domingo, 8 de marzo de 2015

La dicha no es una cosa alegre




Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación. Todo lo poseíamos, pero no teníamos nada; caminábamos directos al cielo y nos extraviábamos por el camino opuesto.
Historia de dos ciudades (1859), de Charles Dickens.


Existen diversas maneras de contar una misma historia. Dependiendo del prisma, de la pasión con la que se vive el momento o con las expectativas que esos movimientos nos generan, podemos definirlos  como el mejor o el peor de los tiempos que transitamos. La iniciación de “Historia de dos ciudades”, de Dickens, reflejaba exactamente las dos aristas de la víspera de la Revolución Francesa. La visión de un pálpito, de que el caos sacará lo mejor y lo peor de nosotros, de la historia de los hombres, de los pasos a seguir.

Somos animales proclives a escuchar las voces de descontento como si fueran una sola, sin matices. En nuestras arengas, solemos involucrar a todo el mundo, aún a aquel al que no consultamos ni solemos o queremos escuchar. Somos categóricos con el sentir ajeno, debemos marcar la tendencia de decir a viva voz lo que está mal, lo que va a peor, y lo que podemos hacer para estar mejor, obviamente si se siguen nuestros criterios “democráticos”, de obedecer para no ser golpista o enviado del demonio. Pero la realidad tiene mil caras, como así también interpretaciones.
Nuestras opiniones suelen tener mejor aroma y perspectiva que la del otro. Con el paso del tiempo esto no cambia. Y yo me pregunto, ¿cambia el mundo con tantas opiniones? ¿Vamos camino hacia algo mejor o siempre aspiramos latente la posibilidad de una nueva revolución infructuosa? ¿Es verdad que hay gente que desea abrir nuevos caminos, buscando reflejar un futuro mejor en los ojos de nuestros niños?
Los gobernantes del mundo insisten en reflejar una única intención: “Dedicar su tiempo en aras de una mejor calidad de vida de los ciudadanos, progresar y aspirar a lograr un estado de paz absoluta”. Es difícil que no se adhieran a estas intenciones los gobiernos de cualquier ideología o formato. El matiz siempre lo tendrá que aportar la población. ¿Cómo lo refleja? Seguramente los movimientos migratorios hablan más de lo que queremos escuchar. Otra forma es la denuncia de apremios ante la carencia de libertades o abusos de poder. Unos verán el mejor de los mundos, y habrá voces que anuncian que no encuentran destellos de futuro. Ante el antagonismo de precisiones, lo llamativo es que parten de dos personas afines en educación, amistad, lazos familiares o residencia geográfica. Es difícil precisar en verdad, cuál de los mundos transitamos.
En setiembre del año pasado, Barak Obama, en una charla de donantes de su partido, se anticipó al rumor de malestar espiritual que nos rodea a una parte de los habitantes del planeta, y afirmó que el mundo no va tan mal, aumentando la apuesta al afirmar que es el mejor momento de la historia humana para nacer. “Nunca se tuvo tantas posibilidades de saber leer y escribir, de estar sanos y de ser libres para perseguir tus sueños”, repitió en el mismo mes en la Asamblea General de la ONU.
Pero en el mismo foro, el sucesor de Kofi Annan como Secretario General de las Naciones Unidas, el surcoreano Ban Ki-moon, predijo: “Este año, el horizonte de la esperanza se ha oscurecido”, añadiendo “Ha sido un año terrible para los principios consagrados en la Carta de Naciones Unidas. Desde las bombas a las decapitaciones, desde las hambrunas de civiles deliberadas, al asalto de hospitales, refugios de la ONU o convoyes de ayuda, los derechos humanos y el estado de derecho están asediados”.
Desde Erasmo de Rotterdam en el siglo XVI, los estudiantes han intentado comprender el interrogante de porque la lectura influye en la mente humana de diversas formas. Influyó sobre la idea de trabajar sobre el conocimiento con dos premisas de un acto antagónico: Por un lado alienta a un cierto aislamiento para centrar la atención en un ideal, y por el otro, nos exige vivir fuera del aislamiento para abrirse a todos los mundos posibles. No es contradictorio, ya que al optar por un nivel de conocimiento logrado a través de la concentración, necesitamos luego cruzar las fronteras para ampliar ese nivel.
Retomando a Barak Obama, en la misma charla mencionada líneas arriba, se animó a decir: “Si ves los telediarios de la noche, te da la sensación de que todo el mundo se derrumba. Y la verdad es que el mundo siempre ha sido un lío. Nos damos cuenta ahora debido a los medios sociales y a nuestra capacidad para ver, en los detalles más íntimos, las adversidades que la gente sufre”.
Un ensayo muy interesante de Neil Postman, quien falleció en 2003, versa sobre la televisión y sus mensajes, tanto los explícitos como los ocultos. En “Divirtiéndonos hasta morir” parte del supuesto que nuestra época está caracterizada porque todo discurso público se reduce finalmente al campo del entretenimiento, y del deterioro actual de la enseñanza. Amplió su ensayo al concluir (recordemos que falleció hace más de una década) que la cultura de nuestra época ha sido secuestrada y sustituida por la tecnología, seduciendo de manera tal, que se impuso a la creatividad cultural. Y se apoyó en dos literaturas que todos consideran enfrentadas, y que viendo las distintas caras de una realidad, creo que se tratan de complementarias: la rivalidad entre George Orwell y Aldous Huxley, a través de sus obras “1984” y “Un mundo feliz”, respectivamente. La primera de las obras se publicó en 1948 y la segunda una década antes, en 1932. En ambos casos, en vez de confrontarlas podemos coincidir en el éxito de ambas profecías.
Más allá de los matices de ambas obras, que nos obliga a dividirnos para aceptar una sobre la otra, parece haber una misma realidad que es que ambos escritores temían, que nos volviéramos idiotas, ya sea por exceso o por falta de libertad. Los oprimidos no pueden pensar y carecen de toda perspectiva, pero los pudientes no quieren ni les interesa pensar. Quizás Orwell se centró más en los estados totalitarios y lo que nos generaría y Huxley en el rol de las personas, en lo que generaríamos. Uno sufría al sospechar que lo que odiamos nos terminará arruinando. Y el otro se afligía porque lo que decidimos amar también nos terminará arruinando.
Las democracias como así también los regímenes se proponen aunarse en la intención de mostrar una especie de Disneylandia a través de su comunicación. El público parece entretenido, pero en realidad no sabe sobre que le están informando. Le presentan a su rival como el eje del mal. Los regímenes lo hacen a través de la comunicación individual, y las democracias ante los supuestos debates, donde la gente antes de sentarse en el sillón, no olvida de ondear la bandera de su partido, mantener fría la cerveza y el pop corn crocante. Pero al terminar, tiene la interna sensación de que no le dijeron nada, pero deben estar prestos al siguiente programa, donde les analizarán sobre el ganador del debate.
Según la perspectiva de Huxley, las personas están tan conformes que no se preocupan. Tienen la carta de la libertad de expresión, pero no suelen comunicar nada importante. El consumo desmedido compensa el vaciamiento interior, anestesiando las dificultades personales. Y a pesar de no tener inclinación alguna, todos optan por programas de auto superación permanente. Huxley temía que a la gente se la controle infligiéndole placer, y me viene a la mente una de las tantas desafortunadas frases de una presidente: “Estamos empecinados en brindar alegría”. La preocupación de Huxley sobre la artificialidad, ya no preocupa. La perspectiva de dar batalla a riesgo de perder aún más la supuesta felicidad, no se contempla.
El panorama de Orwell se centra más en las sociedades totalitarias y en sus prohibiciones, en la extrema vigilancia sobre las personas. Es crítico sobre el afán de dominación sobre los demás, el control del pensamiento y la manipulación de la información. Recuerda que el objetivo es la guerra permanente para informar que se persigue permanentemente la paz. Los estados vigilan permanentemente a sus ciudadanos, tal un Gran Hermano y los ciudadanos ahora optan por defenderse con sus propias cámaras, para poder contar una segunda versión, contundente en imagen, pero débil en resultados, pero percepción al fin, más cercana a “su” realidad.
Pero también encontramos coincidencias entre las realidades que nos legaron Orwell y Huxley. Ambos mundos se rigen por elites autoritarias dispuestas al mantenimiento del propio poder y la conservación de sus privilegios. El materialismo es la esencia del poder y la familia una estructura en proceso de extinción. El matrimonio no existe y la actividad sexual promiscua es alentada desde el mismo estado.
Más allá de coincidencias o divergencias, los mundos de ambos escritores están aquí, instalado entre nosotros. En el plano del lenguaje parece darse la singularidad que la educación es acondicionada por el estado. Las clases bajas, llamadas “prole” por Orwell y “épsilones” según Huxley son sometidas por la embriaguez, el crimen es tolerado, amén de contar con drogas de diseño para mantenerlos estupefactos y maleables.
La pregunta no es cuál de los dos tenía más razón. Mi interrogante es: ¿Cómo predijeron en 1932 y 1948 este tiempo a la deriva? Quizás la derrota de las utopías de izquierda ante el avance del totalitarismo les permitió razonar estas consecuencias. Cada uno escribió una visión de una distopía futura vinculadas a una pesadilla en las sociedades. El termino distopía representa a una sociedad ficticia indeseable en sí misma. Y suele ser introducido el concepto a través de novela, ensayo, comic, serie televisiva, videojuego o película. El rasgo principal, el ataque a los defectos de una sociedad. El termino se introdujo en el diccionario recientemente y lo podemos encontrar como: “… representación imaginaria de una sociedad futura con características negativas que son las causantes de alienación moral”.
Cuando Charles Dickens encaró la escritura de “Historia de dos ciudades”, seguramente estaría sumergido en una profunda crisis, como la que atravesamos la mayoría de nosotros. Dickens, Orwell u Huxley han pasado por la vida discutiendo el mejor y peor de los tiempos. Sin buscar coincidencias o similitudes, ¿Cuántos de nosotros pasamos por esta vida sin plantearnos una sola cuestión trascendental? Todo puede ocurrir y ocurre. ¿Nos sirve de algo el debate? ¿Se estará escribiendo la novela que nos saque del letargo? Mientras tanto, hazte un favor, disimula o maquilla la ignorancia…