martes, 21 de febrero de 2017

Cambia el modo de pensar, cambia todo en este mundo

“A fuerza de mirar, uno se olvida de que se puede ser también objeto de miradas”.
Roland Barthes

Resulta habitual escuchar en campaña, a cualquier candidato asegurar la fórmula para detener la desocupación. “Generaremos más de un millón de puestos de trabajo”, es un slogan de lo más trillado. ¿Cómo? ¿En cuánto tiempo? ¿De qué manera? Todos esos interrogantes no se contestan, la mera formulación de la promesa parece ser el único aval para llevar adelante la conciencia de las personas. La mera mención de puestos de trabajo genera un efecto hipnótico para muchos, otros creen que se puede tratar de un falso slogan. Como aquel que todos se empecinan en repetir: “pobreza cero”. Es absurdo, pero aún se cree. George Orwell lo denominó en su novela 1948 “hechos alternativos”. La frase que hoy tiene triste vigencia tiene su origen en 1945, pero sigue siendo representativa de la manipulación.  


Si bien hoy día la proliferación de medios de comunicación parece dificultar el uso de slogans sin inmediatas consecuencias de desenmascarar, seguimos analizando la vigencia de aquellos hechos alternativos. Sin embargo, el eco de los propios medios y la virulencia de la propagación informativa, perciben la realidad de manera efímera, y tantas veces pasando desde la mordacidad inmediata a la indiferencia de pasar desapercibida. Parece ser que no hay más sentencias condenatorias, que aquellos dos o tres días que dure la aspereza de los primeros ecos. Una semana después, los hechos alternativos ingresan en el triste archivo de la tibieza o indolencia.

Cuesta encontrar en estos días información sobre hechos alternativos en google. La búsqueda acapara a Donald Trump a través de Kellyanne Conway, una de sus asesoras. En la banal discusión sobre si los asistentes espontáneos a la asunción de Donald Trump habían o no superado a los de Barak Obama. El secretario de prensa de la Casa Blanca, insinuó que unas 720.000 personas se habían congregado en el acto de asunción del nuevo mandatario, dejando entrever que no disponía de datos exactos de asistencia pero que así todo eran mentiras que Obama hubiera alcanzado más adeptos en su momento. Las redes sociales se encargaron en el acto de mostrar fotos de ambas ocasiones, donde la observación directa permitía confirmar la falacia de lo expresado por la Casa Blanca. Hasta ahí nada que hoy no sea habitual, la vara de medir militantes difiere según quien lo mida. El problema surge cuando el “sesudo” análisis de Conway atribuye a esas supuestas falsedades informativas como una presentación de “hechos alternativos”. Ahí se encendió el recuerdo del “Big Brother”, allí la gente salió de inmediato hacia sus bibliotecas personales o hacia las librerías para agotar el stock de 1984, la obra de una sociedad futurista gobernada por un “partido” que controla todos los aspectos de la vida de la ciudadanía. De George Orwell escribiré en breve, ahora los hechos alternativos nos llevan a desandar los peligros de permitir el uso de esa frase.

En 1850 aparecieron las primeras cámaras fotográficas y se supuso que la imagen fija o en movimiento captada por estos aparatos, pasaría a ser considerada como el testimonio incuestionable y directo sobre la realidad, sobre la verdad. La impresión que estallaba en los ojos de los observadores inmediatos de aquellas primeras fotografías hacía suponer que la realidad exacta quedaba retratada, que se terminaría el debate sobre la interpretación diversas sobre un mismo hecho. Pero como todo invento revolucionario, el paso del tiempo no logró confirmar su ideario inicial y la polémica se mantiene vigente, casi doscientos años después. Los hechos alternativos también se sitúan sobre la superficie de las imágenes -y también de los videos, asombrosamente-, aquella ficción orwelliana nos supone atrapados en discusiones vacuas, Photoshop o retoque mediante.

Entonces la proliferación de teléfonos inteligentes nos permite acceder a todo tipo de información al instante. La posibilidad de captar fotos o videos de hechos trascendentes parece aclarar de forma inmediata las diversas interpretaciones que han de alterar a posteriori los participantes. Pero a pesar de la contundencia de las imágenes, la disputa ideológica o dialéctica se mantiene, obstinada. Vemos las imágenes, observamos el vídeo, pero nos encontramos casi prestos -luego de superar los primeros momentos de confusión tras el descubrimiento del delito o del hecho cuestionado- con la aparición del tan mentado hecho alternativo. Si buscamos ejemplos, veamos un video de cualquier protesta callejera. El posterior análisis hablará de sensaciones, situaciones o efectos que no se hacen presentes en la mera interpretación de lo registrado. Pero de forma increíble, suele saciar la necesidad perversa del militante, de creer que la interpretación del hecho alternativo supera lo crudo que se está observando. Observé a gente contando millones de euros o dólares robados del presupuesto de obras públicas y luego díganme la interpretación que prefiera. Y sosténgala como hizo Conway casi sin sonrojarse.

“Este libro defraudará a los fotógrafos”, advirtió Ronald Barthes en 1980 al anunciar la publicación de “La cámara lúcida”, referencia casi inmediata de reflexión en torno al valor de la imagen. De forma velada -perdón por el infantil juego con la palabra- Barthes sostuvo que la imagen se diluye en la misma medida que el discurso del hombre se muestra consistente. Y es llamativo ese efecto, ya que una fotografía debe ser más que una prueba: no nos está ofreciendo lo que ha sido, sino que demuestra lo que ha sido. Si bien Barthes aclaró que su libro no estaba dirigido a la experiencia del fotógrafo, sino que su mirada se reducía a “a la del sujeto mirado y la del sujeto mirante”, la emoción o el instante mismo en que la espontaneidad deja paso a la postura, nos obliga pensar si la imagen no pasa a ser un hecho alternativo. Miremos nuestra foto de perfil de red social. ¿Cuántas veces hemos dudado de que seamos esencialmente nosotros los allí posados?

Henri Cartier Bresson, el padre del denominado foto reportaje, llamó a la fotografía “el instante decisivo”. Pero la representación de toda una historia a través de una imagen puede ser incompleto. Y la captación del momento puede no representar la historia del momento. Finalmente, el gran descubrimiento quedo atrapada en la manipulación, ya que una fotografía tantas veces no es inocente. En el momento de su propagación, nadie se detuvo a alertar que una fotografía es un instante y no siempre es la muestra cabal del realismo. Entonces una comparación fotográfica entre dos asunciones presidenciales en el tiempo, puede llevar a la utilización de los hechos alternativos. Empíricamente, seguimos atrapados en la necesidad de detectar la verdad y falsedad de las cosas. Y la dualidad se sostiene y se sostendrá en la tozudez, la tozudez de los hechos y de los deseos de ver el hecho.

Cada encuadre escogido, la necesidad de una luz determinada, la posibilidad del retoque posterior hace que aquella instantánea poseedora de la irrefutable muestra de la realidad haya perdido frescura, que haya perdido espontaneidad y se haya sumado a esa discusión sin triunfadores sobre los hechos. Dejando de lado la fotografía, la discusión es más extensa, vincula directamente uno de los grandes problemas de la humanidad a lo largo del tiempo: ¿Las cosas ocurren de una sola manera, aunque se antoje difícil descubrirlas? Parece ser, visto nuestro accionar, que las emociones humanas tienden a partir del convencimiento de los hechos, en la medida que nos convengan, más allá de su veracidad. Este hecho -que no es el mencionado hecho alternativo- existe en la actividad familiar, social o política.

Desde pequeños nos hemos acostumbrado a “jurar”. Al principio con hechos vinculados a travesuras o actos erróneos. Luego juramos una religión, una constitución, una patria, un vínculo, una fidelidad, una ética, la veracidad de un testimonio, una continuidad de principios. Vivimos bajo juramento e íntimamente sabemos que lo hemos falseado o defraudado más de una vez. Un juramente tiene una absurda vigencia, ya que no suele describir lo que ha sucedido, sino lo que a veces se necesita que suceda. Los hechos alternativos están presentes en cualquier juicio o tribunal. Si lo han presenciado alguna vez, bien sabe que tantas veces el testigo directo o acusado ya no será necesario. Entre su abogado personal o acusador, testigos de unos y otros y el jurado o jueces, se encargarán de describir la realidad que cada uno desea demostrar. Ese pequeño escenario que es la vida, demuestra en la soledad de un juzgado que, o representas la obra lo mejor que puedas o dejas de ser el testigo directo, para convertirte en el testigo del hecho alternativo que las partes intentará demostrar.

Las mentiras contadas miles de veces logran convertirse en verdad. Las fragilidades de estos hechos están sustentadas en que solo los queremos ver desenmascarados en procesos políticos -que en verdad son fragantes- pero nos olvidamos de nuestra propia manipulación reducida a nuestro pequeño mundo, a nuestro ínfimo espacio. Levantamos el grito de inmediato ante la arbitrariedad ajena, pero seguimos fallando en el sinceramiento interno, aquel que nos lleva a colgar una foto radiante de nuestra persona, o a jurar en vano, a falsear un CV, a evadir impuestos, o contar una historia paralela a lo que hayamos realizado. George Orwell no descubrió el hecho alternativo o la pos verdad. Lo que logró el escritor británico fue, a través de una historia de ficción, intentar explicarnos que la realidad, como la felicidad, o la pasión, son grageas y no momentos interminables. Entonces aquellas frases o hechos desafortunados no dejarán de ser inevitables, lo que podremos hacer es evitar la rítmica frecuencia de nuestra mentirosa existencia…

PD: aclaro que las fotos de cada entrada son montajes, no puedo ampararme en que se tratan de hechos alternativos…