"Respondiendo
a las informaciones y conjeturas que sobre mí han aparecido en la prensa desde
hace dos semanas, deseo confirmar que he dado positivo en las pruebas del virus
y que tengo el sida. Es hora de que mis amigos
y mis fans en todo el mundo conozcan la verdad, y deseo que todos se unan a mí,
a mis médicos y a todos los que padecen esta terrible enfermedad para luchar
contra ella”.
Freddie Mercury, a través de su portavoz Roxy Meade.
Al día siguiente, murió. En aquel momento, 24 de noviembre de
1991, pareció absurdo develar que padecía la enfermedad del SIDA un día antes
de fallecer. La lógica no permitía suponer que, en verdad, fue una señal de
valentía. Podría haber muerto con el silencio de su afección, tal vez fue una
manera de abrir una puerta para que todos aquellos muertos de aquellas décadas
por “la peste gay” dejarán de sentir el oprobio de una enfermedad que avergonzaba y marginaba.
Freddie Mercury siempre fue una estrella, el rock le permitió magnetizar a las
masas, pero en esos últimos meses, no pudo frenar el terrible impulso que la
prensa sensacionalista británica llevó a cabo: un goteo constante de un puñado
de fotos donde su delgadez extrema y aspecto enfermizo demostraba que el morbo no
conoce de privacidad.



















