sábado, 16 de mayo de 2015

Los lunes al sol, aún hoy



“Sólo los jubilados y los parados pueden gozar del sol los lunes”.

Rompiendo una costumbre, vaya a saber cuándo adoptada, acepté los otros días rever en la televisión una película ya vista. Quizás porque hay momentos en la vida que un hecho se convierte en emblemático o significativo, uno guarda relación de antiguos films con hechos puntuales de su propia existencia. Así “Forrest Gump”, “The Truman show”, “El profesional” o “El príncipe de las vanidades”, generan en mí un recuerdo reflexivo o emotivo ante la sola mención de su titulo. Con “Los lunes al sol”, recuerdo una de las primeras películas que he visto en España. Sin saber que trece años después, mantiene una vigencia de crisis, y yo una crisis vinculada a una edad y a una relación de dependencia cada vez más limitada.


Finalizando el primer verano en el País Vasco, decidimos ver la película dirigida por Fernando León de Aranoa. Las críticas positivas recogidas por los diversos medios de comunicación, allanaron el camino de la elección. La idea de un film social, similar a los argumentos habituales de directores tales como Ken Loach, Mark Herman o Laurent Calvet, permitían revelar los efectos de un capitalismo que hacía daño a un país, que a grandes rasgos ignoraba en gran escala, el fenómeno que más tarde sobrevendría. Las supuestas bondades de una sociedad opulenta desmentía la existencia de estos grupos con conflictos.

No era la primera película que miraba en la península, pero ya primaba una resistencia ante el hecho de ver cine doblado, en vez del acostumbrado subtitulado. Pero este se trataba de un film español, y como sorpresa llamativa, comprobaba que para muchos ibéricos, el cine local no guardaba confianza, ilusión ni afición entre parte de su público. Se daba el caso que valoraban mejor el cine argentino que el propio, cuando nosotros en Argentina, sin generalizar, solíamos manifestar lo mismo, pero al revés. En mi caso, si la cinta era de origen nacional, la subestimaba sin información previa; en cambio acudía sin miramientos si el filme era producido en la madre patria.

Desconocía los nombres de Javier Bardem, Luis Tosar, José Ángel Egido o Nieve de Medina. Ignoraba la situación de los trabajadores de la Naval en Gijón o su relación con los antidisturbios, y desatendí una realidad que una década después, me encuentra instalado en un intríngulis: la resignación de un parado de considerable duración, aunado por una masa que comparte desconcierto, pereza de conformidad y edad que se considera una contra casi insalvable. Me vuelve la sonrisa recordando una frase de Ringo Bonavena, boxeador argentino de los setenta del pasado siglo: “La experiencia es un peine que te ofrece la vida cuando te has quedado calvo”.

A la gente del film no le sucede nada bueno, desbastándolos. La ruta que pueden tomar es la del absurdo, de la confusión, del errante que necesita creer que el cambio o el reverso de la moneda serán inminentes. El trabajo precario, el deterioro de las relaciones que la larga duración del parado genera, el abandono propio y cercano, el fin de mes que no difiere del principio, las entrevistas laborales que se van espaciando, una cuerda floja de la vida que está cada vez más tensa, todos esos rasgos lucen los actores para graficar la historia. 

“En Australia hay curro (trabajo). Aquí no”, dice el personaje de Bardem, Santa, en una confesión sui generis en una mañana de lunes. “¿Sabes por qué a Australia le dicen las Antípodas? Porque es lo contrario: allí se folla, aquí no”, reforzaba la gravedad de la situación ibérica para movilizar al personaje de José Egido, Lino, quién intenta mantener una lucha desigual por disimular el paso de los años y la competencia desleal que proponen los jóvenes, no tanto por estar más formados, como por la posibilidad de ser más fácilmente puteados y recortados. Recostados sobre un acantilado, la conversación es recordada por todos los que observaron el film, porque el guión matizó el drama social con tonalidades cómicas o amenas. Sentado en mi butaca, me hizo ruido la mención de que el paraíso está siempre en la otra esquina. Yo acababa de finalizar mi primer verano como camarero en una localidad turística, y si estaba en la tierra de mi viejo, era porque también participaba en la quimera de encontrar el lugar ideal, donde se cumplan los ideales de los mortales.

Una década después me vuelve a molestar un diálogo del rodaje. A la hora de encarar, en una sucursal bancaria, un trámite que en aquella época no negaba nadie, ni se analizaba, que era el solicitar un préstamo, a los personajes de Luis Tosar y Nieve de Medina (José y Ana), el empleado de banca, decide denominar a la esposa como sujeto activo, confiriéndole el título de parásito social a su marido, por atravesar un período sin trabajo. Al volver a presenciar la escena, me apiadé de muchos, yo incluido, y recordé cuando un familiar atravesó un largo período de sequía laboral, y que al menos intentaba llamar para conversar unos minutos, con la esperanza de que siguiera sintiéndose visible, en esa lucha desigual y despiadada. Más adelante lo hice con un amigo conocido en Plentzia, y él me ha retribuido su amistad con una permanente atención sobre todos mis estados. Entre todos podemos mantenernos palpables.

Los domingos suelen ser tediosos para los trabajadores. El correr del festivo universal modifica los humores, amargando el anochecer. Pero para los parados, el domingo es algo mejor, porque al menos está acompañado por sus seres queridos. Lo que se hace difícil es el interminable y solitario lunes, que más allá de algún momento de ilusión, de que la semana puede llegar a ser distinta, convive con la perezosa y monótona rotación del sol para anunciar, de una buena vez, el atardecer, y con él, el fin de la sentencia mental que quema. Y como razonar esos días iniciáticos de la semana cuando siquiera deseas acercarte al supermercado, no sea cosa que la gente compruebe, que a horas laborales, estés paseando por las góndolas, mirando las ofertas del día y decidiendo que comida vale la pena digerir para purgar la condena de no estar ni conseguir curro.

“Dos viejos camaradas de partido se ven, y uno dice al otro: ¿Has visto? Todo lo que nos contaban sobre el comunismo era mentira. El otro le dice: Pero lo peor es que todo lo que nos contaban sobre el capitalismo era verdad”, la voz simpática del inmigrante de turno, el soviético Serguei, quien con hilaridad pero con contundencia nos recuerda la desprotección social y la permanencia de los mitos, que aún la realidad no permite desmontar en el tiempo.

A veces no sabemos reubicarnos ni reinventarnos. Esto genera un complejo de culpa y de inferioridad, que lastima. Sospechamos que el prolongado silencio laboral estará a la vista de todo aquel que revise tu vida laboral o tu currículo y confirme que tu capital humano está depreciado por la larga estancia en ese desempleo. Un drama social en España que confirma que el 48% de los parados son de muy larga duración, contrasta con políticos de toda edad, que utilizan ese flagelo como estandarte de un cambio a prometer que no habrá de llegar; la oposición juzgará al gobernante, este a la coyuntura y a la herencia recibida, pero nunca, y nunca es nunca, tendremos en primicia la voz que formule el verdadero cambio.

La película generó en mí un dilema hace unos años que recién ahora con su repetición animo a responder. ¿Cómo es posible que un cine social vaya por delante de una situación que pocos años después se generalizaría en todo el país? Quizás la respuesta fuera fácil. Un gran golpe comienza con pequeños sismas, y aquel film no estaba adelantado, representaba un mal menor que a pocos importaba. A mi quizás en ese momento me dolió tanto como hoy porque venía de un país en crisis, y ese año 2002 había sido quizás el más nefasto para todos. El cine es un espejo con un ligero retardo, ahora no sufro por mi Argentina, sufro por mi realidad y la de algunos amigos. Y creo lamentablemente, que si la película se hiciera hoy, sería igual, salvo quizás la ausencia de Bardem, ahora consagrado a trabajar lejos del sol detenido en la península y al abrigo de Holywood.

El nombre Los lunes al sol es metafórico, era más musical y esperanzador que mencionar la palabra paro. Pero el nombre tampoco era un paso adelante, en 1998 un  movimiento radical francés de “parados, precarios y sus amigos” ocuparon oficinas de empleo y restaurantes de lujo y se llevaban sin pagar mercaderías de los supermercados. Algunas miradas sobre la película vista en aquel verano, confirmaban que era una buena representación de un drama humano, pero que esperaban otra cosa, tal vez motivados por que a nadie le gusta observar dos horas en crudo, a gente que tenía como nosotros trabajo, y ya no lo tiene. Gente que mantenía un vínculo familiar y que a causa de la crisis, lo han perdido o se ha resquebrajado. No intentó filmarse como un manifiesto, sólo hizo visible la existencia de un doloroso problema.

Unos días atrás, una noticia en el periódico alertó sobre el inminente cierre de un banco de alimentos en Toledo, por falta de recursos económicos. La crisis se mantiene en la península, el desconsuelo parece estancado. Quizás el personaje de Lino intenté prolongar el subsidio o renta activa de inserción. Algunos otros recuerdan con nostalgia, cuando en los dos mil escupían al cielo indignados por no poder salir del mundo de los mileuristas y dos quinquenios después, reforma laboral mediante, su sueldo no alcanza los mil euros ni sumando la paga extra, pero nadie osa quejarse. Las cosas cambian, pero lo cíclico se estaciona para avisarnos de lo pendiente que persiste. Al terminar la repetición de la película, recordé el nombre del banco de alimentos en problemas. ¿Lo adivinaron? El mismo que el movimiento radical francés, el mismo nombre que consagró a Tosar y Bardem y desnudó a un país que creía ser rico y ahora espera que el sol no salga solamente en lunes.