“Echar raíces quizá sea la necesidad más importante e ignorada del alma humana”.
Simone Weill
Cuando sentimos que nos hemos alejado de nuestra esencia a un límite de confusión permanente nos acordamos a la desesperada de que existen aún antes que nosotros y que siguen siendo el mejor parámetro expresivo. Han servido a la humanidad como un alma racional y no reciben nuestra correspondencia esencial en la evolución, motivados por el afán de conquistar más y más cemento. Simbolizan la creación, la vida, la belleza, el poder, la fijación a la tierra, las raíces, la ilación o secuencia, la vida y muerte, su mantenimiento y utilidad. Fue elemento sagrado, profanado, divino, conciliador, reparador, útil, desbastado o esquilmado; y en todo este tiempo su presencia nos recuerda el origen, la fuerza de la naturaleza. El árbol no es solo una alegoría permanente, es el barómetro de la vida, la propia y ajena.
