“Si las cosas siguen así, al hombre se le atrofiarán todas sus extremidades excepto los dedos de pulsar los botones”.
Frank Lloyd Wright – arquitecto norteamericano del siglo pasado.
Te vigila y controla. Pero no solo eso, te transforma. Si eres nativo digital es la única forma que conoces de vivir con ese control. Si eres del pasado siglo -analógico en tu educación- y hasta los finales de los noventa has sobrevivido sin él, puede no ser tan grave su uso. Lo guardas en el bolsillo, en la cartera o descaradamente te paseas con él en la mano, pero con una cámara delante y detrás, micrófono, tres sistemas -como mínimo-de geoposicionamiento y una media entre diez y quince sensores, hará que pase continua información sobre ti y no importa lo reservado que seas. A fin de mes, te llegará un correo electrónico con la reseña de los lugares por los que has transitado y sus direcciones. La precisión del lugar donde te has detenido tendrá una exactitud del noventa y tres por ciento, dato escalofriante. La policía ya no necesita discernir si estas mintiendo en tu declaración, el teléfono móvil hablará por ti. Y lo dice todo, desde dónde y adónde, que quieres y lo peor, hacía donde te ha de influir, sin que a veces lo sepas.
