martes, 16 de junio de 2015

No puedo, no puedo, no puedo seguir marginándome



"Es triste que vivamos en una época en que se tiene poco tiempo para leer de corrido libros muy extensos (...) Habría que inventar pedazos de tiempo libre para que uno pudiera comprar al mismo tiempo que un libro. El vendedor entregaría el libro y el tiempo necesario para leerlo."
Julio Cortázar.

En dos años de escritura del blog, la misma polémica mantiene una aburrida vigencia. El hastío de la repetición te puede llevar a replantear tu hipótesis. No es cuestión de ser obtuso. Al momento de considerar cambios en la estructura de este sitio, puede ser la siguiente moneda de cambio. Ya no se trata de diagramar la foto en forma cuadrangular, rectangular o circular a la hora de mostrar cambios. La duración de mis contenidos, controvertido para algunos, puede llegar a sufrir recortes. Entonces, como otro contrasentido, hoy elijo divagar sobre la costumbre pérdida de leer significados algo más profundos y de tener tiempo y ganas para encarar lecturas "largas".

Porque parece que la gente sigue leyendo. Pero como con cada experiencia a la que comparamos con otras épocas, redefinimos la lectura con la puntualización que debería estar atravesando una transición, ya que lo se dice leer, hoy no se lee. Apenas podemos aceptar que la gente se distrae, se dispersa y se compromete poco con el desarrollo de su intelecto. La Real Academia solía ser concisa a la hora de definir lo que era un libro: "Conjunto de muchas hojas de papel u otro material semejante, que encuadernadas, forman un volumen". En los últimos tiempos incorporó una acepción, que por importancia  figura en el segundo lugar: "Obra científica, literaria o de cualquier índole con extensión suficiente para formar volumen, que puede aparecer impresa o en otro soporte".
Entonces no solo está en transición la definición de libro o vigente la polémica de que a causa de tanta información, es verdad que ahora se lee más que antes. Lo que muchos aseguran es que, además de cambiar el concepto de leer, lo más grave es la manera de procesar la información, lo que les permite pronosticar que nuestra capacidad de concentración sigue mermando. Los científicos advierten sobre este momento de transformación, que no significa que no esté pasando nada; según las investigaciones, estamos frecuentando un tiempo gravitante similar a la invención de la imprenta o la misma escritura, lo que redefinirá el concepto de hábitos de lectura y la evolución o desarrollo de nuestros cerebros.
Resulta entonces que leemos todo el tiempo, a cada hora. Pero se hace la salvedad indispensable de decir que se debe hacer un esfuerzo adicional para no sucumbir ante tanto bombardeo informativo. La tecnología continua parece ser un imán para la lectura superficial. Si revisamos la definición de la misma RAE, encontramos que tecnología es el conjunto de teorías y de técnicas que permiten el aprovechamiento práctico del conocimiento científico. Para el ingeniero informático estadounidense Alan Kay, la definición es más práctica, ya que los que conocimos el mundo no informatizado, consideramos que tecnología es todo aquello que fue inventado después de que tú nacieras.
Entonces leer quizás es hoy una actividad cada vez más tecnológica. Algunos jóvenes consideran que es más complejo porque abundan los elementos multimodales, vínculos, imágenes o videos. Entonces lecturas cortas se ven relacionadas con las diversas opciones mencionadas. Lo que se cuestiona es si tanta información significa concentración, por lo que llevamos más de cuatro décadas en el planeta, sentimos que esa práctica social de libro abierto, absorto o ensimismado en la comprensión, ha pasado a mejor época. No leemos como hace cincuenta años, y no leemos como seguramente leeremos en los siguientes cincuenta.
El patrón de leer tecnológicamente incide sobre nuestro intelecto. La lectura en pantallas puede invitar a la desconcentración. Redes sociales, correos electrónicos, hipervínculos, mensajes o anuncios han transformado el cerebro y la falta de costumbre, obliga a reeducar el cerebro a la hora de encarar una lectura obligada o profunda. Estudios confirman que nos solemos dispersar unas veinte veces a la hora, saltando de un aparato al otro. La condición estática de un libro de papel, parece ser un enemigo peligroso para esta sensación permanente de movimiento. El teléfono móvil y las redes sociales nos toman de rehén al momento de distraernos, de evadirnos de cualquier actividad.
La capacidad que sostenemos en estos tiempos de leer en movimiento supone una distracción adicional. Multitud de ciudadanos que se mueven por las calles con el cuello bajo, dirigida la visión solamente a las pantallas de los móviles o tablets, protege la superficialidad de la lectura. No nos concentramos, no retenemos información, porque consideramos que no es un problema, si no nos acordamos lo volvemos a googlear y listo, es como sorprendernos todo el tiempo al descubrir lo que antes habíamos leído o estudiado.
Existen atenuantes para seguir confiando. Publicaciones que aseguran que alumnos buenos en papel, leen igual de bien en digital. El secreto parece ser que utilizando la inteligencia del viejo lector, no abusan en lo digital del escaneo ni de la subestimación de que la información en la pantalla parece ser más clara que en el papel impreso. La mente juega malas pasadas, porque la sensación de rápido aprendizaje permite abandonar el estudio antes de tiempo, antes de haber comprendido o estudiado la lección. El resumen digital tampoco favorece los procesos intermedios. Un resumen de antaño era leer y extractar utilizando la escritura para conformar un nuevo texto. Hoy el copy-paste en realidad no genera un proceso de aprendizaje ni resume, sino un mecanismo donde el único que trabaja es el ordenador.
El futuro pertenece a la lectura digital. Los viejos profesores o empedernidos lectores habrán de sobrevivir solo si se reciclan, si se adaptan. Entusiasmado por desarrollar temáticas que me permitan expresarme, tomé esta experiencia como una cuña que al mismo tiempo que me permitía llegar a redes sociales o hipervínculos, mostraba mi resistencia al presentarme con textos largos. Creía que era una manera de practicar una sana oposición. Hoy cedo en la tercera página, pero presumo que el que llegó hasta esta línea respeta los viejos hábitos, el lector acostumbrado y consagrado será difícil que claudique. Y yo interpreto que conduciendo un blog, puedo administrar mis contenidos y su extensión, obtener cada tanto opinión sobre mis vertidos, contestarles y seguir pensando que compartir información detallada puede ser el gran aporte que le hacemos a este mundo tecnológico, que no nos atrofia el cerebro, solamente que nos vamos dejando poco a poco ganar por la comodidad.

Durante siglos apenas han habido cambios. Hoy somos testigos privilegiados de modificaciones constantes. Sin internet yo no conseguiría temática diversa para ofrecer o cuestionar. Sin el 2.0 sería imposible el intercambio de opinión. Pero sin intelecto será inútil disfrutar los beneficios que el perfeccionamiento constante de nuestras habilidades nos acerque el mundo al alcance de una tecla enter, que sigue significando entrar y no saltar superficialmente de un lado al otro...