viernes, 15 de septiembre de 2017

Porque el pueblo se lo ganó

Todo el mundo ve lo que aparentas ser, pocos experimentan lo que realmente eres.
Nicolás Maquiavelo

La balanza estuvo mal nivelada casi desde el inicio, en los primeros días. De ahí que siempre ha habido enfrentamientos, divisiones de clases. Tuvimos sociedades de cazadores o recolectores, sociedades agrarias, sociedades feudales, sociedades industrializadas y post industrializadas, sociedades esclavistas, sociedades capitalistas, es decir una variada calificación de colectivos. En todas predominó el conflicto. Intereses antagónicos e incompatibles que han conducido siempre al enfrentamiento, al recelo, al sometimiento, al dominio, al desear ser dominante. En la larga historia de nuestra humanidad, hay una palabra que no resiste archivo, es decir que siempre se ha visto utilizada por todos los sectores, para loar o para criticar, para marcar el ideal o el porqué de nunca llegar. Una palabra que llena la boca, pero una palabra que suena incompleta porque es difícil que pueda abarcar lo que en verdad dice representar: la palabra en cuestión es pueblo.


Interpretamos, amamos, soñamos, hablamos, expresamos, juramos, incitamos, motivamos, y muchos más “amos” en nombre del pueblo. Casi todos los políticos invocan al pueblo a la hora de las grandes decisiones de los partidos gobernantes. El pueblo, a veces tarda en comprender que nunca hay nadie que los represente. Pero la discusión tantas veces excluye la responsabilidad del pueblo, y es de suponer que el pueblo tiene parte importante en las gestas frustradas, mal encaradas o incompletas. Pero esa masa sin número continuará su búsqueda sufrida, y en los grandes momentos de la historia, rara vez escribirá su responsabilidad por el desastre de turno. El pueblo tiene esa rara habilidad de ser siempre sufrido y nunca canalla.

El pueblo siempre será un asunto a resolver, pero el pueblo alguna vez deberá resolver su incapacidad al tomar pésimas decisiones. La responsabilidad siempre habrá de ser de los ciudadanos que ostentan el poder, casi nunca de aquella masa que avala con su silencio, con su sometimiento, con su masiva presencia o con su ansia de reivindicación, justicia y visibilidad. En el nombre del pueblo se han situado en el poder grandes absolutistas como Carlos Luis Napoleón III o Hitler, para no dar tantos nombres. También han apoyado el ascenso de supuestos buenos hombres, situándolos por encima de la ley y del estado de derecho. En momentos puntuales y claves de la historia, las partes se han tenido miedo. Unos y otros se temen y recelan. El poder que los de siempre ostentan, les han hecho considerarse como los únicos en condiciones de gobernar. Los que no tienen voz, solo ven en la posibilidad del voto la oportunidad de ser escuchados. Pero no se ha podido solucionar aún el conflicto de “demos” (el sujeto colectivo que en democracia le corresponde el poder de gobernar) y aún en sociedades que transitan alrededor de un uso ilimitado de la información, no parece reflejarse en un afán de conocimiento en ascenso, sino en la denuncia de vivir manipulados por falsa información. Habrá argumentos válidos y contundentes, pero siempre sorprenderá la escasa posibilidad de revisar conceptos básicos, reconocer errores propios o reconocer escasez de razonamiento propio, siempre se limitará todo al sometimiento de la manipulación corporativa de los entes malignos. Tanto el exceso educativo como la falta de educación coinciden en que, a la larga, ninguna de las partes sabe demasiado ni saben resolver las carencias sociales y comunicativas del conjunto.

Nos sentimos atrapados por una interpretación que corroe: ¿transitamos democracias o demagogias? También se duda al determinar si ante un gentío multitudinario, podemos definir que la masa está reclamando las mismas necesidades, o por la condición de individuos que ostentamos, cada uno se acerca a la multitud para situar su propia necesidad o expresión.  Lo lógico es suponer que en una multitud existirán maneras diferentes de considerar el grupo, de acuerdo a sus necesidades personales y también es posible que aquellos que se integren momentáneamente a un grupo lo hagan para seguir aislados en sus principios, como si se otorgaran un impasse. Es la voz del pueblo, el pueblo ha hablado, se hará la voluntad del pueblo, llevo en mis oídos la más maravillosa música que es la palabra del pueblo, parecen ser ideales referenciales de poesía más que de representación que superen emociones, necesidades o prejuicios. Insistir en afirmar que el pueblo nunca se equivoca es sentir que hemos vivido equivocándonos permanentemente, pero sin la capacidad de asumirlo y reconocerlo. Sin reconocer equivocaciones no se crece, debemos resolver el grado de evolución y evaluación de los que forman o se sienten pueblo, aunque pueblo somos todos es otro de los clichés que desgastan a los oradores.

Democracia es mayoría, pero me cuesta sentir que representa la verdad. Democracia son las partes que representan el proceso democrático, entendiendo que una parte ha de ganar, y otras no, y todas las partes habrán de asumir que eso es así y está bien hasta que se vuelva a votar, aunque también se deba velar por que se cumpla el supuesto ideal. Pero justificar un accionar en nombre de la democracia parece ser complejo de aceptar. Y justificar que se hace todo en nombre de la democracia y la representación del pueblo parece ser una falacia que conserva una insólita vigencia. El pueblo está atado al agradecimiento eterno de aquel que dice actuar solo motivado en el bien de su pueblo, y el pueblo no termina de comprender que nadie actúa en nombre tuyo, si tantas veces nosotros mismos no sabemos representarnos cuando necesitamos expresarnos. Todo parece marcado por un juramento eterno, donde no se puede remover ni revisar, porque todo se hace en nombre del pueblo como término que asusta porque, supongo que es difícil asumir que se enfrenta a un pueblo. De esta manera nos resta cuestionar que en esa aceptación del tópico seguimos siendo ciudadanos con derecho a expresión y disentir o debemos convertirnos todos en súbditos que no osen enfrentar la difusa terminología de pueblo.


Conducta de masas o dinámica colectiva nos suele servir como conceptos para determinar una multitud espontánea. Suelen definirse como carentes de organización, pero sabemos que no es así, al menos en la superficie. Tantas veces una multitud consiste en un 5% o menos que incide sobre el resto de la masa, que suele acompañar o mirar alrededor consintiendo o no prestando atención. Pero la magnitud de la palabra pueblo permite suponer que el grueso de esa multitud sigue, con docilidad o con momentos de violencia, el ritmo que imponga su minoría dominante. Sea como sea el proceso, nos acostumbramos que el pueblo saldrá inocente de toda organización o movimiento impulsivo. La necesaria presencia del chivo expiatorio -retornando a la anterior entrada de este blog- permitirá expiar las culpas colectivas en un particular hegemónico fuera del grupo, enfrentado a las masas. El pueblo a veces se parece al poder dominante y opresor, ya que no suele responder de lo que vota, de lo que calla, de lo que avala, de lo que esconde. El pueblo siempre será la víctima, nunca parte culpable. Da la sensación que a las partes enfrentadas les separa más el poder económico que el poder de la dialéctica. En eso se parecerán eternamente, ninguna de las partes sabe enfrentar sus propias calamidades y el corto paso del tiempo ayuda la amnesia colectiva -lo que permite aceptar la similitud de los errores del presente-, y nos aúna en la miseria colectiva…

PD: tantas veces se calla más que lo que se escribe...