“Un no-lugar es un espacio despojado de las expresiones simbólicas de la identidad, las relaciones y la historia: los ejemplos incluyen aeropuertos, autopistas, autónomos cuartos de hotel, el transporte público.”
Zygmunt Bauman (1925-2017)
Somos seres sociales que en determinados momentos vivimos vorágines de perpetua desintegración e integración. Según Marshall Berman, nuestra naturaleza responde a “a la unidad de la desunión” donde lo sólido se desvanece en el aire. Aspiramos al sueño de la autonomía y emancipación para caer de bruces en las diversas adaptaciones y manipulaciones regionales de nuestros entornos. Si la obsesión del siglo XIX fue la historia, la del XX fue el espacio y supuestamente estamos transitando en este siglo el concepto del lugar, detonado por procesos de migración o desplazamientos forzados. Esos espacios que no existían en un pasado cercano -último cuarto de siglo anterior- han precipitado el paso de la modernidad a una posmodernidad o sobremodernidad, donde todo parece encaminado hacia el espectáculo. En ese tránsito, son varios los que se sienten ajenos a la velocidad de los hechos que pasan raudos frente a nuestros ojos.

