lunes, 7 de noviembre de 2016

No lo pienses dos veces, está bien

"Oí el sonido de un trueno, que rugió sin aviso,
oí el bramar de una ola que pudiera anegar el mundo entero,
oí cien tamborileros cuyas manos ardían,
oí diez mil susurros y nadie escuchando,
oí a una persona morir de hambre, oí a mucha gente reír,
oí la canción de un poeta que moría en la cuneta,
oí el sonido de un paya que lloraba en el callejón,
y es dura, es dura, es dura, es muy dura,
es dura la lluvia que va a caer".

A hard rain's a-gonna fall - Bob Dylan

La decisión mueve todos los años las más diversas loterías, donde además de incluir a los abonados eternos y recurrentes para el galardón, se les suma las últimas sorpresas en la materia, según los especialistas. Los medios gráficos y tecnológicos pronostican las posibles opciones, donde quedó demostrado que no siempre lo ha de obtener uno de los talentos consolidados. Como no se puede considerar que existe "un mejor escritor del mundo", la entrega del Premio Nobel de Literatura se plantea entre otras aptitudes, como una condecoración por un autor original, un género postergado o una cultura insuficientemente atendida.


Como sucede desde 1901, cada año promediando el mes de octubre se concede "a la persona que haya producido en el terreno de la literatura la obra más destacada en una dirección ideal", el galardonado premio. En el testamento de Alfred Nobel no se decanta por ningún idioma en particular, pero es comprobable que en más de un siglo de existencia,  una de cada cuatro concesiones han recaído en el idioma inglés. Fuera del panorama occidental, en 1913 fue premiado Rabindranath Tagore, escritor bengalí, y se tuvo que esperar hasta 1966 para que el premio escapara de las garras de la cultura "predominante", al valorar la obra de Shmuel Yosef Agnón, escritor judío de origen ucraniano.

En 1970 el premio viajó hasta Japón para valorar la obra de Yasunari Kawabata, regresando a ese país en 1994 para premiar a  Kenzaburo Oe. En 1978 se le otorgó al americano Isaac Bashevis Singer, que basó su obra en el idioma yidis; En 1988 fue reconocido el idioma árabe, lengua utilizada por Naguib Mahfuz; en 2006 fue el turno del turco Orhan Pamuk; en el año 2000 fue el turno para el idioma chino, a través de la pluma de Gao Xingjian, para regresar en 2002 a Mo Yan. Y semanas atrás, la sorpresa sobrevino no al premiar alguna lengua no tan utilizada, sino al considerar la carrera del músico, cantante y poeta americano Robert Allen Zimmerman, universalmente reconocido como Bob Dylan.

La historia reciente de este galardón sigue demostrando -salvo excepciones- que lo que se premia, no coincide con lo razonado en los mentideros. Y otra verdad no oficializada es que si se es buen escritor, se es varias veces candidato al premio. Pero ser eternamente candidato, no da esperanzas a ser finalmente Nobel de Literatura. Philip Roth puede, de momento, dar fe de tal frustración. Eterno abonado en la última década a la quiniela de los especialistas, observa ya sin disimulo, como su favoritismo no termina de cuajar entre los miembros del comité Nobel. Y su caso, de no obtener nunca el galardón, no sería el único.

Si bien el premio no menciona a los países, los Estados Unidos se mantiene segundo en el podio con doce premiados, tras los quinces Nobeles a Francia. Casualmente, debieron aguardar veintitrés años para volver a tener un norteamericano en la ceremonia -aunque no se sabe si Dylan acudirá -. Desde 1993, cuando se premió a Toni Morrison, figura en las eternas quinielas el mencionado y excelente Philip Roth, más otros norteamericanos diversos, entre los que se mencionaban -aunque de manera algo silenciosa- la obra de Bob Dylan. Entonces, ¿podemos considerar sorpresa la obtención del premio?

Infinidad de escritores llevan décadas mencionando y ponderando las bondades literarias de Bob Dylan. Frases de sus canciones se mencionan en dedicatorias de libros consagrados o en el contenido argumental. Nadie duda que Dylan es un intelectual que propone permanentemente el ejercicio de insistir en las dudas de la existencia. El arte de pensar y emocionar, ¿no es intelecto en estado puro? Los que insisten en que Dylan no ha escrito nada, ¿tienen conocimiento de su vigencia por más de cuarenta años a través de las letras de sus canciones-poemas?

Lo que sí es concreto y palpable, es que el Nobel de Literatura suele ser un premio injusto y olvidadizo, por las razones que fueran. En el tiempo, podemos recitar más de diez escritores "eternos" que no han recibido el galardón y que debería ruborizar aún al miembro más seguro del comité. El ya nombrado Philip Roth -aunque todavía tiene sus chances, mientras siga vivo -se suma a Virginia Woolf, Graham Greene, Frank Kafka, Julio Cortázar, Juan Rulfo, León Tolstoi, Italo Calvino, Vladimir Nobokov, Marcel Proust, James Joyce o Jorge Luis Borges, entre tantos más que se me olvidan - como le sucede variado al comité-.

En la Academia Sueca prima un secreto de sumario, referido en los estatutos Nobel, que dura cincuenta años, por lo que lo acontecido entre los años sesenta del siglo pasado y nuestros días, continuará envuelto en polémica por un tiempo más. Es un sistema impenetrable que impide conocer al momento las actas de las diversas reuniones para definir el candidato de cada año. Una vez superado ese tiempo, la Academia ha mostrado el porqué de que autores como Joyce, Tolstoi o Proust no hayan recibido el premio. Es de suponer que en cinco años podamos develar el misterio Borges, y la vieja polémica se hará nueva, y eterna.

Los documentos y protocolos de las primeras juntas, en los comienzos del siglo pasado, destacan la fuerte impresión por las obras de León Tolstoi, donde lecturas como "Guerra y Paz" o "Anna Karenina" eran lecturas preferidas del público intelectual y de la misma Comisión. "Pero era imposible premiar el ateísmo e inmoralidad de un autor que condena a la familia, el Estado y que además de rechazar las tradiciones no defiende los bienes privados", surge tras el secreto de sumario. Consideraciones que escapan a un talento literario -del que a Tostoi le sobraba- , o que con el correr del tiempo se contradicen en premios a escritores que profesaron valores dentro de los "parámetros" tradicionales pero perversos y retrógrados.

Ganadores cuestionados hubo en todo momento. Winston Churchill, en 1953, está a la par del entregado en 1950 a Bertrand Russell. A Churchill se le destaca "por su dominio de las descripciones biográficas e históricas así como su brillante oratoria en defensa de los valores humanos exaltados", y de Russell se destacó "el reconocimiento de sus escritos variados y significativos en los que defiende los ideales humanitarios y la libertad de pensamiento". En defensa de estos galardones, deberíamos situarnos en un contexto político, social, económico o moral, tras la devastadora situación post guerra mundial.

En 1938 se premió a Pearl S. Buck, y las consideraciones fundamentales remiten a "sus descripciones ricas y verdaderamente épicas de la vida campesina en China y por sus obras maestras biográficas". Este galardón generó un sisma dentro de la Academia, ya que a partir de ese momento se prohibió otorgar el premio al candidato nominado por primera vez. Lo que por un lado nos da la idea de que Dylan ha sido previamente nominado, y que la obra de Pearl Buck, candidata débil en esa primera nominación- no ha ido mejorando a partir de esa obra, muy por el contrario, parece una mancha entre los galardonados.

El Nobel a Dylan parece ser un reconocimiento a la dignidad literaria presente en la música popular. El pasado año fue merecidamente galardonada la escritora pero fundamentalmente periodista y ensayista rusa Svetlana Alexiévich por "sus escritos polifónicos, un monumento al sufrimiento y al coraje en nuestro tiempo". El temor es que la literatura haya dejado de ser patrimonio exclusivo de escritores a la usanza, me permite suponer que la literatura se desplaza en busca de otros cauces. Y se comprueba de esta manera una tendencia, que es alejar cualquier demostración artística del púlpito, del museo, de las universidades y de todo prestigio que los críticos acomodados se empecinan en situar las manifestaciones creativas. Siempre ha sido peligroso encasillar el arte, y quizás estemos ante una nueva muestra de la mutación por recuperar ese sentimiento primario, casi animal o bárbaro dentro de un razonamiento elemental que permita seguir construyendo obra y pensamiento en estos momentos algo turbios y oscuros.


A mediados del siglo XIX, las novelas de Charles Dickens o Balzac no pasaban de ser consideradas entretenimientos frívolos. Los críticos de su época no repararon en vergüenza propia o ajena en considerar una obra sin importancia El Quijote y autores como James Joyce, Elias Canetti o Frank Kafka murieron sin poder sortear la indiferencia ante sus monumentales obras. Se debe insistir en dejar constancia de la historia del arte, de las emociones. La literatura puede estar presente en un artículo en una revista y quizás mañana, se demuestre que un tweet es merecedor del mejor de los galardones o un escritor de cómics se alce con el premio. Mientras tanto, para los que sienten la música, se puede demostrar que la mayoría de las canciones están creadas para el movimiento de los pies, pero gracias a escritores como Bob Dylan o Leonard Cohen, aún pueda existir una mínima parte de esas composiciones musicales que estén dirigidas a la cabeza, aunque le pese al excelente y injustamente postergado Philip Roth...