domingo, 2 de octubre de 2016

Te acuerdas de ayer, era tan normal la vida, la vida....

El tiempo es un maestro de ceremonias que siempre acaba poniéndonos en el lugar que nos compete.
José Saramago
En el momento que somos una mezcla obsesiva de permanente vitalidad y agobiante cansancio y necesidad de parar, la ciencia y la prensa nos vienen a sentenciar con un límite a nuestra caducidad. Un equipo de investigadores de EEUU acaba de precisar un coto natural de 125 años para la longevidad de la especie. La edad máxima de vida no ha retrocedido desde el siglo pasado, y hace menos de un siglo se creía que la esperanza de vida nunca superaría los sesenta y cinco años. Parece que el hombre no conoce sus límites, y en lo relativo a su edad en la tierra, tampoco.


Pero el tiempo sigue siendo un misterio a la hora de determinar una posible uniformidad de todos nosotros al transitarlo. Desde "el tiempo vuela" hasta "El tiempo no pasa nunca" define la tendencia. La edad puede ser un atenuante, la vitalidad otro, los golpes o la dicha tal vez sean parte fundamental en la balanza de la velocidad. El carácter se supone que elastiza la definición, lo que para uno grafica el tiempo en un suspiro, el de al lado lo puede sintetizar en un bostezo. El tiempo no es el mismo, entonces.

¿Quién recuerda los veranos de niño? Tardaban tanto en llegar y también en irse. Nos daba el tiempo para todo, el mundo parecía transitar en cámara lenta, un HD de cuadro por cuadro que no ralentizaba ex profeso. Los días parecían interminables y la sola mención de que en algún momento deberíamos retornar a clases parecía una amenaza siempre distante. Un día se terminaban las vacaciones y desde ese momento, deseábamos el fin del año lectivo, y vaya paradoja, también tardaba una eternidad en pasarse. El mundo de los adultos sonaba tan remoto que hasta hemos fantaseado con las ganas de ser grandes para saber de qué se trataba eso de ser independientes, cuando en realidad, creo que la única independencia que yo transité fue la de mi infancia.

Pero tenía algún compañerito que siempre amenazaba con que sería adulto en breve. Amenazaba a sus padres, a sus maestros, a sus compañeros, a su pedíatra, a su dentista de dientes de leche, y provocaba a sus amigos con que un día sería "mayor" y todo sería distinto. Desde el origen que el hombre no se pone de acuerdo, algunos no reparan en si el tiempo vuela, otros creen que va despacio, pero están los ansiados o frustrados que anhelan la estación siguiente, como si estuvieran siempre viviendo un tiempo diferido que no merecen. "Un día seré grande y ya verán", ¿a que todos guardan esa amenaza en sus memorias?

Al criarme sin abuelos, he perdido una valiosa referencia final en el arte del tiempo. Pero he visto infinidad de ancianos que no se ponen de acuerdo en cuanto a la fecha de vencimiento. Muchos se levantan como si fuera el primer día de su existencia, cuando hay otros que para levantarse demuestran que le han perdido el respeto o confianza a la vida. ¿Serán estados de ánimos? ¿Será el carácter? ¿Serán los huesos que pesan? ¿Serán los golpes de la vida? No debe haber uniformidad en el criterio, ¿y cómo lo va a haber?, si no nos ponemos de acuerdo en casi nada.

Las tiempos también cambian. Estos días, estas últimas décadas parecen maratones. Suena ofensa o bravuconería declarar que se dispone de tiempo libre. Es que se cree que al ocio hay que atiborrarlo de actividades. Si eres niño, miles de extraescolares, con la indisimulable intención de prepararlo para el mundo ruin que les espera, y de paso para que se cansen y agoten y liberen a los padres oprimidos, de prestar demasiada atención a la prole, en su escasos momentos sueltos. Mi padre regresaba del trabajo, se cambiaba de ropa, leía el periódico, escuchaba radio, miraba el noticiero, cenaba, no exageraba la sobremesa y tenía tiempo aún para leer algunas páginas de algún libro. Y conversaba un rato conmigo, porque para el arte de jugar, en aquella época los niños se bastaban solos, no éramos de acusar a nuestros padres que no nos divertían. Esta rutina de mi padre no era siempre igual, porque había varios días que acudía de noche a la Universidad de El Salvador para encarar de adulto la carrera de Ciencias Políticas. Y yo nunca lo noté agotado, como me suelen decir hoy mis amigos que tienen la "desdicha" de trabajar y ser padres, aunque muchos no ejercen ese patronato sino que aspiran a ser buenos colegas de sus retoños.

Lo que está más que claro es que el tiempo no para, no se detiene, no nos espera. Pero a pesar del goteo incesante de momentos que fluyen, hay gente que asegura que se impacienta sobremanera porque el tiempo no discurre. "Los días se me hacen eternos" puede ser la confesión del deprimido, desocupado, angustiado o enfermo. Frase que contradice a "No me alcanza el tiempo para nada, necesitaría días de cuarenta horas" con que otros reflexionan sobre la escasez de ese flujo temporario que permita acometer obligaciones o intenciones.

A pesar del juego de palabras, el tiempo libre de mi infancia era más libre porque no usábamos casi el televisor, la play, internet, el wassap, los mails, o no disponíamos de más de una actividad extraescolar, lo que permitía enfrentar la jornada con disponibilidad. Y teníamos un elemento crucial, la imaginación, para ocuparnos en actividades íntimas o de pares sin reprochar a nuestros padres de un supuesto aburrimiento. Hoy creo que éramos nosotros los que dominábamos al tiempo, a pesar de que de todos modos se nos escabullera igualmente de las manos o de nuestras células.

En cuanto a mi blog, en el momento que me relajo por una entrada publicada -y casi nunca comentada- ya me encuentro sobre el siguiente día programado para sentarme nuevamente a divagar. Y no es tarea sencilla tener un tema a mano para desarrollar. La experiencia acerca temática, la lectura detenida en una fuente insaciable de contenidos, pero la decisión es lo que ralentiza, lo que hace que el tiempo se nos eche encima. El saber programarse en importante, y ahí nos damos cuenta que el tiempo si bien, se pasa volando, rinde. Aunque también es verdad que tantas veces sentimos que el tiempo que ha transcurrido nos ha dejado un vacio interior tan intenso, que deseamos con pasión poder volver a disponer de un tiempo completo, de una hora fulgurante, de un minuto de plenitud, que ha de llegar cada tanto. ¿Será la presencia de la pasión la que determina la velocidad y utilidad del tiempo?

¿Quién nos ha acelerado de manera tan histérica? ¿Quién se siente tan cansado para precisar que el tiempo no pasa, aburriéndonos a propósito? ¿Quién nos hizo tener la equivocada precisión de que no hacer nada es perder el tiempo o ir de vago? ¿Quién nos inculcó que sentarnos a leer y razonar un libro es una actividad improductiva porqué no denota dinámica? ¿Quién hizo de aquel familiar impulsivo una década atrás este anodino personaje de hoy que no sabe como matar el tiempo? ¿Quién falseó la definición de que el histérico es una persona viva - activa y el reflexivo una persona sin verbo? ¿Tenemos tiempo libre como para encarar alguna de las respuestas?

A mí me preocupan los desocupados o los enfermos, a ellos habría que apoyar para que el tiempo no sea una losa pesada. A mí me angustian los niños a los que definen como hiperactivos, y a los que les recetan pastillitas desde pequeños para dosificar sus energías o para disimular la soledad con que transitan sus primeras horas de aprendizaje. A mí me preocupan esos padres que van de un lado a otro con la sensación de no tener control de su vida. A mí me preocupa el que se apura por hacer running para que le de tiempo de hacer parapente y luego subir las fotos a instagram. A mí no me preocupa encontrar una hora libre para sentarme a leer una novela porque creo que el tiempo es veloz, pero nunca habrá velocidad que logré frenar el hábito de aprender. A mí me asusta saber que la vida me pondrá frente a la enorme putada de arrepentirme de no haber dispuesto de cinco minutos con aquel ser tan amado y a veces tan desatendido...


Esta entrada comenzó con Saramago y termina con un poema suyo, "Pues el tiempo no para":

Pues el tiempo no para, nada importa
que los días vividos aproximen
el vaso de agua amarga colocado
donde la sed de vida se exaspera
No contemos los días que pasaron
fue hoy cuando nacimos. Sólo ahora
la vida comenzó, y, lejos aún,
la muerte ha de cansarse en nuestra espera.