lunes, 24 de octubre de 2016

No hay sosiego en este tiempo

Los padres no son los que hacen que la infancia sea mágica. Está claro que los casos de violencia y abandono sí pueden arruinarla, pero, en general, la magia es algo inherente a la edad. 
Bunmi Laditan - Madre y escritora estadounidense

Se está desarrollando ante nosotros y de manera irrefrenable, la sociedad del conocimiento. Los adelantos tecnológicos parecen ser enormes aliados en esta tendencia de no tener edad para continuar aprendiendo. Tanto avatar científico tiende a mostrarnos que en un mundo donde somos muchos millones, podemos estar hiperconectados, conformando una aldea global y universal, que nos convierte en imparables. Imparables en todo sentido, incluido aquel que representa el no detenerse nunca, buscar una nueva actividad, estar más que estimulados. Tal vez, tanta vorágine oculte características esenciales de la naturaleza humana, que más allá de las nuevas dinámicas y cambios de estructura, querríamos creer que cambió parte de la esencia humana. En definitiva, pese a quien le pese, en este mundo de tanta relación virtual permanente y sin fronteras,  seguimos siendo habitantes solitarios.


Edward Hooper (1882-1967) fue un pintor estadounidense, celebre sobre todo por sus retratos sobre la soledad, en la ciudad más multitudinaria del mundo. Uno de sus cuadros inmortales resulta ser "Halcones en la noche" ó para otros, "Noctámbulos". En todo caso, en el original fue denominado "Nighthawks", que retrata la escasa actividad y la soledad de los personajes que se encuentran de madrugada en The Empire Diner, en el West Village, de Nueva York, reliquia de aquella moda de café o comida de paso de la segunda mitad del siglo XX. A pesar de que dicho café fue demolido hace tiempo, el cuadro conserva actualidad, quizás porque supo reflejar como nadie, la soledad humana a pesar de estar en compañía.


La visión de una vida urbana tanto moderna como vacía, fue un tema común en la obra de Hooper. Si nos detenemos a observar "Noctámbulos", coincidiremos en que los personajes no tienen posibilidad de vínculo con el exterior, lo que da una idea de estar atrapados o confinados. "Quizás, sin pensarlo, estaba pintando la soledad de una gran ciudad", aclaró. La calle luce vacía y dentro del diner los tres clientes parecen ensimismados, sin hablar ni mirar a nadie, aunque dos de esos clientes parezcan estar juntos. Esta muestra del realismo pictórico norteamericano dice representar los mediados del siglo pasado. Pero, si vemos hoy a través de los cristales de las grandes superficies, observamos a las familias reunidas ante una mesa de comida rápida, prestos cada uno, a las novedades del teléfono móvil o la tablet personal, y nos preguntaremos si esa soledad no se mantiene en nuestra esencia.

Los padres de hoy enseñan sin darse cuenta a sus hijos a no saber estar solos. A no saber jugar solos, a no poder aburrirse sin que resulte un complejo o defecto. De tener un poco de tiempo libre, debemos procurarle a los niños de hoy una nueva actividad o nuestra "sacrificada" compañía tipo estampillado o supervisión. ¿Me ha perjudicado en mi sociabilidad el haber crecido con juegos donde solo disponía de mi imaginación y mi soledad para practicarlos? ¿Cuál es el conflicto de que un niño juegue solo? ¿Mi padre no me quería, ya que no estaba todo el tiempo sobre mí? Se ha pasado a desarrollar una práctica paternal que se denomina hiperpaternidad, modelo original de las clases medias -hoy trasladado a todos los estratos- que se caracteriza por la sobreprotección de unos hijos, que se han convertido en el centro usina de las familias del siglo XXI. Y según la vigencia de la obra de Hooper, nadie escapa -ni aún en estas épocas de redes sociales- de la soledad y melancolía. Ni siquiera estos niños de hoy, criados como divinidades de porcelana.

Podemos discutir sin descanso ni solución si las familias son instituciones democráticas o con lógicos escalafones de autoridad. Si bien es interesante que cada día sean más participativas, no es normal que un niño de 3 ó 5 años decida lo que quiere comer o lo que quiere hacer. Puede ser importante conocer su opinión, pero los padres no saben que el desarrollo cognitivo de su pequeño no está aún desarrollado como para debatir cualquier tipo de temática. Y que no se trata de democratizar las opiniones, sino -lamentablemente- de una manifiesta inseguridad de los padres por no contradecir a sus pequeños. Se están educando a divinidades, no a personas. Crecen muy creídos de sí mismo, pero sin el contraste de confrontar de motus propio las adversidades. De ahí que tantas veces no te hagan caso a una indicación, ya que ellos lo saben todo. Lo saben todo hasta que chocan con la adversidad, y se derrite esa supuesta suficiencia.

Los hiperpadres se especializan en llenar de actividades a sus hijos e intervenir activamente en ellas. La consigna parece ser ofrecerle al niño lo más que se pueda, porque en tal acumule de actividades, es donde el día de mañana, el joven hará la diferencia. Llamamos hiperactivo al niño que no para, al niño que se aburre de cualquier contenido y se distrae de nada. Pero deberíamos llamarlo en breve, estresado. Además del estres, se caracterizan por estar informados de casi todo, de rebozar experiencias permanentemente, pero llegado el caso, con poca capacidad de resolver problemas. No saben tomar decisiones meditadas -funcionan a través de impulsos histéricos-, son incapaces de asumir responsabilidades y no conocen verdaderamente la definición de independientes. De tan independientes que los hiperpadres creen que son sus hijos, que hagan la prueba de que el niño prepare un día la mochila. Se encontrarán con la sorpresa de que el niño desconoce su propia ropa o el cuidado que conlleva prestarle atención o celo.

Hay un momento preciso en que estos padres dejan de lado su vida personal para convertirse en secretarios de sus hijos, de llevarle una minuciosa agenda. Y de además de secretarios, son sus choferes personales, ya que se sobreentiende que de tantas actividades este niño tan estimulado no puede ir solo a tanta ocupación concertada. A los hiperpadres se los denomina también "padres helicópteros", porque su síntesis es sobrevolar todo el tiempo la vida de sus hijos, dándoles todo lo que desean cuando lo desean, y sin dilación . Y de tanta vigilia obsesiva, se encontrarán con la desdichada confirmación que están logrando demorar la subjetividad del hijo. Es triste el contrasentido, de tantas capacidades que los niños están desarrollando, se da la paradoja que no tengan oportunidad de poner a prueba sus capacidades.

Investigaciones sobre este fenómeno recuerdan que para acceder a la "Teoría de la autodeterminación", se deben satisfacer tres necesidades primordiales: autonomía, ser competentes y estar conectados con otras personas. Aunque los hiperpadres crean que están tras esa tríada, tantas veces limitan el desarrollo intelectual, emocional y social de sus hijos. Otro rasgo preocupante es que descreen de las técnicas que llevaron para con ellos sus propios padres, por lo que se muestran partidarios de que los abuelos u otros familiares no participen en la educación. La tribu cada vez será más cerrada, el concepto familia dejará de ser el árbol genealógico. Indudablemente no lo hacen a propósito, pero lo hacen. Muchos de estos niños destacan por escalas altas de ansiedad, y llegado el caso un estado similar al de depresión. Sus padres, mientras tanto, se muestran agotados y estresados, cargando un peso enorme que se asemeja a un día complicado los trescientos sesenta y cinco que guarda el año.


A Edward  Hopper lo han retratado como el pintor de la soledad. El artista conocía perfectamente a los solitarios de este mundo. Pero nunca retrató a un niño, quizás porque no los alcanzó a ver jugando con la playstation, o con el móvil de sus padres o esperando que sus progenitores finalicen el armado de la mochila de la actividad de turno. En todo caso, estamos ante la soledad de la tecla play, que es pulsarla y ver qué sucede. Con el temor que lo que ocurra, limite la imaginación y no le permita observar la construcción de reglas sociales. No creo que haya Hooper que resista retratar la falta de tranquilidad de un niño, su llanto caprichoso rápidamente saciado por sus padres y la absurda intención del padre por ver desde tan pequeños la triste proyección de sí mismos...