martes, 20 de diciembre de 2016

No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió

"El tigre de hoy es idéntico al de hace seis mil años, porque cada tigre tiene que empezar de nuevo a ser tigre, como si no hubiese habido antes ninguno. El hombre, en cambio, merced a su poder de recordar, acumula su propio pasado, lo posee y lo aprovecha. El hombre no es nunca un primer hombre: comienza desde luego a existir sobre cierta altitud de pretérito amontonado. Este es el tesoro único del hombre, su privilegio y su señal".
José Ortega y Gasset - La rebelión de las masas (1930)

Para mis abuelos la década del treinta del pasado siglo fue dura. Tuvieron que cruzar por segunda vez el océano en barco para radicarse en Buenos Aires. Habían confiado en que se podía regresar a su Getxo natal, pero se equivocaron. Tuvieron suerte, ya que pudieron irse nuevamente luego de cinco años. A partir de los cuarenta, para mis aitites pudo considerarse la década donde salieron delante y desarrollaron su familia. Para mis padres, los sesenta fueron los años donde estabilizaron sus carreras personales y se aunaron en un proyecto familiar. Hoy recuerdan esos años como los mejores. Yo, de momento, como muchos, regreso cuando puedo a la atmósfera nostálgica de los ochenta, los de mi adolescencia. Y así seguirán las generaciones, buscando en una década pasada el mejor de los momentos vividos.


Vivimos en un espiral donde las experiencias se pueden acumular, pero nunca habrán de regresar. La nostalgia parece asemejarse a una felicidad triste. Parte de lo pasado parece tantas veces único, irrepetible e inolvidable. Sentimos nostalgia por un país que ya no habitamos, por la nostalgia de aquellos viejos amigos, por las mesas familiares que se van despoblando o renovando, por las idealizaciones que practicábamos y debimos un día abandonar. La nostalgia suele ser muy atractiva porque a veces le dotamos al pasado de una belleza, pureza o candidez que el presente no suele portar. "La melancolía es la felicidad de estar triste", citaba Víctor Hugo. "Sólo me queda el goce de estar triste", recitaba Jorge Luis Borges, en su poema 1964. La melancolía solo es posible con la memoria, o el mal uso de ella.

La duda cruel es poder reconocer si se recuerda un pasado que parece que fue mejor de lo que fue. Y el problema radica en persistir en una actitud que impida adaptarse a los presentes, ya que algunos descartan de antemano encontrar en el futuro algo similar a lo que se echa de menos. Eso sucede porque se instala la melancolía de forma permanente. Consideramos normal pasar algunas tardes revisando escritos, viejas fotos o escuchando música de otras décadas. En las reuniones de amigos, tantas veces se consumen las horas recordando viejas anécdotas y apenas conversando de la actualidad. Se suele creer que los seres humanos sostienen una carencia, que es no estar contentos con sus vidas. El grado de satisfacción de nuestros presentes son los únicos estandartes que tendrán controlada a la melancolía.

El pasado no crea ansiedad, tantas veces invita al sosiego. El hoy y el mañana nos llenan de intranquilidad, quizás la nostalgia sea el antídoto para el continuar. La rutina no permite la compasión y además, al vivir en una sociedad donde se privilegian las emociones como un recurso de marketing o de ventas, sentimos el día a día como una carencia, nos falta siempre algo para alcanzar la felicidad de tal promoción o publicidad. Nuestros gobernantes nos hablan de la felicidad como meta a lograr, casi como promesa de campaña, y a pesar de las prédicas, seguimos con ansiedad la demora de ese estado de bienestar. Los adelantos tecnológicos nos instalan en mundos hasta ahora nunca visto ni vividos. Pero es paradójico que una foto en sepia o blanco y negro, tantas veces detenga el tiempo.

Otro problema actual es la falta de identidad que las sociedades parecen portar. La nostalgia nos devuelve la identidad que los abusos físicos, emocionales o psíquicos nos privan en estos presentes. Ante las lógicas preguntas como ¿Quién soy yo?, ¿A  qué grupo pertenezco? o ¿Con qué valores y formas de vida me identifico?, nos envuelven en una crisis de identidad social y personal. El presente se puede presentar la mayoría de las veces, desalentador. Pero se va viviendo y lo que siempre nos quedará en la memoria, son los mejores momentos. No somos dueños de lo que nos pasa o hacemos, pero si de lo que sentimos. Y allí puede radicar el secreto de la nostalgia, protegernos ante la permanente necesidad de tomar decisiones, planificar o rendir exámenes permanentes, todas actividades quizás angustiosas pero imprescindibles.

Somos una raza portadora de una tradición que continúa como herencia. Necesitamos del pasado para poder hacer el hoy y el futuro. Tolerando las desdichas del día a día del presente nos sostenemos en otros tiempos vividos. Todo tiempo pasado fue mejor es una máxima que se repite. Puede ser cierto y puede ser falso, las dos cosas al mismo tiempo. Un tiempo anterior pudo haber sido mejor, pero nunca pudo haber sido perfecto. En esa trampa estamos instalados, creyendo que se puede aspirar a la perfección siendo una especie tan falible. Cuando no reparamos en la trampa que estamos abocados, no podemos dejar de mitificar o exagerar virtudes de épocas pretéritas. Todo lo que se construye, incluido lo que dignifica, está construido sobre la prueba y el error, y uno de los pilares es el dolor con que se construye. Todo tiempo pasado fue mejor es verdad cuando ya recordamos ese pasado, mientras lo vivíamos teníamos que convivir con los matices.

Nuestros abuelos conocieron las guerras, nuestros padres sucumbieron a las dictaduras. Nosotros caminamos la ilusión democrática de la transición, con momentos de angustia al tratar de diferenciarla de los mecanismos habituales utilizados en los momentos oscuros. Los jóvenes de hoy caminan al son de internet y la tecnología digital, pero no pueden razonar si la mentira ahora es la verdad, sólo porque tenga más visualizaciones que el razonamiento.  Todas las generaciones juntas en la humanidad tienen algo en común: Vivir en una sociedad sospechada de estar siempre presta a estallar.


A días de celebrar la navidad, aún funcionan con calidez los villancicos de nuestra infancia. El olor de una comida nos ha de llevar inevitablemente a otra época, regresar a la relectura de una vieja novela o un autor referente refrescará emociones o principios; aquel álbum de fotos nos devolverá algún esplendor lejano;  la repetición de alguna película tipo "love actually" nos emocionará como lo hizo el año anterior; una cara que nos suena conocida nos devolverá el nombre de alguna persona que quizás ha sido importante en otro tiempo; una vieja canción impedirá que se extingan los íconos. A la hora de brindar, casi todos estarán de acuerdo en levantar sus copas y proyectar un mejor año venidero. Con la absoluta convicción de sostenerlo en un escaso tiempo, el suficiente para retomar a la melancolía de los mejores momentos pasados...