domingo, 4 de marzo de 2018

Resistiré para seguir viviendo

"Hay que dejarse llevar por todo, entregarse a todo, pero al mismo tiempo conservar la calma y tener paciencia. Solo hay una forma de superación que empieza con superarse a sí mismo".
Franz Kafka

Existir es en esencia resistir. Para ello contamos con una poderosa arma, que es la creatividad. Qué mezclada en proporciones con la constancia y determinación, nos permite moldear nuestra mejor forma en ese desierto que es la vida, que tantas veces logramos convertir en un vergel. Resistir es una indudable manera de ser, el movimiento por excelencia de la naturaleza humana. No solo resistimos como queja o manifiesto, también lo hacemos para perdurar, para seguir sintiendo la vida en nuestras almas, y en el proceso, sufrimos por la resistencia que implica la realidad que construyen las diversas generaciones, las de antes o las nuestras, en este mapa que se va quebrando con el paso de la humanidad y llamamos planeta tierra.


Resistir forma parte del legado que el género humano hereda permanentemente. El ser humano es siempre un proyecto inconcluso, aunque tantas veces nos asalta la duda de que está concluido eternamente sin ninguna posibilidad de cambio alguno, como una especie de arte acabado. Para poder existir, nos proyectamos continuamente en un movimiento dinámico. Este activo motor evolutivo tantas veces nos confunde por su falta de energía, si es que parece que nuestro destino permanece estancado, pasivo, dominado por el inmovilismo que nos hace sufrir, dudar, cuestionar o sentir que somos una causa perdida. En ese estatismo debe intervenir la resistencia, el cambio de paradigma, la puerta a abrir por la creatividad, para proyectar un camino de construcción, aunque en el proceso queden inacabados los caminos.

En una entrada reciente, la que mencionaba a George Orwell, finalicé recordando que lo que siempre perdura, más allá de cualquier maquillaje, son las cicatrices de la vida. Dichas heridas se estilan ocultar, como si fuera indigno portarlas. En lo físico optamos por disimularlas, negarlas o eliminarlas con cirugía estética; en lo psíquico, intentamos que se evapore en algún rincón del inconsciente para que nunca más fluya, ni condicione nuestro afán de felicidad; en lo material, escogemos el consumo como la inevitable consecuencia de suplantar lo obsoleto o pasado de moda; en lo histórico, intentamos obstinadamente en cambiar los hechos acontecidos. En cualquier contexto, parece que renegamos de nuestro proceso siempre inconcluso, alterando el verdadero arquetipo de la resistencia. Somos un material continuamente pasado de moda, obsoleto por aburrimiento y por esa necesidad impostada de que lo nuevo es continuo reemplazo de lo acontecido, como si estuviéramos avergonzado del aburrimiento que determina el lento proceso de la evolución. Consumismo se llama, dar la espalda a lo que somos o podemos ser, sería otra opción o sinónimo.

Y es en estos tiempos donde la resistencia no parece llevarnos a nada nuevo. Se resiste como queja, pero no como dinámica de cambio. Se quiere el cambio hecho por el hecho de habernos quejado. Militamos en el absurdo, con la patética convicción de estar rozando el ridículo. Del mero disgusto no sobreviene la transformación. La esencia humana continúa resquebrajándose, disfrazando un discurso ambiguo de progreso por la necesidad momentánea de suplir nuestro aburrimiento. Nos resistimos a reconocer que las adversidades nos hacen sentir como rotos, sin meditar que aún conservamos la capacidad de generar alternativas. Nos dejamos dominar por el concepto milenian, aunque no seamos de esa quinta. Los millennials son personas que se adaptan rápidamente a los cambios, adaptados a una hiperconexión, una necesidad de auto expresarse, relacionarse con la inmediatez y la constante búsqueda de experiencias. La vida ha pegado un salto brutal desde los ochenta del pasado siglo a esta parte, tan inhumana ha sido la evolución, que ha dejado a su paso, generaciones abatidas o fuera del sistema, y a los que soportamos -porque ya no sabemos resistir como concepto- esa transformación, nos dejó instalados en un continuo síndrome de Peter Pan, donde la necesidad de eterna felicidad es una quimera entre tanta impostura por demorar el necesario rito de quemar etapas o acumular cicatrices.

Y en medio de tanta explosión de adelantos tecnológicos, surgió la anorexia física y mental, las matanzas escolares en el sueño americano que parece pesadilla, la toxicomanía como fenómeno social, el recetario medico como medida para paliar la ansiedad o la hiperactividad, el aburrimiento del centro comercial como mensaje incoherente que moviliza, el tatuaje o el piercing como marketing para disfrazar o aparentar con la propia imagen, la alcoholización extrema como búsqueda de la inconsciencia disfrazada de búsqueda de nuevas experiencias, y el aislamiento radical que nos quiere hacer ver que las fronteras mentales pueden ser violentadas al mismo tiempo que pregonamos la tradición como diferencia estatutaria. Una explosión de contradicción en estos nuevos tiempos de resistencia.

Estos procesos precarios que se esconden tras la irrefrenable dinámica tecnológica son denominados individuación, y confunde los conceptos de egocentrismo o autoerotismo con la infinitud del inconsciente, y se caracteriza por la tardanza en ingresar en la vida de tanto ensueño, que demora o distrae el antiguo concepto de resistir para construir. De tanto supuesto salto evolutivo hemos perdido la capacidad de resiliencia, aquel que era un llamado a la protección, compensación o desafío. La pérdida de la filosofía de restaurar lo que duele por comprar para disimular ponen más en evidencia una técnica milenaria generada en Japón en el siglo XV denominada Kintsugi, que encierra una necesaria esencia de restaurar o recuperar un objeto para que luzca más fuerte y conserve el esplendor de su historia.

El kintsugi consiste en una técnica artesanal que permite tomar una cerámica rota y -sin disimular sus fisuras- recomponerla pegando y resaltando las uniones entre las partes con resina espolvoreada en oro, lo que les ha permitido reconstruirse a través de las fallas. Esta técnica pregona que las reparaciones forman parte de la historia de un objeto, que deben mostrarse en lugar de ocultarse o reemplazarlas. En ese proceso la cicatriz no lastima ni humilla, solo embellece al objeto resaltando su transformación o resistencia y dotándola de experiencia y superación.  

Las heridas del pasado adquieren una nueva vida, valorando el peso de las cicatrices como metáfora de la resistencia frente a las adversidades. El amor propio de superar infortunios nos hace gala de ostentar carácter, y el proceso de secado del kintsugi es el factor determinante, ya que la resina tarda entre semanas y meses en endurecerse, garantizando su durabilidad. La cicatriz deja atrás la pulsión por agradar desde la estética, permitiendo cautivar por el simple hecho de superarse a sí mismo. Con el tiempo, la técnica del shogun Ashikaga Yoshimana fue descubierta por los impostores de siempre, llevando a romper de exprofeso solo para recomponer con el hilo de oro y aumentar así su valor, algo así como el arte económico en crecimiento del recetario de ansiolíticos permanente para disimular la impericia de saber escuchar y reconducir al dolorido. Pero lo que debe perdurar es el concepto de que “la herida es el lugar por donde entra la luz”, y donde duele el tropiezo más grande será el conocimiento recibido. Como con el kintsugi, la resistencia es existir, y en ese camino, el incidente doloroso puede ser como una alhaja para el sufriente o para sus seres cercanos, que aprendan o se alerten de que el dolor ajeno puede remediar un propio mal que no es necesario esconder ni reemplazar en el centro comercial más cercano, por más gigas de almacenamiento que la tecnología ofrezca…