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jueves, 26 de julio de 2018

Ni me acuerdo mi nombre muy tranquilo en la arena


“Uno de los beneficios del verano fue que cada día teníamos más luz para leer”.
Jeannette Walls, periodista y escritora.

Todos los veranos leo un libro de Charles Dickens. Se ha tornado una costumbre, como la de hacerme con algún volumen dedicado a la novela negra, preferentemente Raymond Chandler. En los últimos años, he agregado en estos meses al detective Kostas Jaritos, personaje de zaga del escritor Petro Márkaris, del inspector Camille Verhoeven, personaje de ficción de Pierre Lemaitre o releer al comisario Salvo Montalbano, de Andrea Camilleri. También me encaro con material del que denominan denso, como que no se debería admitir en la tumbona, en la playa y en los meses de verano. En estos momentos escandalizo a los veraneantes con “El holocausto”, de Laurence Rees. Los libros me siguen llegando de casualidad y no me detengo en pensar si el verano es el momento ideal para leerlos. En estos meses no tengo que dedicarme al estudio, y me zambullo en literatura de ficción, ensayo o historia. No analizo si la lectura estival debe ser o no llevadera o pasatista.