domingo, 25 de junio de 2017

Si lucharas por un mundo mejor

“Quien con monstruos lucha cuide de convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti”.
Friedrich Nietzsche

La primera impresión que nos trasmite el lienzo es un gran número de personas moviéndose de manera violenta en un mínimo espacio. Con un cuidado cromatismo, contrastan los cuerpos gruesos, carnosos y sensuales con los que Pedro Pablo Rubens siempre caracterizó a la mujer. “Los desastres de la guerra”, pintado hacia 1637, parece ser una alegoría sobre los horrores que desata una guerra y simboliza la lucha interior entre fuerzas opuestas, sean de índole biológicas o morales. No es un cuadro de contenido religioso, sino que representó a través de la carnalidad el intentar detener a Marte, Dios de la guerra, del drama que representa la lucha, destrucción y posterior convivencia con el horror que se genera cuando entre iguales guerrean y solo vence la pestilencia y la hambruna. La carnalidad no ha logrado vencer, y la carnalidad suele convertirse en el despojo invisible con que los guerreros rematan su asquerosa faena.


El filosofar sobre una guerra está limitada por una serie de tabúes. La negra noche que desencadena una contienda en las almas, parece ser suficiente recado moral a tratar. La Academia sueca al justificar la entrega del Premio Nobel de Literatura a Patrick Modiano -recomiendo “La ronda de noche”-, en 2014, resumió “que por su arte de la memoria con el que ha evocado los destinos humanos más difíciles de retratar y desvelado el misterio de la ocupación”, y como se manejaron o pudieron manejarse ante ella, los franceses, resistiendo o abrazando el nazismo. La historia una vez finalizada, suele tratar de retratar lo heroico, quizás con el desesperante cometido de olvidar de un solo trazo la aberración y la cobardía. Seguramente el regresar a la paz permita creer que se ha de superar la desgracia. Pero los tabúes estarán presentes, mientras perduren los sobrevivientes. Y si uno se pregunta generalmente como pueden suceder estas barbaries, la pregunta adquiere un tinte repugnante hacia la especie, cuando sale a la luz el tabú de las violaciones masivas que deja a su paso la liberación o el fin de una contienda.

Se lo puede catalogar como una de las venganzas más perversas que desata la guerra. Pero la venganza no es solo entre contendientes, la especie necesita ampliar su espectro, debe maltratar a las inocentes víctimas -la enorme mayoría-, cuyo principal pecado es el no haber querido participar en lo que algunos denominan refriega. La profesora alemana Miriam Gebhardt consideró ambivalente el papel de los aliados que liberaron Europa del dominio nazi, en la Segunda Guerra Mundial. “Liberaron Alemania, pero también cometieron crímenes al hacerlo”. Uno de esos disparates ha sido y siguen siendo las violaciones y abusos sexuales, y con la enorme posibilidad de escribir una burrada, puedo hasta considerar que formen parte de una deliberada estrategia militar.

Los rusos al llegar hasta las puertas mismas de Berlín se sintieron con pleno derecho de saciar su sed carnal tras las cruentas batallas sostenidas con el ejército nazi. Se estima que dos millones de mujeres alemanas fueron violadas, agredidas o asesinadas por el ejército soviético durante su avance por Alemania. El escritor británico Antony Beevor publicó en 2002, La caída de Berlín, libro que según su autor refleja “una tormenta de venganzas que te deja consternado”. Beevor, sin justificar lo injustificable, relata la historia desde los comienzos, la ocupación nazi a territorios rusos. Los alemanes abrieron una brecha destructiva a su paso, fisura que el propio Hitler explicó como “una guerra sin normas” y denominó como “Operación Barbarrosa” a la intención de aniquilar a los comunistas rusos sin posibilidad alguna de camaradería entre combatientes. En ese avance, los alemanes hicieron desaparecer más de siete mil aldeas rusas: los hombres fueron asesinados, y las mujeres violadas o enviadas a campos de concentración. El germen machista de revancha en excesos, enorme tabú que desata los finales de una guerra, permitió a los soviéticos “pagar con la misma moneda sin importar las proporciones”.

A través de la vida diaria podemos naufragar por nuestras atrocidades. Por medio del arte, podemos analizar -con sufrimiento, pero con convicción- que los ideales se resquebrajan todo el tiempo, a cada rato, en cualquier siglo, en cualquier relato. La propia Miriam Gebhardt publicó en 2015 “Cuando llegaron los soldados”, donde el paso del tiempo -setenta años- permite encarar una realidad indiscutible y hasta ahora silenciada: los alemanes también fueron víctimas de una guerra absurda propiciada por su canciller imperial. Gebhardt sostiene “no solo violaron a las mujeres alemanas los soldados del ejército rojo tras el final de la guerra. También violaron los soldados americanos, ingleses y franceses”. Los soldados americanos fueron recibidos como liberadores y la propaganda política definió un ideario del amigo americano. Pero según Ghebhardt, de los supuestos 860.000 casos de violaciones en Berlín, puede considerarse que 180.000 de ellos han sido perpetrados por soldados estadounidenses. Pero quizás siempre hay que callar para no abrir la llaga inmoral que también porta la esencia humana aliada y a su vez, no perder de vista el principal ejercicio memorístico que debía perdurar tras la guerra: la locura nazi desatada en toda Europa. Los ideales se resquebrajan, ya lo he mencionado, lo único es que algunas mentes se obligan a replantearlos cuando la realidad de la vida no te da la razón. Pero lamentablemente, hablamos de pocas mentes, pero podemos sumar a la húngara Alaine Polcz, autora de “Una mujer en el frente” o la anónima “Una mujer en Berlin”.

Anne Fontaine, por su parte y a través de la pantalla grande, intentó expresar con pulcritud en lo visual, moral y emocional, esas situaciones de abuso y humillación que los vencedores de las contiendas protagonizan en cada momento de la historia. Ella situó en 1945 la película franco polaca “Las inocentes”, inspirándose en un hecho real acontecido en la Polonia liberada. Una serie de monjas de un convento católico cercano a Varsovia, han sido violadas en reiteradas ocasiones -algunas hasta más de cuarenta veces -por integrantes del ejército ruso de liberación y muchas de ellas quedaron embarazadas. La temática de por sí ya es desgarradora, pero la directora nos presenta nuevos matices que percuten aún más: las monjas continúan con sus rezos diarios, a un Dios que más de una no se anima a pronunciar en voz alta, que ya no le creen o al menos no saben dónde puede estar para devolverles la fe que las sostenga en su misión. Porque quizás lo que convierte en esencial a este film es la necesidad de la creencia. Y una forma de seguir creyendo es escondiendo lo sucedido, aún con riesgo de muerte de la monja preñada o con el abandono del hijo bastardo que ha de nacer.

Fontaine ha declarado más de una vez ser una mujer de educación católica que no tiene fe. Por eso en una misma película enfrentó las certidumbres religiosas de los humildes que creen, con las prédicas religiosas institucionales que obligan a una contracción de mantener en silencio gran parte de las atrocidades sufridas, como muestra sublime de las pruebas que nos depara la vida y nos pone el Señor, para superar con fe reparadora, y mezcla también las convicciones políticas -que defienden ideologías absurdas- que permiten suponer que una ideología es más pura o mejor intencionada que otra. ¿Qué se debe hacer con un alegato de esta magnitud? Principalmente verlo, luego determinar si somos portadores de algunas de esas creencias que nos permitan contradecir, juzgar, negar o criticar. El fanatismo atroz persiste, estas situaciones siguen sucediendo, se siguen ocultando, se sigue diferenciando el alcance de un derecho humano, se sigue manipulando violentamente el resquebrajar de las convicciones. Yo he decidido verla, he sufrido, no me he hecho muchas preguntas, no he cuestionado intenciones o ideologías. Quizás no sea necesario porque predominó en mí suponer que eso que existió en ese convento polaco existe todo el tiempo y nuestro alrededor solo piensa en adoctrinarnos en lo que le reditué. Es verdad que un film también produce un rédito, pero creo que el provecho del arte siempre estará más abierto a considerar que la palabra convicción o ideal tiene un precio alto que debemos pagar a diario para formar parte de esta pantomima.

La creencia y la lógica, la fe y la pasión, lo moral que se dice y lo inmoral que siempre se oculta, encierra en esta película a una serie de personajes de creencias y nacionalidades diferentes que permiten suponer que aún lo más macabro se puede encarar con un esperanzador agnosticismo, ya sea religioso, médico, político o de la propia naturaleza solidaria. Esta película nos habla de la violación física y espiritual, de la vergüenza del humillado y la vergüenza que no suele tener el que mancilla. La historia se inspira en los cuadernos de una doctora de la Cruz Roja y miembro de la resistencia, Madelaine Pauliac, por eso es temporal. Podría representar a esas veintisiete mil mujeres violadas en Siria el año pasado -según registros de la ONU – o a las cincuenta mil violadas por los japoneses mientras invadían Nanking en 1938, o aquellas docenas de mujeres de cualquier rincón de la ex Yugoslavia que exigen comisiones investigadoras de crímenes de guerra contra las mujeres. Podría ser el primer paso hacia una necesaria reflexión sobre las estructuras del poder, la influencia que incitan en nosotros a través de ideologías, convicciones o ideales y la brutalidad sintetizada en una permanente violencia, tanto física, espiritual o doctrinaria.


Las obras de Rubens encierran siempre un aura de teatralización con una variación de tintes que presagian la permanente tormenta. En el Palacio Pitti, en Florencia, podemos observar “Los desastres de la guerra”, pintura barroca por excelencia que nos muestra como Venus no puede detener las ansias guerreras de Marte. Mientras tanto, en la National Gallery, de Londres, a través de “La alegoría de la paz” -del mismo autor-, podemos observar como Minerva, la diosa de la Paz hace retroceder a Marte, el dios de la Guerra. En ambos lienzos, los especialistas expresan la fuerza y elocuencia con que el pintor flamenco realza el valor y la belleza de la vida. En todo caso, este pintor considerado como diplomático o pacifista -gran parte de su vida activa la dedicó a servir la causa de la comprensión internacional -nos permite descubrir que casi cuatrocientos años nos separan de los diversos períodos culturales transitados, pero nos acercan a las mismas barbaridades sin resolver y que solo el arte, cada tanto insiste en arrojar una mirada cruda y comprometida…