miércoles, 5 de julio de 2017

No me vengas con cuentos, no lo puedo soportar

“Un chisme es como una avispa; si no puedes matarla al primer golpe, mejor no te metas con ella”. 
George Bernard Shaw

El chisme ya no parece exclusivamente una cuestión “hablada”. La masiva utilización de redes sociales y tecnología, permite viralizar en segundos, aquel cotilleo que a la vecina o vecino le llevaba una eternidad trascender desde el camino de su casa al mercado o a la oficina. Sigue siendo una actividad narrativa, y su finalidad en estos tiempos parece más execrada que en otras épocas, donde el aburrimiento y la eterna curiosidad eran una usina de rumores vecinales y en estas fechas parece la profesionalización de una patraña, ya que el rumor parece haber sustituido sin rubor a la noticia, la verdad, los hechos y cualquier otra forma veraz de comunicación grupal.


La psicología evolutiva propuso que el lenguaje se desarrolló a través de una permanente y sentida relación de palique y parloteo que fueron siempre el nicho fundacional del chisme, que se podía dividir entre procesos inofensivos positivos o negativos. La capacidad del lenguaje demanda demasiada energía, ocupando entre el 10 y el 40% del volumen cerebral en el caso de los monos, y de alrededor de un 80% en los humanos. Esto permitió suponer que el habla fue una ventaja de supervivencia, donde el intercambio de información permitía enfrentar fuentes de peligro. El Doctor Robin Dunbar compara esta actividad, con la labor de cuidado y contacto (grooming) en los monos. Sostenía que ambas actividades, el despioje en los monos y el rumor o chisme en los humanos, disparaba endorfinas relajantes para el cerebro generando un bienestar físico y mental. Entre los monos, una comunidad de aseo oscila entre los 50 y 70 individuos, por lo que una sesión de limpieza requiere de su tiempo. En el caso de los humanos, no se necesita de comunidades numerosas, un buen chisme o rumor puede divertir o entretener y genera un desarrollo de enlaces entre personas. Esta teoría fue considerada controversial porque limitaba al chisme a una determinante biologicista sin contar con otras variables morales, psicológicas sobre la conducta. Restaba analizar en esta teoría los efectos del chisme malo o negativo. Pero la teoría de Dunbar es interesante, ya que el hombre utiliza la palabra en enorme proporción para el uso del habla con fines sociales y de este modo, la capacidad de conservación y propagación de un chisme se antoja muy elevada.

Ralph Rosnow mencionó en sus estudios (2005) que el chisme cumple funciones sociales como psicológicas que entablan relaciones sociales que sustentan la fuerza de creación de códigos morales de grupos, y los organiza por escalas, de manera que aquellas personalidades más importantes generarán más chismes y la confusión que genera si un chisme es producto o no de contrastada información, generará escalas de importancia que lo elevarán a la escala de populares, rasgo necesario y tan aplicado en nuestras sociedades. Para colocar un buen chisme, contrastado o no, se necesita, además de pies de plomo, una considerable dosis de experiencia.

Pero los tiempos donde el humano trasladaba un chisme o comentario donde se podía encontrar el alimento, en aquella edad de piedra, ha cambiado sustancialmente. Hoy la gente crea rumores cuando no está para nada segura de lo que va a contar tenga visos de realidad, pero necesita rellenar los vacíos notorios de la información. Es ahí donde surge el chisme o cotilleo negativo, aquel que aquella escala de popularidad propaga y genera un daño o desprestigio que luego es durísimo enfrentar y remontar. El cotilla no siempre lo hace por maldad manifiesta, tantas veces infunda un rumor por esa terrible necesidad de formar parte de una red social, moverse en círculos de privilegios y pertenecer al grupo correcto.

Hoy en día estamos atrapados en el chisme. Y si me apuran, en la extorsión del chisme. Se ha “convertido” en profesión muy bien rentada, y aquel masivo y popular conductor no solo adorna cada chisme o cotilleo, sino que lo utiliza para extorsionar a su enemigo. Los chismes se convierten en dañinos ya que buscan destruir reputaciones. La vulgaridad a la que nos hemos acostumbrado a vivir al menos tiene una recompensa, ya que no hay demasiadas reputaciones por destruir, salvo efímeros momentos de fama. Pero lo que preocupa es el manejo de la información nociva disfrazada de chisme, la gente está viviendo un fenómeno increíble de no tener tiempo ni querer contrastar cualquier tipo de información, por lo que lo expresado por estos personajes populares (televisivos, periodistas o políticos) se convierten en verdad absoluta que baja rauda a las distintas capas sociales, donde aquella función social antes mencionada se ve reemplazada por el morbo o placer de denostar o difamar a alguien. Hay países que se acostumbraron en estas últimas décadas a vivir sumidos en la decadencia moral y ética, para ellos el chisme es el equivalente a la información científica o discutible de otroras ámbitos literarios o de debate.

Investigaciones realizadas demostraron que los tópicos sociales relacionados con las personas presentes o con terceras personas (ausentes) constituyen dos terceras partes del tiempo de conversación tanto en hombres como en mujeres y solo un 5% es información maliciosa. El proceso es notable porque ese 5% con el correr del rumor, va subiendo su escala maliciosa buscando generar daño o engaño. El chismoso gana terreno, asciende rápido, pero debería quedar aislado casi de forma inmediata. ¿Sucede esto? Una manera de observar es la cantidad de chismes que se propagan por las redes sociales, si bien la fuente no suele ser destacable, la capacidad de ser levantada la noticia por diversos medios es superlativa. Y encierra otra capacidad del chisme malicioso, nos adherimos al chisme o falso comentario afín a nuestros sentimientos, y descreemos de inmediato sobre aquel que nos moviliza algún tipo de interés o militancia.

El chisme “on line” tiene efectos incontrolables, las noticias ya no se dan en persona. La esencia del chisme se evaluaba como una conversación evaluativa entre personas que tienen familiaridad entre sí. Hoy se puede practicar -y lucrar de un chisme- a través del teléfono, twitter, Facebook, foros o blogs, conectándose viralmente entre desconocidos. Las importancias de las redes sociales son tan intensas en nuestros días, pero no deja de sorprendernos de una carencia hasta ahora no resuelta: la normativa. Un chisme maligno suele ser una calumnia, y hoy estamos clandestinamente abonados a la propagación del video o rumor con un solo click o enviar, sin medir consecuencias o meditar el necesario intercambio de esa información. Si el rumor transmite algún tipo de mentira que si bien tenga algo de verdad -hoy descaradamente todo lo que vemos a nuestro alrededor puede ser posible- sigue siendo una información falsa. Pero no nos importa.

Resta saber cómo afecta al ciudadano del siglo XXI. Por un lado, parece feliz en la propagación inmediata del video o noticia, remarcando una faceta que hoy se destaca aún más: la malicia por hacerlo. El déficit de información veraz que nos sitia genera efecto inmediato en la presión e influencia positivista, ya que arrasa e inunda nuestras emociones. Las sociedades están divididas en posturas a veces irreconciliables. En esos contextos el rumor oficia como verdad absoluta y da pie a reacciones intempestivas o maneras agresivas. El chisme estuvo presente en todas las etapas de la humanidad, pero nunca como hoy ha producido tanta vulnerabilidad y acoso psicológico, siendo llamativo que ambas partes se sienten afectadas por sus propias distorsiones.


 El motivo por el cual el chisme hoy tenga tanto efecto, ha de ser la profunda ignorancia en la que estamos enfrascados. Fue práctica habitual desenmascarar un chisme con información y comunicación y eso no sucede en casi ningún ámbito, destacando la familia, trabajo, relaciones sociales o medios de comunicación masiva. De ahí que todo el tiempo nos profeticen que estamos manipulados al tiempo que se propaga un nuevo rumor o chisme. Las plataformas políticas parecen ser sólo rumores, la independencia de la justicia un mal chisme, la corrupción es una murmuración que no cesa, pero no se soluciona. Úrsula Iguarán, a través de la voz de Gabriel García Márquez, anunció en “Cien años de soledad” que su claudicación “llegó a ser tan sincera en el engaño que ella misma acabó consolándose con sus propias mentiras”. Quizás el buen uso de la conciencia nos alivie de esta degradación en la que estamos inmersos. Y les juro que esto que les cuento no tiene nada de rumor…