domingo, 12 de noviembre de 2017

No quiero empezar a pensar

“En los extremos del hado no hay hombre tan desdichado que no tenga un envidioso, ni hay hombre tan virtuoso que no tenga un envidiado”
Pedro Calderón de la Barca

El arcón de vivencias de las personas está tantas veces completo por fenómenos psicológicos que condicionan el peso de dicho cofre. Hay gente que lleva mochilas ligeras, pero existen personas que no pueden con su espalda ante tamaño peso encima. El sobrepeso emocional lleva al sufrimiento de las personas.  Tal vez uno de los pesares que más aflijan es sufrir la desdicha propia, la carga se hace dura y pesada, aún a riesgo de perder el propio equilibrio emocional. Pero este pesar no procede de una pasión innoble, el ser humano puede albergar peores padecimientos, muchos de ellos viles, como es el caso de la envidia.


Cada día se nota más que decidimos formar parte de sociedades que envidian el éxito, pero no el talento ajeno. Es que no hay que darle vueltas, la envidia duele, y a veces, demasiado. Y no es una frase de Perogrullo, existen estudios científicos que determinan las partes del cerebro que se activan cuando una persona se siente mal por el éxito de otra. Tal vez la ciencia logre diferenciar entre sentimientos tan parecidos como el dolor y la envidia, ya que el bienestar no viene genéticamente predeterminado, y disponemos de sentimientos que forman parte de nuestra evolución, tal los casos de la inseguridad, miedo, frustración, inseguridad, culpa, vergüenza y envidia. Con tantos sentimientos en vilo, el bienestar se busca, se entrena, se ejercita. Y si hay envidia, sobrevuela la insatisfacción. Y la evolución se estanca, más en estos tiempos donde creemos que transitamos la era de la felicidad.

En los tiempos de la post verdad -prometo que escribiré sobre ella, sé que lo he anunciado más de una vez-, confundimos exigencia o ambiciones con envidia, vanidad o calumnia. Tal vez hemos perdido el significado de la palabra exigencia y hemos confundido la importancia de tener ambiciones, lo que nos ha llevado a acumular desdicha tras observar el éxito ajeno. Y esto, en resumidas cuentas, es la definición que la RAE asigna a la envidia. Y como nos hemos inoculado el virus de la post verdad, llamamos toxicas a las personas que no disimulan la envidia ante cualquier circunstancia. El tóxico de hoy suelen proyectar sus carencias en los demás, creyendo que, de esta manera, habrá de superar sus miserias. El tóxico de hoy, fue la mala persona de siempre, lo que sucede es que además de transitar la era de la felicidad y de la post verdad, también atravesamos la aburrida fase de dar definiciones sofisticadas a lo que antes era común, y muy corriente. Es decir, que a todos le atribuimos un concepto contundente, en un momento puntual donde sospechamos -aunque ya sean pocos los que sospechen algo tan confirmado-que cada día solemos hablar un poco menos y bastante peor. Fenómenos estos de evoluciones estancadas en sociedades cada vez más competitivas.

El envidioso dispone de innumerables oportunidades de expresión: crítica, murmuración, rivalidad, difamación, humor peyorativo, desdén, rechazo, venganza. Todas estas “cualidades”, no deberían existir en esta dorada “era de la felicidad” que transitamos, pero están presentes con un fervor inusitado, por ejemplo, en nuestro entorno, en nuestro mundo real o en nuestras redes sociales. Es que una actualizada red social puede albergar a un buen narcisista, que resulta ser el compañero esencial del envidioso. Debemos destacar, no nos queda otra, ya hemos visto las fotos de nuestros adorados contactos pletóricos de felicidad y plenitud. Necesitamos obtener valoración de cualquier circunstancia, pero vaya paradoja, no urge la valoración por el crecimiento interior, será que nunca sale reflejado en la foto de contacto.

Es normal que la vida centre sus focos en nuestras carencias. Es una manera de señalar que debemos intentar salir de una zona de confort que nos permita enfrentar los miedos sin sentir el agobio ante la incomodidad del sufrimiento. Debemos asumir esa confrontación, todo tiene su razón de ser. Si algo no funciona, lo más factible es que se manifieste a través de un momento de abatimiento o de sentimientos negativos. Y el remedio es tan casero, como el que siempre tenía a mano nuestra madre o abuela. El problema es que lo abandonamos, los antidepresivos parecen ser fórmulas más exitosas para enmascarar las falencias. El remedio casero para superar la incomodidad que nos depara nuestro sufrimiento existencial no pasa por otra cosa que por más educación y aprendizaje para retomar la evolución. El valor no puede estar en la comparación -esa es la trampa que nos ha propuesto el sistema-, el valor está en el propio yo. Si logro volcar la energía que aún conservo en evolucionar, no la malgastaría desprestigiando al otro, que solo peca de aceptar vivir en esta sociedad de ansiedades cortas y exposición alta.

“La conformidad es el proceso por medio del cual los miembros de un grupo social cambian sus pensamientos, decisiones y comportamientos para encajar con la opinión de la mayoría”, escribió Salomón Asch, pionero en trabajos de Psicología Social, que le ha permitido concluir que los seres humanos somos libres para decidir nuestro propio camino en la vida. Si bien ese concepto está muy discutido en este siglo convulso, Asch destacó por “El síndrome de Salomón”, del que ya he escrito en el año 2015 (entren por aquí al link). Dicho complejo se basaba principalmente en la desazón que genera un complejo de falta de autoestima y confianza, que obliga a adoptar comportamientos para no destacar, porque la presión de la sociedad tantas veces se convierte en un obstáculo insalvable.


La mediocridad es la madre de la conformidad y suele devastarnos que triunfen los peores. La mediocridad impera con tendencias repetitivas e imitativas que ponen de manifiesto la oscura condición humana, que nos ha llevado a descuidar nuestro interior en aras de satisfacer la efímera imagen de lo externo, lo que nos hace superficiales y terrenales. Y también intolerantes, de ahí que el Síndrome de Salomón ya no contemple una baja autoestima o necesidad de coincidir con lo general. Vivimos una era -¿cuántas mencioné hoy?- donde la mayoría aspira sin disimulo a que no se la contraríe, porque si no, nos han de gritar en la cara hasta niveles ofensivos, en vez de debatir argumentos. Esa era podía ser catalogada de infantilización asistida.


“Es nuestra luz y no nuestra oscuridad, lo que nos atemoriza”, reflexionaba Nelson Mandela. Será por eso que esa continua y constante falta de interés e inquietud que nuestras sociedades hoy generan, nos están haciendo proclives a las persistentes mismas actividades que de tan patológicas, nos hacen infelices, oscuros y vacíos, al tiempo que inoperantes inhibidores de creatividad y excelencia. Será por eso que preferimos la oscuridad al aceptar avanzar en masa, arrastrados por las noticias o por las especulaciones sin privilegiar el uso de la luz que definía Mandela, la luz de nuestro propio razonamiento a pesar de que enoje al más próximo. Será la determinación lo que nos permita, finalmente, intentar querer conocer el camino de la tan necesaria superación, porque el que madura no necesita envidiar ni imitar a nadie.