domingo, 11 de diciembre de 2016

No tires la toalla que hasta los más mancos la siguen remando

"Ningún hombre de temperamento científico afirma que lo que ahora es creído en ciencia sea exactamente verdad; afirma que es una etapa en el camino hacia la verdad..."
Bertrand Russell

En el ámbito científico, la actitud vital y determinante en la búsqueda de la verdad, es aquella que obliga a preguntarse algo y hacer el esfuerzo por responder la cuestión. Y la verdad científica nunca será absoluta, ya que el buen buscador sabe que la indagación no ha terminado, siempre quedará margen para reconsiderar o curiosidad para aclarar flecos vinculados. Una buena actitud científica estará determinada por la curiosidad, apoyada por atributos como disciplina, tenacidad y perseverancia.


Otra posibilidad que cabe es que luego de mucho bregar e investigar, todo el conocimiento, los enunciados o toda formulación sostenida puede estar equivocada o resulte ineficaz. El poseer capacidad de autocrítica y saber reformular ideas o conceptos permite aprovechar los errores y recomenzar o redirigir las búsquedas. Esa actitud recibe el nombre de sinceridad intelectual, donde un error no es frustración o fracaso, sino que representa un estímulo para continuar con los avances. Por el contrario, viene a destacar una virtud necesaria para cualquier desarrollo, la curiosidad insaciable.

Una forma más simple de explicar esta sinceridad intelectual es definirla como juego limpio o respeto a la libertad de respuesta. Estos principios se refieren a la actividad científica, pero podrían y deberían ser aplicados a casi toda disciplina. Pero la actividad política no puede adaptarse a ese principio. Pero no solo no puede el político, sino que tampoco el ciudadano. Será por eso que las discusiones políticas no llegan generalmente a buen término; será por eso que prima la intolerancia o el grito más fuerte que el oponente para plantear un debate. Será por eso que el ciudadano prefiere el simulacro a la pronta confesión de un error, y continuar trabajando para subsanarlo. Pero al ciudadano le va mucho mejor adaptarse al simulacro que a la honestidad intelectual, porque ha comprobado que con el simulacro siempre podrá culpar al político de turno de haber mentido sin asumir que el ciudadano necesita la mentira para consumir del presente sin interesarse de lo que hace consumiendo el futuro. Porque vamos, el ciudadano generalmente dice que todo lo que hace lo hace para dejarle un mejor futuro a sus hijos. Y así vamos, el descenso continua sin sostener la capacidad de objetivar.

Siguiendo con el campo de las ciencias, la capacidad de objetivar es simplemente, estudiar los hechos sin aferrarse a opiniones o ideas preconcebidas, con la posibilidad de abandonar cualquier posición que se haya determinada inadecuada o no satisfactoria. Podríamos definirlo como una conciencia intencional, donde la duda primordial es si el yo se muestra en su más absoluta pureza y desnudez. Tras los hechos y admitir que existen hechos, o sea poner sobre la mesa los objetos, sobreviene lo más complejo: ponerse a los objeto con un interesarse desinteresadamente. De esta manera, el desapego de las propias ideas habilitan al hombre a someterse a los hechos tal como estos son.

Claude Bernard (1813-1878) fue el iniciador de la fisiología y de la medicina experimental. Su tarea esencial fue establecer el método científico, comparando entre las consecuencias deducidas de una teoría y los hechos experimentales sujetos a reglas muy simples: "Quienes tienen fe excesiva en sus teorías o ideas no solo están mal preparados para hacer descubrimientos, sino que también hacen observaciones pobres". Esto podría explicarse en que muchos investigadores observan con ideas preconcebidas, y cuando ahondan en sus experimentos, solo quieren encontrar en los resultados, una confirmación de su teoría, arrinconando de este modo, hechos muy significativos, solamente porque van en su contra.

Y también es cierto que el observador siempre influye sobre la observación misma de los datos que recoge. Este sello que la subjetividad imprime en los datos de una investigación se suele reconocer como distorsión de la realidad o bias, producida por la "ecuación personal". Esta nace como consecuencia del escepticismo y la observación crítica, y la imposibilidad de lograr un razonamiento único, produciendo una variación en el resultado de una observación, juicio o razonamiento. De alguna manera al manifestarse la dificultad de observación objetiva, estamos frente a la cuantificación del factor humano.

El dogmatismo se presenta como uno de los obstáculos para desarrollar una actitud científica. ¿Qué es el dogmatismo? Es la tendencia a concebir que los propios conocimientos y formulaciones constituyen verdades incuestionables. El dogmatico siempre sostendrá que su doctrina siempre escapará a cualquier discusión, aplicando a ciegas y mecánicamente sin permitir la observación y discusión de los hechos. El dogmatismo se puede resumir como una mentalidad cerrada aferrada a los "textos sagrados" de su propia doctrina. El dogmático, además -siempre habrá un además- no razona, de ahí que es frecuente que no responda con datos, hechos, argumentos sino que descalifique, etiquete o discrimine. Intelectualmente se lo puede definir como inepto o inapto, pero que al mismo tiempo tiene la osadía de sentirse intelectual.

Algo parecido al dogmatismo es el "espíritu de gravedad", segundo obstáculo clave para desarrollar una actividad científica. Consiste en sostener con una convicción inquebrantable hasta lo absurdo, que las estructuras de la sociedad y su jerarquía de valores no pueden ser discutibles. Todo lo que no se ajusta, acomoda o no se adapta a lo ya existente, constituye una anormalidad o desviación, sacralizando valores e instituciones de una manera facilista y conformista, sin concebir la irrupción de una evolución en los acontecimientos de nuestra realidad. Se vive con lo dado como lo que debe ser, inmovilizando el razonamiento en rígidas categorías.

El uso de los argumentos de autoridad es otro de los obstáculos para desarrollar la actividad científica, donde las teorías, afirmaciones y opiniones personales se consideran de mayor validez que cualquier prueba empírica. "La falsa erudición", la proclamó Claude Bernard, ya que las opiniones no suelen ser pruebas sino una violenta forma de alterar la realidad para adaptarla a lo que dice la "autoridad", mirando la realidad de una manera selectiva, acorde con la ciega incondicionalidad que sostiene el individuo que la pregona.

Y nos queda el etnocentrismo, tantas veces mencionada en este blog, término acuñado por los antropólogos. También se denomina provincianismo cultural, ya que se caracteriza por la ignorancia -en el mejor de los casos- de observar los procesos sociales, costumbres, valores, redes sociales, instituciones y todo lo que forme parte de otras sociedades o de la propia cultura en el pasado, con la óptica de la propia cultura del presente, asumiendo que las propias pautas culturales son las únicas óptimas para determinar la correcta forma de actuar o pensar. Si nos alejamos de la ciencia, podremos coincidir que es la forma habitual de ser intransigente de los nacionalismos o populismos, y esa "exquisita" tendencia de juzgar culturas desconocidas por el simple hecho de valorarla con nuestras escasas referencias.

Quien no busca la verdad, es porque se siente en posesión permanente de ella, entonces no tiene nada que aprender, reconocer, objetar y menos que menos, nada por encontrar. No lo necesita, porque se ampara en la frágil estructura mental conformada por slogans o estereotipos que pueda arrastrar desde su infancia u otra etapa evolutiva. De la ignorancia segregamos juicios definitorios que nos castran. Y no incide que el sectario sea de izquierda o de derechas. Ahí radica el principal drama de la humanidad, ya que el estereotipo derecha-izquierda es ideal para mantener el clónico juego del bueno y del malo. Entonces al sectario de izquierdas se lo llamara vanguardista y el derecha, conservador, ya que condena a la perdición toda innovación del presente.


En la observación de todos los enfrentamientos vigentes en nuestras sociedades y en las brechas que entre todos sostenemos para radicalizarnos en las diferencias y ofensas ideológicas, resulta algo más comprensible observar el desarrollo de una actividad científica. La ciencia es contraria a la ideología, entre otras cosas, porque no discrimina ningún tipo de conocimiento, siempre que se basen en hechos constatables. En cambio, la pulsión de la ideología tantas veces nos ridiculiza como los idiotas que piensan que con ellos comienza la historia, y están a la vuelta de todo con la triste particularidad de no haber ido nunca a ninguna parte. Y nosotros, que nos dejamos gobernar por esos catetos, nos consideramos con orgullo, militantes...