolerados y defendidos hasta el extremo por aquellos idealistas democráticos, eran igual de animales que aquellos corderos que no quisieron reaccionar y mezclar consigna romántica con concordancia en acciones. La lucha contra la verdad no es propietaria de esta generación blanda a la que pertenecemos, de activistas de redes sociales o de arengadores de bajo mínimo en que nos hemos convertido. La mentira que desarrolla una esencia universal fue contada por Orwell, con las limitaciones que le generaba formar parte de una misma raza siempre confusa, en sus novelas “1984”, “Homenaje a Cataluña” y “Rebelión en la granja”. El problema es que muchos las hemos leído, pero no hemos querido aprender las lecciones y hoy escuchamos azorados proclamar por el fin del amor romántico, empoderando un enfrentamiento absurdo sobre algo que deberíamos saber que solo dura lo que dura y lo que siempre perdura, aunque las maquillemos o no las queramos ver, son las cicatrices…