“La
palabra es como la leche que se ordeña. Nadie puede volver a meterla en la
ubre”.
Sa'ad ad-Din Varavini
del libro del Marzban, año 1220.
Si bien se trata de una
actividad al alcance de cualquiera, en mis tiempos de niño no se necesitaba ni
se exigía una preparación en particular, el carisma era importante para
cautivar, sumado a una expresión dramática que manejara el ambiente, el ritmo
de narrar y eso solucionaba todo. Hay personas más hábiles que otras para
contar historias, dominando con soltura técnicas o claves. A todo niño le
encanta que le cuenten aventuras, participa con preguntas, suspiros de
admiración o zozobra y con el componente esencial que es la imaginación. Ese
arte admirativo se perdía de adulto hasta que hace poco, decidimos involucionar
y desear que los farsantes nos cuenten historias absurdas e infantiles todo el
tiempo; y nosotros, creerlas durante toda la vida.
