domingo, 18 de febrero de 2018

Cuidaremos la flor de este planeta de arena


"La mayoría de libros que he leído sobre la vida interna del hombre, tengo que decírtelo, están más lejos de la realidad de lo que puedes imaginar. Los científicos siempre te dicen que los hombres piensan en sexo cada seis segundos, pero ¿alguna vez has visto un libro que refleje las grandes sensibilidades masculinas?"
Junot Díaz, escritor dominicano contemporáneo.

Si la literatura desarrolla escenas conmovedoras, dramáticas o desgarradoras, es que forma parte de la realidad que acompaña el desandar de todo ser humano. Se dice que se alcanza el clímax en la trama de cualquier buena ficción. Nos mantiene aferrados a los brazos de nuestra silla o sillón, o con el cuerpo bien tenso incrustado en el duro asiento del metro, a la espera del desenlace de ese momento crucial. Es una situación difícil de encarar, donde se busca un estado de equilibrio o de tranquilidad para destrabar ese nudo que sabemos que será determinante para el desarrollo de la trama. Y lo asumimos como algo natural, de ahí que la pregunta que me hago en esta entrada es porque podemos enfrentar una trama conmovedora o desgarradora con esa intranquila naturalidad, y somos un manojo de tensión, incomodidad o agobio, cuando nos encaramos en el plano narrativo con una escena plena de erotismo y contenido sexual.


Y el interrogante incluye al escritor, ya que parece ser tabú o una incursión demasiado intimista del narrador a la hora de precisar con letras, una escena de intimidad sexual. Saber cómo incluir o insinuar detalles que se precisen sin parecer que se han excedido en la especificación, parece ser una duda que asalta a todo novelista, porque la referencia de pornografía asusta a más de uno, de tal modo que tantas veces les consultan por una secuencia que quizás no ha sido determinante en la totalidad de la trama, pero que el crítico o entrevistador se detiene con énfasis para conocer si esa secuencia erótica, sensual o sexual es o no una vivencia autobiográfica.

El sexo se sobreactúa en el cine y no parece posible producir un guion sin eternas escenas de amor corporal maratónico. En la literatura, tantas veces desde el momento inicial que se trasciende intimidad individual o de pareja, la escena suele derivar en el movimiento de unas cortinas que alejan dicha intimidad, solo dejando sentado la existencia del momento. El amante de Lady Chatterley, de D.H. Lawrence, sufrió por más de tres décadas la prohibición en el Reino Unido, recibiendo el mote de escandalosa o polémica. Si nos situáramos en su época, año 1928, lo podremos considerar como los primeros años del comienzo de la liberación de las mujeres, incorporándose lentamente al mercado laboral y dejando un poco de lado, su único rol permitido: el de esposa. Además, no se trataba solamente del cambio social de la mujer, ya que se estaba produciendo el desmoronamiento de una hipócrita clase alta británica que desencadenó un inevitable cambio en el paradigma de las estructuras sociales. En ese contexto, Lawrence precisó en su “endiablada” literatura, los diversos aspectos de la relación entre hombres y mujeres, con sus tensiones y conflictos, defendiéndolo como una concepción natural, antes ignorada o reprimida por su artificialidad o deshumanización.

Lawrence aportó una nueva manera de decir las cosas, en un momento en que Virginia Woolf o James Joyce -considerado un profundo libidinoso-, se destacaban por imprimir a sus prosas, un profundo detalle íntimo a los personajes de sus narraciones, dando paso, con muchos requiebros, al modernismo inglés y a una nueva manera de contar historias. En ese entonces, el intentar narrar las emociones sexuales, instintos y pasiones elementales existente en todo ser humano, fue considerado como narrativa sexual, y, por ende, envuelta en polémica. Lawrence, contrariando los cánones de la época, dio forma a sus “impúdicos sueños”, permitiendo traspasar una supuesta prohibida frontera. Sus textos fueron mutilados por editores o censores, alegando que el lector no quería pasar un mal momento, molesto o aterrado por los excesos o la innecesaria presencia del sensualismo intimista de cualquier pensamiento humano. Recién en 1960 se levantó su prohibición en Gran Bretaña, pudiéndose publicar la versión completa que reflejaba las relaciones entre una protagonista (Constance) y su guardabosque (Oliver Mellors) donde se destacaba el poder regenerador del sexo frente a una sociedad cada vez más deshumanizada, producto del cambio industrializado que se vivía. En un tiempo más normalizado -tres décadas después- el libro no fue considerado pornográfico y peligroso, sino como una representación lirica de la vida emocional de las personas. Nada más que eso, y por eso, tantas décadas proscripto.

¿Es necesario escribir de sexo? ¿cuánto sexo se considera demasiado sexo? ¿genera más lectores la presencia del sexo? ¿no es que el sexo forma parte de nuestra esencia como para poder desarrollarlo en la literatura? Javier Marías alguna vez declaró que “el erotismo no da para mucho y supone una derrota casi segura para casi todos los escritores” haciendo referencia a la dificultad de escribir sobre sexo sin caer en excesos o cursilerías, ambos extremos tan temidos y anti literarios. La espada y la pared de una profunda pluma parece ser la chabacanería o la tenue insinuación al no mostrar nada. La frontera entre el mal y buen gusto parece inexpugnable aún hoy, cuando parece haberse roto el veto sexual en una trama literaria.

Para un escritor, poner el sexo en palabras parece una encrucijada. Arrastramos trabas que nunca nos permiten considerar oportuno su manifiesto. Nos refugiamos en metáforas o símbolos para no caminar por territorio minado y no mencionar directamente una presencia esencial en nuestra vida diaria, la presencia o ausencia de actividad sexual y sus pensamientos o perturbaciones. Resulta incompatible relacionar la actividad, deseo o pensamiento sexual con el resto de actividades diarias que desarrollamos o postergamos. Mantenemos una libre consideración social para manifestar las actividades desarrolladas en una jornada, pero nunca se puede incluir en esa emancipada declaración, lo que hemos hecho en la intimidad con nuestra pareja o en un arrebato necesario de soledad. Es como si hablar de nuestra actividad sexual nos acercara más al reino animal, alejándonos de nuestra condición de seres racionales. Tomamos el sexo como algo irracional, cuando tantas veces lo programamos o anhelamos con plena conciencia.

Un escritor debe vivir todas las experiencias que describe, pero se le suma su imaginación a la hora de desarrollar una impronta. Si la temática alude a un asesinato, nadie ha de considerar que el escritor ha incursionado en las diversas artes de ejecución para reflejarlo literariamente. Pero si desarrolla una acción de contenido erótico o sexual en sus trabajos, inevitablemente caerá la sospecha de que lo descrito es una referencia autobiográfica. Si bien algunos afamados escritores utilizan un mesurado control intelectual en su desarrollo literario, el tratar sobre erotismo parece que nos exige un profundo convencimiento de que reflejaremos solo lo necesario de reflejar, sin caer en el exceso. El erotismo nos concierne a todos por igual y los miramientos morales o religiosos no pueden ser considerados los decálogos esenciales del buen hacer o buen gusto, más cuando sabemos cómo se las gastan o gastaron algunos moralistas y religiosos de este y de los siglos anteriores.

Las escenas eróticas o intimistas tienen cabida en la literatura universal. El obstáculo moral no debe dejar de existir, simplemente porque aquella persona que desarrolla un instinto sexual básico no deja de tener moral. No podemos seguir considerando transgresor o reaccionario a aquel que se anime a desarrollar una escena de contenido erótico o sensual. Existen grandes secuencias literarias que nos han arrobado o excitado sobremanera sin considerarnos impúdicos por el trance incurrido. Revisemos nuestro interior para considerar porque tememos a lo que solemos hacer entre actos, como previo a una visita familiar, o antes de una reunión de negocios, o de un almuerzo cena con nuestros seres más cercanos y sensibles, o más concretamente, a la hora de concebir una nueva vida. En definitiva, la esencia de la literatura es lograr que uno salga de la realidad para vivir la de un libro, y luego retomar la realidad, donde el sexo -y siempre considerando al sexo como algo sano- es parte necesaria de nuestra evolución, desarrollo y sublevación…