jueves, 12 de octubre de 2017

Soy moderno, no fumo más.

"Lo que tenemos son sistemas políticos obsoletos que no saben cómo actuar en la sociedad de la información, una sociedad que sufre un creciente malestar y altos niveles de imprevisibilidad".
Alvin Toffler (1928-2016) – Doctorado en Letras, Leyes y Ciencias.

La tecnología y su planificación necesitan de una fuerza de desarrollo y trabajo más y más especializada para el continuo crescendo modelaje del mundo. Nuestras vidas están dominadas cada vez más por las comodidades, ventajas que la ciencia y la tecnología le están generando a las sociedades. Es como un huracán imparable que no detiene su marcha ascendente, que nos impide a la mayoría bajarnos de ese vendaval, porque se supone que se corre el enorme riesgo de quedar definitivamente relegados del sistema. Pero la sensación concreta es que desconocemos absolutamente el devenir tecnológico del momento, pocas voces advierten que la excesiva demanda tecnológica lo que está logrando, en verdad, es solucionar falsos problemas.


Siempre regreso a la filosofía, tratando tal vez de demostrar su excesiva importancia a la hora de demostrar que no existe proceso racional que no presente un contenido filosófico. No existe disciplina que no presente problemas del conocimiento, del ser, del deber, del deber ser, en la metodología o lógica de las diversas implicancias de nuestras vidas sociales del desarrollo. Con esta lógica del huracán tecnológico, la cultura es el brazo que nos permite observar la tromba, aferrados al árbol de la cultura, que milagrosamente aguanta debilitado, pero aún a pie firme en la tierra.

La tecnología habilita nuevas formas de expresión, pero existe la precisión de que, en verdad, no hay muchas cosas nuevas por decir. Entonces: ¿navegamos casi todo el día en busca de saciar el deseo en aumento de información o por la necesidad de suavizar el aburrimiento o ansiedad? La pregunta no obtiene una única respuesta, pero es obligado detenerse a contemplar al otro -por el hecho que es más fácil que observarse a uno mismo- para ver que la tecnología no aplaca nuestras urgencias, ansiedades o apatías. Si hemos observado el grado de confusión que nos rodea y acelera, no podemos dejar de sentir que la cultura, a pesar de estar cercada por los avances tecnológicos, intenta aún permitirnos razonar y entender el mundo que nos rodea.

La literatura es parte del brazo de ese árbol llamado cultura que nos permite, a través de historias contadas, entretenernos al tiempo que nos ayuda a afrontar este mundo que transitamos. Lo literario suele reaccionar como un analgésico ante el dolor de la existencia, ofreciendo consuelo, razonamiento y respuestas. Pero, como ante la variedad que produce el huracán tecnológico, también lo literario tiene variedad de contraindicaciones, entre ellas, el poder narcótico que relaja, produce sueño y perdida de sensibilidad o conciencia. Es preferible la esencia que garantice el analgésico, ya que al menos trata de calmar o eliminar el dolor, sin esconderlo o narcotizarlo.

Me cuestiono mi doble vida con las nuevas tecnologías. Desayuno frente al ordenador leyendo los viejos periódicos de siempre en las nuevas plataformas digitales; me duele la mano las pocas veces que debo tomar apuntes con un bolígrafo y anotador; escribo en una herramienta producto del desarrollo tecnológico -este blog- pero lo hago de forma no convencional al desarrollar más de cuatro carillas por entrada y muchas veces criticando este desarrollo; no tengo televisión porque reconozco que la tecnología me permite conectarme con el ordenador cuando tengo necesidad de ver algo y no como suele suceder cuando el sofá nos arrastre hipnotizado a ver el televisor aunque no ofrezca nada de interés; compro poco pero compro cosas que necesito por internet; tengo grupo de wasap con amigos de aquí y de allá, familiares, compañeros de estudios, del futbol de benjamines y de trabajo; estudio una carrera universitaria con la modalidad de estudiar a distancia; agrupo la información laboral importante en la nube que me permite mi servidor; almaceno las fotografías personales en aplicaciones tecnológicas; me informo de los diversos horarios de los medios de transporte a través de sus apps; pero, como una resistencia casi heroica, cuestiono la esencia de todas estas supuestas ventajas de las que también me aprovecho al tiempo que me sostengo en la lectura de la literatura o filosofía con el único sistema infalible: el papel impreso.

A través del papel, conecto con siglos anteriores y con las dudas que no sucumben al paso del tiempo. Los problemas fundamentales de la humanidad parecen no ser resueltas con el avance incesante de nuestras tecnologías, a pesar de la sensación de ampliar y enriquecer nuestras vidas. Las heridas que se trasmiten con el ADN del tiempo evolutivo están presentes esperando respuestas, aguardando por sanar las heridas. La tecnología acorta distancias y permite alternativas, pero no puede sofocar el dolor de la pérdida, de la distancia ante un abrazo o beso de contención, del dolor, del amor. La tecnología permite el doble rasero de la cercanía y de alejarte por ser tan cercano. Lo que comienza como ventaja de acortar distancias se convierte en un rechazo a tanta cercanía posible hasta alejarnos más de todo. La tecnología nos aparta de los demás.

Utilizamos poco más del 2% de consumo de energías renovables solares, eólicas y biocarburantes. La razón no es la falta de desarrollo tecnológico, el problema sigue siendo nuestra avaricia, ya que nos perpetuamos en la opción más económica de contaminantes como el gas, carbón o petróleo. Optaremos por la masividad de las energías alternativas en el mismo momento que sean de precio competitivo. Por eso vemos el forzado inmovilismo que proponen las políticas y tratados internacionales, que a pesar de conocer los inconvenientes y sus consecuencias, no termina nunca de avanzar para tratar de minimizar los daños económicos que se están cargando el planeta.

La tecnología nos ayuda a proyectar nuestros cultivos, cosechas, procesos de almacenaje y logística, pero sostenemos sin aras de solucionar las hambrunas producto de las desigualdades o crisis políticas. Es posible el solucionar los grandes problemas con el apoyo de la tecnología, pero es imprescindible contar con la presencia de algunos elementos que tantas veces se resisten a desarrollar su verdadero protagonismo: la población en su conjunto, los líderes políticos – que surgen de tanto en tanto-, las instituciones que deben fomentar las soluciones y la última y como paraguas de las tres anteriores: el razonamiento que nos permita y obligue a comprender y encarar los problemas. El razonamiento necesita a la cultura y filosofía más que a cualquier aplicación tecnológica disponible en estos tiempos.

El fuego, la rueda, la imprenta, el teléfono, los ordenadores y su conectividad, los medicamentos, la robótica, son avances que nos permiten a diario elevar el nivel de conocimiento, comunicaciones o productividad. Pero todos estos avances contrastados no logran por si solo resolver los problemas, aunque enriquezcan parte de nuestras vidas. Hemos superado gracias a la trascendencia de la ciencia, una larga lista de triunfos tecnológicos: el avión, la erradicación de la viruela o poliomielitis, la vacuna contra la tuberculosis, la llegada a la luna, la lucha contra el cáncer, etc. Pero la sensación imperante que nos están “enriqueciendo” con juegos banales o nimios que no nos distraen y enriquecen, pero que “enriquece” por la venta automatizada a empresas cada vez menos ambiciosas para la erradicación de los grandes temas y más ambiciosas por las ganancias y dividendos.


El árbol que mantenga una raíz fuerte y permita detenernos a su amparo para poder evaluar los riesgos de tanta velocidad tecnológica, será el que nos ayude a sobrellevar las ansias a tanta sobrecarga de expectativas al tiempo que proponga el razonamiento permanente para afrontar los constantes retos de nuestra existencia. Ese largo brazo de ese inextinguible árbol debe seguir siendo la cultura y su razonamiento. Aún para poder correr, se debe razonar sobre las fuerzas existentes para sostener un ritmo. La literatura y la filosofía son las herramientas o aplicaciones más modernas y vigentes para poder comprender el hiperactivo y al mismo tiempo tedioso mundo que vivimos…