jueves, 28 de enero de 2016

Y sin embargo lates, aún puedes abrirla


La diferencia entre estupidez y genialidad es que la genialidad tiene sus límites.

Albert Einstein

Cada uno integra la red a su manera. La esencia democrática del desarrollo de las tecnologías te permite decidir tu participación. Puedes ser un concurrente pasivo, que privilegia la lectura de lo que otros generan; puedes emitir libremente tus comentarios o opiniones, con la libertad de que lo que opines no debe ser obligatoriamente cierto, fiable o trascendente; y están los que la utilizan activamente, aún a riesgo de enfermarse de participación y conectividad. Hace unos años, escogí participar con mi blog, y contrariando la tendencia, cada vez que actúo, les dejo un rollo comparable a cuatro o cinco folios de Word. No utilizo hipervínculos ni menciono fuentes de observación, pero al mismo tiempo he sacado provecho al manantial informativo que el sistema ofrece.


La literatura también se resiste, a través de un importante número de autores, a formar parte de las redes sociales, como los casos de Ricardo Piglia o Michel Houellebecq. Pero la barrera se acorta, el hielo se derrite dejando entrever un considerable incremento de usuarios activos.  Los mecanismos son diversos: un chiste, una reflexión, autopromoción, novedades literarias, links donde se promocionan entrevistas, anticipos de ficciones o el mero seguimiento de la relación con sus seguidores, opinando sobre lo que piensan de la realidad cotidiana.

Y es que para un escritor no debería resultar difícil encarar las redes sociales, ya que seguirá valiendo la misma materia prima que saca adelante su trabajo: el lenguaje. Pero lo que es verdad, es que lo que se tiene en cuenta es la profesión de escritor a la hora de valorar una frase o un tweet. La red espera de una intervención de un literato una perfección similar a la de entregar a una editorial un microrrelato destinado a la inmortalidad. Y los escritores que se han ido incorporando a las redes sociales, al principio con reparos, para luego adoptarlas como mejor mecanismo de prensa, estiman que tanto Facebook como Twitter ya funcionan como géneros literarios.

Y la red que propone compartir información y contenidos, también alberga en su conexión un "mundo" de inquisidores, dispuestos a renovar la hoguera ante un comentario desafortunado o contrario a nuestro sentir. Es llamativo observar el revuelo que genera una frase limitada de caracteres, como las que propone Twitter. En cuestión de segundos, la pira se observa desde cualquier continente. Luego de un vapuleo interesante, donde los mismos antiguos medios de información comunican del revuelo armado, los hashtags se renuevan y se diluyen, la manada busca la huella de sangre en otra arroba. Entre los escritores, el que más impronta deja en ciento cuarenta caracteres es, Arturo Pérez Reverte.

Andy Warhol predijo: "En el futuro todo el mundo tendrá sus quince minutos de fama". La frase responde a la síntesis impuesta por las redes de vanguardia, y al mismo tiempo acierta de pleno con la trascendencia que pueden tener nuestras acciones, dichos o suspiros en las nuevas demostraciones tecnológicas. El mencionado Pérez Reverte ha visto aumentar sus seguidores -entre los que me encuentro- con una serie de reflexiones que hacen diana con el sentir general, pero al mismo tiempo encienden emociones o pasiones a favor o en contra del escritor cartagenero. Lo que llama la atención es la trascendencia que toman sus frases, más allá de su calibre. Sus intervenciones suelen devenir en facts - hechos, en inglés y que refiere a actuación o aclaraciones exageradas, presumidas o desafortunadas-. Los facts se suelen distinguir, más allá de la viralidad de su #, por el irreprimible deseo de crítica o burla por parte de la sociedad mediática. Se genera un fenómeno que de tan increíble, es absurdo: en cuestión de minutos, no te da tiempo a leer la intervención de los diversos tuiteros o retuiteros.

Con la misma postura combativa que el Capitán Alatriste, Pérez Reverte no duda en batirse a duelos de ciento cuarenta caracteres. Sabe que sus discusiones finalizan generalmente en la prensa escrita, por lo que la sospecha es percibir si le interesa o no ganar las disputas o promocionar su persona. "No pierdo lectores por Twitter, gano tuiteros" suele reconocer. Lo que sí le preocupa es que se lee menos literatura a causa del uso de internet. Él mismo, considerado un lector voraz, ha modificado considerablemente sus prácticas de lectura. En el pasado, predominaba la imagen de una biblioteca al mencionar a Jorge Luis Borges. Hoy, no podemos obviar las redes sociales y el ícono del pajarito o el me gusta como el soporte fundamental de la literatura y sus efectos.

Aunque nos moleste, nadie puede dudar la enorme influencia que sostienen las redes sociales, fundamentalmente Facebook o Twitter. Se ha creado una nueva era en materia de comunicación, un carro donde los famosos, al menos los de popularidad, no quieren faltar. Estos servicios parecen condenarnos a olvidar el concepto de privacidad, tal vez George Orwell de vivir, podría aclararnos sus pros y contras. Tal vez Orwell, a la manera de 1984, pudiera ser gráfico para mostrarnos que a través de estos sitios, hemos creado unas telepantallas que desvelan nuestra intimidad, sin la necesidad que nos espíen los estados. Tal vez, y me resisto a imaginarlo, Orwell promocionara sus jornadas de escritura con un twett temprano del cariz: "Me he olvidado el cargador del móvil. Temo quedar desconectado en menos de dos horas con la humanidad".

Nos dan a entender que todo lo que sucede, sucede a través de las redes. Hace unos meses, y entrada la noche, completando un trabajo para la universidad sobre el uso de la herramienta Twitter, me enteré de los atentados en París a través de una seguidilla de mensajes; de otra manera me hubiera informado recién al día siguiente, en el momento de encender la radio a la hora del desayuno. El efecto fue demoledor, me atrapó la pantalla por más de una hora para observar una seguidilla de lugares comunes, matizados con un mínimo de información sobre lo que sucedía; pero de una manera extraña, tuve la sensación de que estaba terriblemente informado en ese instante. Entonces aparece otra conclusión, de las que muchos temen reconocer, sobre todo aquellos que como yo, no formamos parte del colectivo denominado nativos digitales: Twitter en realidad no dice nada, es como la placa de anticipo que podemos registrar en los medios de información cuando nos adelantan que algo grave o conmocionante, se está registrando. Pero no dice nada, es un submundo gigantesco pero no por la información, sino por la cantidad de conectados necesitados de reflejar la actualidad como testigos privilegiados. Pero así todo, nos obligan a creer que todo pasa por las redes.

En las redes sociales no cuenta el contexto y los debates suelen asemejarse a promociones o anticipos. Para los mayores, la velocidad es enemiga de la reflexión y para los que somos prestos al replique, la velocidad puede ser sinónimo de inteligencia, pero también una práctica de minorías. Así todo, en la red alterna ingenio con frases que más de uno se arrepiente al poco de escribirlas. Quizás esto último sea el gran secreto de porque la turba las prefiere: porque aguardan agazapados que alguien meta la pata en su afán exhibicionista.

Umberto Eco declaró a los habitantes de las redes como una legión de idiotas que se creen con el derecho de hablar. Y allí puede entrar el contexto: las redes y la tecnología desarrollaron un nuevo mundo y manera de comunicarnos, pero falta aún el desarrollo del intelecto para que esa universalidad sea valorada. Para volcar ironías, frustraciones, despecho, denuncia, odio o inteligencia, solo hace falta tener una conexión a internet. Para que sea atractivo, primero la persona deberá serlo. Y ese no es un don que abunde, no es como la cantidad de servidores que nos ofrecen conexión a buen precio.

Utilizo la tecnología para difundir este blog, defiendo el uso de las redes y la navegación en busca de cantidad o calidad de contenidos. Pero le resto el glamour que la mayoría quiere instalar sobre los tiempos que corren. Puedo estar atento o sensible a un twett de Pérez Reverte, Muñoz Molina, Saldman Rushdie o Margaret Atwood. Agradezco la supuesta democratización y falta de censura sobre quien emite y construye información. Sólo me quejo de la rotundidad de definiciones, con el riesgo que en realidad lo que aquí les comparto forme parte de otro Perogrullo, y que yo sea uno de los dos mil millones de pollos y gallinas que picotean día y noche banalidades, rebuznos y sandeces en los teclados de las tabletas, como tan bien lo graficara Manuel Vincent, quien vaya paradoja, tiene cuenta en Twitter.