viernes, 30 de septiembre de 2016

Hazme un sitio en tu montura, caballero derrotado

"Caballero que hizo reír a todo el mundo, pero que nunca soltó un chiste. Tenía el alma demasiado grande para parir chistes. Hizo reír con su seriedad".

Miguel de Unamuno - El sepulcro de don Quijote.

Muchos de nosotros somos figuras Cervantinas. A  muchos nos persigue una diversidad psicológica que se puede resumir entre el ser y el parecer.  Estamos ante una permanente y desequilibrada batalla entre la realidad y la ficción, entre el idealismo y el realismo. En esa batalla casi siempre terminamos instalando la vida en un psicodrama, que de tan dramático y conflictivo, arroja una máscara sutil de comedia. Es que si no nos reímos de la existencia y no somos unos soñadores como Alonso Quijano, ¿Qué nos espera?


El concepto que manejamos de nosotros mismos estará formado por las creencias y aptitudes que tengamos. No son sólo imágenes idílicas, nuestros juicios nos suelen condenar a creer que somos otro que nunca llegaremos a ser. Tantas veces lo que determina lo que cree ser la persona es eso: lo que cree ser. Sus actitudes, su ética, su moral, su accionar y sus principios marcarán su recorrido, aunque en plano de dudar todos estos atributos también pueden ser falaces. Por eso estimo que a Cervantes, como así también a Shakespeare, lo que lo inmortalizó fue la capacidad de definir la personalidad humana en cientos de páginas de una novela. Y de hacerlo de una manera graciosa pero contundente.

El concepto que tenemos de nosotros mismos suele estar distorsionado. Podemos constatarlo toda aquella vez que de nuestra boca salen cosas que se contradicen con lo que en realidad hacemos o practicamos. Desarrollamos teorías o profundizamos ideas que no guardan relación con nuestro comportamiento íntimo. Nosotros, a veces llegamos a conocer a "nuestro farsante", y nos suele engañar con una pasmosa facilidad. Por eso cada tanto nos vemos obligados a enfrentarnos con la realidad. Lo llamamos introspección y puede suceder cuando presentamos una imagen a la sociedad de nuestra realidad que no concuerda con la verdadera realidad. Espero que no se hayan mareado con tanta palabra repetida. Pero parece que nada es real, la realidad es un invento más del hombre.

"Yo sé quién soy" (1.5:73), anuncia don Quijote y aumenta la apuesta: "y sé  que puedo ser, no solo los que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia, y aún todos los nueve de la Fama, pues a todas las hazañas que ellos todos juntos y cada uno por si hicieron se aventajarán las mías". De tan hilarante que fue el mayor personaje cervantino, podemos deducir que ni don Quijote sabía en realidad quién era. Y me apoyo en la novela, donde muchos personajes no se llaman como dicen que se llaman. Sancho Panza en el códice árabe es Sancho Zancas y su personaje universal representa los nacionalismos y las nacionalidades del continente. Lo hilarante de ese personaje entrañable desarrollado en 1605 es que si revisamos los nacionalismos vigentes nos damos cuenta que seguimos persiguiendo gobernar ínsulas ideales para acomodarnos. Alguna vez Unamuno decretó al quijotismo la religión de España.

"En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme" ha permitido que científicamente o a través de un GPS turístico, muchos se quieran adueñar del paraje original para beneficio comercial. Donde haya un molino, alguien se adueñará de la inspiración de Cervantes para justificar que ese paraje dio origen a la novela. El juego literario que fue un tributo a como comenzaban los libros de caballería se convirtió en más picaresca para adueñarse del escenario -o una ínfima porción de el- y atraer turistas y literatos.

Y si continuamos descifrando quien es quien, Dulcinea del Toboso era en realidad una aldeana y saladora de puercos de nombre Aldonza Lorenzo. Y para no aburrir la triste realidad del que me esté leyendo, la esposa de Sancho Panza es a la misma vez -en el desarrollo de la historia- Teresa Panza, Juana Panza, Mari Gutiérrez, Teresaina o Teresona, depende quien la mencione. Es decir que el "Yo sé quién soy" que nos regaló Cervantes sigue sonando a enigma inconcluso en este mundo convulso de hoy, y lo que en realidad inmortalizó Cervantes no fue a don Quijote, sino a una creación literaria donde la conciencia, el carácter y la personalidad se exploró por primera vez como creación artística.

Tantas veces estar equivocados nos hace felices. El caballero errante se muestra grato de estar engañado. Es feo o normal -no se que es peor ser- y se siente apuesto; es un hombre común y se siente un caballero. Es un anciano pero se vislumbra un jovenzuelo. Una moza de labranza es su refinada e idealizada dama, su fiel escudero es un vecino con pocas luces, una posada más que humilde es su castillo y unos molinos su más enconado adversario. Don Quijote es un hombre feliz hasta la conclusión de la novela, donde los sucesivos fracasos le despojan de sus eternas ilusiones, y la tristeza y la melancolía lo lleva a la propia muerte.

Paul Michel Foucault, filósofo francés, buscó dar con la esencia del hombre. Y estudió El Quijote convencido de que no sólo fue el inicio de la novela moderna, sino también el origen del conocimiento, ya que Alonso Quijano se aficiona a los libros porque lo que en ellos acontece se menciona más cierto que en lo que en verdad puede acontecer en nuestro mundo. Nuestras propias creencias nos obligan a tener una visión sesgada de la realidad, y a veces parece ser una bendición que eso suceda.

Don Quijote representa una versión extrema de todos nosotros. Razonarlo nos permite comprender que, generalmente, creemos lo mejor de nosotros mismos cuando en realidad conocemos perfectamente lo peor y lo mediano que podemos ser. Por un mecanismo de conformidad o comodidad solemos pensar que lo bienintencionado que hay en nosotros ha de triunfar o imponer -sin mediar esfuerzo o sacrificio - sobre lo inconstante o indiferente que nos caracteriza. Foucault se interesó por las imaginarias relaciones que el hombre en general, mantiene consigo mismo. Como le sucede a don Quijote, solemos creer que somos más jóvenes que lo que somos, más capaces que lo que el estricto realismo nos puede llegar a definir.

Aristóteles apostó que la escritura ya incorpora la vida y que contiene más verdad que la misma historia. Don Quijote viene a ser el personaje, pero Alonso Quijano es la persona de partida que le da origen. Y Cervantes la persona real que permite la existencia de Quijano y el mito del Quijote. Quijano finge la persona que quiere ser. Se da un nuevo nombre y se viste con una armadura que lo invista como caballero. Y este enredo de la personalidad humana da eternidad a un Cervantes que sufrió más de la cuenta para poder ser un personaje de utilidad en esta vida, que paradoja mediante más que en vida fue a partir de su muerte.

El personaje Hamlet es probablemente más influyente que la mayoría de las personas reales inglesas o danesas. Marco Polo responde más a un ideario literario que a su verdadero registro histórico. La imitación de Cristo hijo de Dios superó a un posible Cristo, hijo del hombre, que sí existió, solo quiso pregonar un cambio de estilo que nunca llega. Y don Quijote ha perdurado de manera tan clara que es más sencillo analizar el tema de la personalidad dispersa en una obra literaria, que en millones de vidas que suelen carecer de precisión a la hora de obtener una exacta imagen de sí mismo.

En el prólogo del libro, el mismo Cervantes confía que "con el papel delante, la pluma en la oreja, el codo en el bufete y la mano en la mejilla" resuma o refleje que la novela fue concebida desde la eterna imagen de la melancolía. Aflicción o nostalgia que tantas veces le obligó a abandonar su escritura para luego retomarla, y al terminar la obra cumbre de las letras castellanas superar el "silencio del olvido", tras tantos años de deméritos de vida. En palabras de don Quijote invita a que "lean estos libros, y verá como le destierran la melancolía que tuviere y le mejoren la condición, si acaso la tiene mala". Y la melancolía la superó a través de la picardía, sonrisa que se impuso a una vida plagada de infortunios, demostrando que tantas veces la melancolía solo proviene de la experiencia aprendida.
El que haya leído el libro, supongo que habrá sido preso de la fascinación y de la sorpresa al extremo de sentirse un símil de Quijano, en cuanto a "del poco dormir y del mucho leer, se le secó el cerebro de manera que vino a perder el juicio". A cuatrocientos años de la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra sigue vigente la eterna lucha del ser humano por fingir la persona que se quiere ser. En esa enorme escenografía que es el universo, en esta gigantesca obra de teatro que es la vida, no nos queda otra que seguir el juego, con la esperanza de que de tanto fingir, el mismo ser humano alguna vez sea capaz de forjar un cambio que finalmente nos transforme en una mejor especie.

Intento no caer en tópicos para homenajear al genio de Cervantes. Me he apoyado en un magnífico libro "En defensa del error", de Kathryn Schulz, para comprender que si la vida es un error, es mejor reírse todo el tiempo de ella...