lunes, 19 de junio de 2017

Mi parte insegura

“No existe nada bueno ni malo; es el pensamiento humano el que lo hace aparecer así”.
William Shakespeare

En algunos temas, la modernidad y soltura que transitan los jóvenes parece ser, pura apariencia. A pesar de estar rodeados de todo tipo de información, y disponer con un solo clic de contacto en el navegador de la búsqueda deseada, prima el desconocimiento porque hay asuntos que siguen siendo tabú, hoy y trescientos años atrás. Sólo a través de wasap circulan infinidad de videos con contenido sexual, que caen en manos de adolescentes y niños que, a pesar de observarlos un sinfín de oportunidades y hacerlos circular entre sus íntimos entre comentarios y risas, en el fondo siguen desconociendo la practica original que da vida a todo nuestro engranaje.


Las últimas generaciones han superado, en parte, el denostado concepto de “sexo sin amor”. Desde la aparición del cristianismo, hemos sido atrapados por el concepto de pareja heterosexual y matrimonio como avales de llevar a cabo un acto sexual, con la enorme responsabilidad de encarar una actividad donde el goce o placer no estuvieran contemplados más que en la secreta intimidad, y el único resultado posible de un acto sexual fuera una función meramente reproductiva. La convivencia con el concepto “pecado” ha refrenado a millares de almas, y a otras, les ha impulsado a desarrollar actividades clandestinas y “promiscuas”, por lo que el secretismo siempre estuvo presente en todo lo referido a la palabra sexo. Y de este modo, se han conocido perversiones y actos infames que nos obligarían a pensar si el ser humano es lo bueno y lo malo, en determinadas circunstancias.

Pero el desarrollo actual de ese “sexo sin amor” ha abierto otros frentes que invitan a suponer que, a pesar de liberarse de las oscuras consignas religiosas o familiares, el posible libertinaje tantas veces demostrado por parte de las sociedades modernas, hacen suponer que el término medio no ha sido hallado, y se lo debería buscar con insistencia. El miedo sigue siendo un arma determinante a la hora de encarar una sana y confiable actividad sexual. Quizás el temor actúe como necesario freno a la indulgencia o desinhibición que no contempla consecuencias. Pero es indudable que -y tener en cuenta que en cuestión de sexo es sólo opiniones o ideas personales y no generales- que muchas generaciones se han desarrollado de manera limitada, quedando su evolución estancada por la falta de información, por el desconocimiento y por los peligrosos formalismos sociales, que tanto se trasgreden.

Educación sexual es un concepto solo vinculado con el proceso de desarrollo de un adolescente, pero debería ser indispensable también para los adultos. Alguien ha dicho que existen tantas sexualidades como personas, por lo que la sexualidad se ha de vivir de diversas maneras. Resulta difícil aceptar otras tendencias o incorporar nuevas vivencias, hasta resulta complicado sentarse a escribir sobre esto, sin que se encuadre dentro de lo pornográfico o demasiado íntimo, por lo tanto, libertino como el Marqués de Sade. Somos seres sexuados, con la peligrosa realidad que la activación del sexo pasa, tantas veces, por el cerebro, y tantas otras, por la simple pulsión genital. Sin conocimientos y sin soltura, ambas posibilidades pueden dar forma a peligros y preocupaciones, y en sociedades fragmentadas, estamos viendo el cotidiano desarrollo de todo tipo de perversiones, humillaciones o actos delictivos, que duelen y esperan una pronta reacción, para salir de la peor condición animal que a veces nos regula.

Masturbación, erotismo, sexo oral o anal, felación, anticonceptivos, clítoris, punto G, anorgasmia, vaginismo, limpieza genital o fantasías y juguetes sexuales, parecen términos que más que aclarar, nos ensombrecen. En cuestión de estos aprendizajes, internet, la publicidad, revistas o videos, como la implementación del “porno” y los delirios de grandeza de las amistades, se constituyen como guías o secretas maneras de consulta. La educación sexual se ha basado siempre en esquemas de textos, dibujos animados, o frutas y hortalizas para explicar, por ejemplo, el uso de preservativos, obviando supongo que, por incomodidad, las imágenes de un pene o vagina, tal como son. Hoy se comienzan a utilizar imágenes o formas reales, pero sigue dominando la falta de profundidad para tratar el tema sexual. Y por parte de los padres, los jóvenes continúan recibiendo una ambigua información que contradice la buena formación sexual, de un diálogo sereno y abierto.

Nos sigue gobernando el pudor, tanto para preguntar como para transmitir. Para romper un tabú, resulta esencial hablar del tabú. Trescientos millones de mujeres y niñas tienen mensualmente un período biológico denominado menstruación. A pesar de la cotidianeidad del proceso, este proceso continúa envuelto en un secretismo o superchería que alarma por los estigmas que genera. El avance comparado con un siglo o cinco décadas atrás es evidente, para muchos no es considerado de mal gusto hablar públicamente de esos días, pero aún existe una parte importante de la población que no encuentra el momento como oportuno o moral para hablar de ciertas cosas. Hay niñas que no saben aún parte importante de ese ciclo mensual, lo mismo les sucede a los hombres con relación a ese tema con sus parejas o amistades femeninas, lo que mueve tantas veces a que tal desconocimiento genere graves repercusiones en sus destinos.

Como todo lo vinculado al sexo continúa siendo tabú, las nuevas generaciones aprenden del error o sobre ideas erróneas. Y en un contexto cada vez más hipersexualizado, no resulta difícil hacerse una idea equivocada de nuestros sexos y sus prácticas. La educación sexual no se debe limitar a informar del acto sexual, está pendiente abordar los temas salud, prevención, higiene, ética, relaciones igualitarias, respeto, etc. Los adultos podemos aportar nuestra experiencia, porque aun no sabiendo todo -por no decir, que sabemos bien poco-, al reconocer el desconocimiento aportamos presencia, cercanía, tranquilidad al que íntimamente desconoce casi la totalidad del tema. A pesar de suponer que los jóvenes se alejan a causa de su curiosidad sexual, estos adolescentes necesitan de sus allegados la referencia para moldear su forma adulta.


 Es verdad que resulta difícil para los adultos adaptarse a los tiempos modernos de la sexualidad. Aún pendientes de alcanzar su propia madurez informativa, se deben topar con los cuestionamientos juveniles, que incorporan términos tan extraños como pansexual, demisexual, asexual, intersexual o binario. Estos conceptos generan brechas entre las generaciones, por lo que la actitud parece ser el único elemento clarificador. Mi abuelo no conocía lo que pensaba mi padre, este no conocía de lo que yo hablaba y yo hoy, desconozco el alcance de los nuevos términos de los jóvenes. Igualmente supongo que de la permanente comunicación sincera y sin prejuicios, surge la posibilidad de no dejarlos tan solos, como muchos de nosotros nos hemos sentido, fundamentalmente al comprobar que los que figuraba en los libros de biología hace treinta años, no nos preparaba para explorarnos internamente y a nuestro alrededor sin tanto miedo, oscurantismo y supercherías.