sábado, 15 de julio de 2017

Mis propios dioses ya no están, espejismos

“Las sociedades llamadas avanzadas consumen imágenes, no creencias; son, pues, más liberales, menos fanáticas, pero son también más falsas (menos auténticas), cosa que nosotros traducimos, en la consciencia corriente, por la confesión de un tedio nauseabundo, como si la imagen, al universalizarse, produjese un mundo sin diferencias (e indiferente)”.
Roland Barthes, filósofo, escritor, ensayista y semiólogo francés (1915-1980)

Tengo una foto recientemente enmarcada de mis tías en mi escritorio de trabajo. Están pegadas a otra que me sacaron con uno de mis jugadores favoritos de mi equipo de benjamines. Si giro a la derecha, observo la foto con mis padres en un paseo por Asturias y tengo un retrato grande en la repisa de los libros, con algunos de mis amigos el día de mi despedida inicial de Argentina. Y en blanco y negro, una foto excelente que sacó mi esposa de varios botes irregularmente colocados en la ría de Plentzia, merecen un marco de tamaño considerable. Es decir que, en las siguientes líneas, me embarcaré en la confusa tarea de escribir sobre la cantidad obtusa de fotos, gif o videos que sacamos, envíanos o circulamos y resulta que, en un punto, no escapo a la tendencia. Pero en mi descargo, creo que yo recopilo recuerdos, no modas. Me resguardo de mis vacíos con esas pocas fotos, no me vacío más acumulándolas en el móvil.


A los que se nos cruza le sacamos fotos. Es una realidad, los teléfonos inteligentes nos brindan esa opción boba. Buscamos que todo momento sea inolvidable, aún aquel que en definitiva es demasiado anodino como para embarcarse en un click, y muchos menos en un enfoque o encuadre. La idea es retratar un momento agradable, pero la pregunta definitiva es saber si a pesar del testimonio digital, logramos evitar que los recuerdos se evaporen. Afortunadamente, hay gente que aún se anima a investigarnos, y han llegado a la conclusión que sacamos fotos por demás, y que, en definitiva, esa abundancia nos limita la capacidad de recordar detalles de aquellos momentos fotografiados. Y si hilamos un poco fino, tantas veces ni recordamos las fotos que tenemos acumuladas en nuestra memoria, ya sea interna o externa, o en el disco duro de la PC.

La cámara pasó a ser un instrumento de memoria externa. ¿Eso qué significa? Que sacamos abundancia de fotos porque creemos que la cámara terminará siendo nuestra memoria, que recordará por nosotros. Pero de momento, parece que a pesar de quedar bien guardadas y a buen resguardo, no nos están ayudando a recordar viajes o momentos no tan lejanos en el tiempo. Persiste la sensación que en el repositorio de imágenes directas al olvido se depositan en las redes sociales. Luego del ansia del me gusta o el comentario halagüeño, pasan en cuestión de días al olvido, incluido el nuestro. Pero en breve volvemos a ver la nueva foto feliz de nuestro contacto o familiar en la red, con la fila de felicitaciones. Aquellos investigadores antes mencionados, ¿le han dado nombre a este fenómeno? Egotrip o el prolongado viaje al centro de nuestro universo.

Y todo lo que publican nuestros contactos es “fantástico”. De tan maravilloso, un porcentaje elevado obliga a no escribirles nada, porque sucedería lo inevitable: lo perderíamos como amigo o como contacto. Lo pasamos tan rápido como para evitar caer en un comentario falso o hiriente. Pero es verdad, que existe un porcentaje ínfimo pero constante que entretiene, ayuda a reflexionar, moviliza a la meditación o al contagio, o lisa y llanamente es creativo, los que son, son pocos. Generan un fenómeno extraño que nos lleva a pensar que habrá contagio en el resto. Entonces insistimos en mirar otro video o foto para ver si por fin, caerá alguno interesante. No damos crédito a la persistente aparición  de un viejo vicio, la diarrea informativa disfrazada de cadena informativa falsa o religiosa que nos define como analfabetos también digitales.

En el proceso de registrar todo fotográficamente nos estamos olvidando de disfrutar el presente, el exacto momento en donde estamos parados. Ya no vivimos lo que vivimos, lo fotografíanos para enseguida publicarlo. Y generar en el otro una terrible sensación de envidia por lo aparente logrado en su existencia. Las pedimos prestadas, las copiamos en nuestros discos, hacemos un robado. Pasan a formar parte de nuestras imágenes indispensables, cuando en realidad aquellos que investigan, precisan que las fotografías pasaron a ser la mejor manera que tenemos, hoy en día, de relacionarnos socialmente y lograr una aceptación. Nos dan una valoración o pueden percibir cual es nuestro sentimiento del momento. Estamos comunicando de diversas maneras, pero no estamos recordando.

Y genera la duda de si estamos comunicando un estado real o lo que esa foto en cuestión comunica. Filosóficamente, el interrogante querría decir si publicamos fotos con aura, o solo una foto más que creemos que retrata nuestra verdadera esencia. ¿Podemos leer lo que esa foto dice? Estamos en condiciones de distinguir que es una fotografía en verdad distinta. ¿Importa? ¿O el fenómeno cultural en auge solo necesita sobreabundancia de material fotográfico para esos doscientos cincuenta millones de instantáneas que necesitamos colgar a diario en Facebook o Instagram? La posibilidad latente de una respuesta al paso, puede precisar que las sociedades modernas solo necesitan una imagen a su semejanza.

Siempre fue así, desde que recordamos contamos con aquella foto icónica que consideramos que marcó una época o al menos marcó alguna época de nuestro desarrollo. James Dean, Marilyn Monroe, Che Guevara, Cristo o tantas otras que han perdurado en el túnel de todos los tiempos, devolviéndonos al instante la sensación verdadera de una remembranza, de un tiempo, de nuestra realidad en ese tiempo. Entonces no necesitábamos estar nosotros en la foto para rememorar o añorar un recuerdo. Y no es indispensable lo compulsivo de sacar fotos todo el día para conservar recuerdos. Porque aquellas fotos icónicas que marcaron una época fueron sacadas con una buena máquina o con una simple Kodak, como aquellas de nuestra niñez, que ya desangeladas o casi sin color, tantas veces nos movilizan a espasmos verdaderos de sentimiento o emoción. Tal vez, esta marea fotográfica logre el mismo efecto dentro de cincuenta años. Hoy solo parece una manera más de saciar nuestro esnobismo o ansiedad.

Esto último, lo del recuerdo de ver una foto antigua, Roland Barthes lo definió en su momento como punctum, que vendría a ser como un pinchazo que nos provoca el lazo afectivo con la imagen. La foto de mi tía ya muerta puede ser ese pinchazo o residuo permanente que ha de confirmar que nuestra esencia es de vínculos, y que la fotografía no es a veces solo un pasatiempo o un icono, sino que es una huella o emanación de lo que hemos querido y nos recuerda para que la seguimos queriendo al recordarla. De ahí, que sabiamente, Barthes pronunciara que el de la fotografía es “un arte cercano al teatro de la muerte por culpa de esa inmovilidad y rigidez en que se congelan las imágenes”.


En el disco externo tengo constancias fotográficas de mis quince últimos cumpleaños, todos en el País Vasco. Si me apuran, no recuerdo varios de ellos. Si me apuran más, guardo recuerdos mentales de otros cumpleaños míos de los que no existen testimonios fotográficos. La fotografía nos puede convertir en autómatas, nos puede inducir al hábito de una nueva visión. Si limitáramos la cantidad de fotos que hoy se publican, quizás estaríamos atentando contra una nueva forma de relacionarnos. El drive, la nube, el picassa, Instagram, o la compra de más discos externos donde seguir acumulando imágenes nos retiene en el dilema si seguir o no consumiendo tecnología y guardando imágenes que quizás no recordemos por décadas. Estas líneas surgieron al ver la foto de mi tía a la que extraño, en otras oportunidades escribí, escribí y escribí sobre fotografía, hoy solo dediqué una hora a divagar sobre “enfocar objetivos” sobre esta tendencia en aumento, de mostrar la felicidad o la denuncia a través de redes sociales, pero por suerte, retornamos gracias a nuestra memoria selectiva a las imágenes que verdaderamente han marcado la historia…