miércoles, 29 de junio de 2016

Comunicación sin emoción

Pienso que todos estamos ciegos. Somos ciegos que pueden ver, pero no miran.
José Saramago

Tantas veces a uno le suceden cosas en la vida que considera que son exclusivas y en realidad resulta que representan un patrón, un hilo en común con tantos otros especímenes de esta sociedad. A mí me disgusta hablar por teléfono; en cambio veo que hay mucha gente amiga o conocida que prefiere largas conversaciones por esta vía. De un tiempo a esta parte suelo sentir invasiva la irrupción de un llamado telefónico en mi móvil. No lo entiendo, ya que tener una línea de teléfono equivale a una firme intención de comunicarte. ¿Será que utilizo el teléfono de reloj, de despertador, de almacén de fotos, de aplicación para resultados de fútbol, de receptor de wassaps y mails o de plataforma para entablar un skype, qué me olvidé de lo fundamental: El teléfono era el medio ideal para comunicarse en tiempo real con otra persona a pesar de las distancias?


En una época me tocó trabajar de teleoperador y ofició como un castigo divino hacia mi persona. Castigo doble, convengamos. El primer castigo por el propio oficio, que debe ser uno de los que casi todos consideran como trabajo basura. Y el segundo castigo resultaba ser paradójico: para un tío como yo al que no le agrada conversar por teléfono, debía cubrir su jornada laboral con un promedio de setenta o cien llamados, dependiendo las horas trabajadas. Salía del trabajo y al sonar mi móvil o el teléfono de casa, me invadía una sensación similar a la de tener que transportarte de inmediato a un refugio antibombas ante el sonar de una alarma. Alguna vez escribí sobre esta etapa de mi vida.

Hay estudios que confirman que las llamadas telefónicas están llamadas a ser otra especie en extinción. En muchos hogares la presencia del aparato de teléfono ya no existe. En mi caso, conservo el teléfono fijo por dos motivos: A mi madre le da más tranquilidad que posea una línea fija para ubicarme, aunque sea más práctico que me encuentre a través del móvil. Y la otra cuestión, es que mi operador de internet asegura que para tener fibra óptica y servicio de internet, necesito esa línea fija. Y a mí que me encanta explorar sobre cuestiones filosóficas, literarias o mundanas, me acabo de dar cuenta en esta misma línea, que nunca investigué si lo que me dijo en su día mi operador de telefonía es real, o es uno de las tantas mentiras que utilizan para "brindar" servicio.

Hasta hace poco, las llamadas entrantes a mi teléfono fijo solo se referían a encuestas o teleoperadores, que siempre te ofrecen lo que nunca necesitas pero ellos consideran que es indispensable, tanto para tu economía como para tu inteligencia de consumidor. Opté, al reconocer un teléfono oculto en el visor, por no atender. Si él se oculta, yo me oculto. Pero rara vez suena para sostener una conversación deseada. Para todos, salvo para un segmento de la población mayor, resulta más conveniente o práctico comunicarnos a través de mensajería tipo wassap. Con una frase corta y un emoticón, uno puede entablar la mínima conversación y lograr su objetivo.

Existen encuestas que confirman que preferimos la mensajería instantánea a la llamada telefónica. La gente con una edad promedio entre 18 y 30 años, opta por enviar al día aproximadamente 80 mensajes en comparación con 12 llamadas telefónicas. Este resultado me sorprende, ya que soy incapaz de realizar esas 12 llamadas en una quincena. Pero viendo a mi alrededor, creo que es acorde con lo que observo. La gente tiene la tendencia de comunicarse más cómodo a través del texto que con una llamada, aún para el caso de gente conocida. Es normal en estos tiempos mandar un mensaje para quedar con alguien, que llamarlo para programarlo. Y lo más llamativo es que a veces, entre compañeros de trabajo, es más fácil escribir un mensaje que levantarse y dirigirse a su escritorio para sostener una charla presencial. Es un fenómeno que parece ir en aumento.

La duda radica en poder precisar que se está dejando en el camino al optar por estas formas. Los jóvenes sostienen que se gana, ya que los adelantos tecnológicos obligan a estar actualizados y a la moda. Pero los habitantes de este planeta que frecuentaron el siglo anterior, pueden considerar que estamos perdiendo habilidades interpersonales. Existe una tendencia a considerar que estamos plenamente conectados con todo el mundo, al mismo tiempo que reparamos que cada día estamos más aislados. Aún creen algunos que sostener una conversación -tanto personal como telefónica- posibilitaba al mismo tiempo poder sostener una conversación o comunicación con uno mismo, es decir pensar, reflexionar y razonar, para actuar en consecuencia. Y otra factor decisivo es poder sostener si estamos o no perdiendo habilidades para transmitir emociones y redefinir el concepto de empatía.

Tenemos miedo de hablar, dudamos cada día más en transmitir emociones, preferimos escribirlas. Perdemos las referencias, mostramos la indignación o solidaridad a través de una acción virtual viral que con la contundencia de la presencia masiva. Es factible que, hartos de convocatorias que han resultado un engaño, recurramos a la tecnología para difundir una imagen o video contundente que en la presencia del cara a cara, siempre habrán de minimizar, justificar o negar. Es factible que la incomunicación de hoy sea fruto y consecuencia de la manipulada comunicación masiva del ayer.

Y tantas veces a nuestros seres queridos dejamos de hacerle una llamada para desearles un feliz cumpleaños o recordarle un aniversario. Quizás nos demoramos más en encontrar una postal virtual o una foto viral que represente el momento, que en marcar -aunque ya no marcamos, estamos totalmente entregados a la tecnología, que memoriza y marca por nosotros- su número y dedicarle al menos un par de minutos en una conversación. También estamos tendiendo a evitar la comunicación cara a cara a la hora ofrecer una contención o una disculpa. Evitamos presencialmente el dolor ajeno, un emoticón representa mejor la realidad de los sentimientos humanos. Dejar un mensaje de texto parece ser menos doloroso para el que lo envía. En todo caso, el receptor ya cuenta con el dolor propio por lo que le ha acontecido, para él es inevitable vivir ese mal momento, da la sensación que no es necesario que ese mal trago sea compartido. Lo mismo sucede con un cumpleaños: ya no es necesario fingir una emoción o entusiasmo que no se siente realmente.

Estamos perdiendo la capacidad del contacto personal. Si no me lo creen, no hay más que aceptar una invitación a un grupo de personas que se reúnen familiar, laboralmente o para rememorar alguna efeméride. Luego de la emoción del reencuentro y de las palabras donde cada uno actualice sus realidades, lo que sobrevendrá será una sensación de estar más pendiente de lo que pueda suceder con el teléfono que con lo presencial. Lo llamativo es que a través de las redes sociales o de los grupos de wassap generados previamente para la planificación de algún evento, las partes se muestran más entusiasmadas o participativas que lo que luego sucede en el espacio físico real compartido. Existe un problema evidente para sostener una conversación interpersonal, somos una sociedad con un pronunciado aislamiento social.

Habitamos más y más tiempo en un mundo de fantasía que el real. Y las veces que debemos recurrir a una intervención social, solemos salir de ella con una sensación de vacío o descontento. Nuestros menores y adolescentes futboleros creen que la habilidad viene determinada por la play station, e intentan imitar movimientos, festejos o reacciones, y no comprenden que el principal secreto para el éxito deportivo proviene del esfuerzo físico, de una actitud en valores y en la solidaridad del conjunto. Si sumamos las intervenciones deportivas que los niños sostienen frente a un monitor, nos daremos cuenta que supera en exceso con aquella interacción personal. Estamos generando deportista de sofá, se los está dejando sin posibilidad de conocer la importancia de pertenencia a un grupo. Sus opiniones o razonamientos están más cercanos a esas comunicaciones híbridas o imágenes virtuales que se compaginan tecnológicamente en los videojuegos que en la propia experiencia o las de sus mayores.

Y estamos sufriendo una notable transformación en la manera de comunicarnos. Se crean nuevos códigos de lenguajes, representado por los chats. Antes de la irrupción tecnológica no se escribía tan mal, y lo peor es que comenzó de forma deliberada con el sentido de una comunicación más fluida y abreviada,  y se convirtió en el uso oficial de transmitir "cultura". Lo que comenzó como el lenguaje del chat derivó en la deformación y eliminación de gran parte del lenguaje. Releyendo cualquier tipo de mensaje escrito en las redes o foros, confirmamos que los jóvenes tienden a ser inexpresivos y balbuceantes, echando recurso de poco más de cincuenta o cien palabras y un sinfín de onomatopeyas o tópicos utilizadas en todo momento. Más de una vez me muerdo por no corregir a mis interlocutores de las barbaridades que exhiben por escrito; y lo más duro es cuando lo expresan dentro de un ámbito de conversación digamos que "filosófica", trascendental, o abierto a personas desconocidas, donde no hay vergüenza o sonrojo por un error ortográfico, se desconoce la regla oral o escrita y se ampara en que lo importante es lo que se comunica, y no interesa el ruido que el horror genere, eso es producto de una "educación obsoleta".


Caminar por las calles, viajar en medios de transporte públicos, convivir familiarmente o en grupo de amigos, nos permite ver la confusa realidad de cabezas agachadas conectadas a la pantalla de un teléfono. La irrupción del smartphones, allá por 2011, puso patas arriba la interconexión, pasando de ser una sociedad imperfecta basada en lo personal a ser una sociedad imperfecta basada únicamente en lo que pasa en la red. Regresando a "Ensayo sobre la ceguera", de José Saramago, "iremos viendo menos cada vez, y aunque no pierda la vista me volveré más ciega cada día porque no tendré quien me vea", así todo, cierro otra entrada del blog confiando que las cosas sirvan para algo, más allá de cualquier obscurecimiento.