Muchos recordarán la imagen inicial de Match Point, de Woody Allen. La película se abre con la imagen de una pelota en un partido de tenis que aparece suspendida en el aire luego de impactar en la faja, y que el azar decidirá en qué parte del campo quedará. La imagen simboliza la crudeza que a veces determina el éxito o el fracaso. Muchas veces puede ser determinante para el éxito de un emprendimiento. Otras veces, algunos logran superar fracasos anteriores mejorando o recurriendo a historias paralelas. Andy Murray, cansado de que la pelota botara en su propio campo, tomo una decisión que hoy podemos decir que ha sido significativa en una carrera deportiva que todavía le reserva muchas páginas.
Durante 77 años los británicos aguardaron un ganador
propio en Wimbledon, el torneo más aristocrático de un deporte que intenta
seguir siéndolo. Año tras año el ganador individual en caballeros era un
extranjero y costaba encontrar el heredero de Fred Perry, quien venciera en
tres ediciones consecutivas, la última en 1936 al derrotar en tres sets
(6-1,6-0 y 6-1) al alemán Gottfried Von Cramm. El teutón tuvo el triste record
de ver como el destino le mostró siempre la cruz del torneo. Los tres triunfos
de Perry fueron a costa del alemán y siempre en sets corridos.
De ahí en adelante, recordando que el torneo no se
celebró entre los años 1940 y 1945 a causa de la Segunda Guerra Mundial, solo
dos británicos llegaron hasta el último escalón, a la gran final. Bunny Austin
en 1938 y el propio Andy Murray en 2012, perdiendo la final en cuatro sets ante
Roger Federer. Lo más cercano a un sentimiento británico pueden ser los 17
títulos que se repartieron nueve tenistas australianos, destacando Rod Laver
con 4, John Newcombe con 3 y el último de Lleyton Hewit, en 2002, ante nuestro
David Nalbandian.
Ganar
como ganó Murray por 3 sets a 0 una
final de Grand Slam ante
el líder del ranking (Novak Djokovic) no
es fácil, y menos en Wimbledon. No ocurría desde Roland Garros 2008 (Nadal ante
Federer), y en la hierba londinense no pasaba desde 1987 (Pat Cash ante Ivan
Lendl). La última derrota en Wimbledon del nº1 del mundo por 3-0 la sufrió Pete
Sampras en cuartos de final de 1996 ante Richard Krajíček, que acabaría
ganando esa edición. Como vemos en este derroche de memoria, tenemos tres
coincidencias: Perry, el último británico ganador, siempre se impuso en tres
sets; Murray también lo logró en sets corridos y la última vez que en Wimbledon
se había ganado la final en tres sets, el derrotado era Ivan Lendl, hoy
entrenador del escocés y creo que la otra parte de esta historia, donde la
pelota bota o no bota en el lugar esperado y donde el cerebro logra desbotarse
para lograr alcanzar la cima del deporte.
Ivan Lendl encabezó el ranking mundial de tenis durante
270 semanas, récord solo superado por Federer (287) y Sampras (286). El tenista
checo ganó un total de 94 títulos individuales, el segundo en la historia por
detrás de Jimmy Connors (109) y por delante de muchos grandes. En su
estadística alcanza a 19 finales de Grand Slam ganando 8 de ellas, 3 de esas
victorias fueron consecutivas en el Us Open (desde 1985 a 1987), otros 3 en
Roland Garros (1984, 1985 y 1987) y las otras dos finales ganadas en Australia
(1989 y 1990). No pudo ganar Wimbledon, siendo finalista en 3 oportunidades y
alcanzando las semifinales en otras 4 ocasiones. Sin dudas, la hierba
londinense fue su única frustración en su palmarés, pero tuvo otras, de ahí el
motivo de la historia. Para llegar a dominar el tenis mundial, con tantos
buenos jugadores en el circuito, tuvo que sufrir y mucho, casi, casi como le ha
sucedido a su hoy pupilo, el escocés Andy Murray.
Ivan
Lendl no era precisamente un tenista carismático ni simpático. A lo largo de su
carrera tuvo una serie de apodos o definiciones que nos permitieron suponer
como lo consideraba el ambiente del tenis a este tenista nacido en la oscura
Ostrava, en Checoslovaquia, y que llegó a ser ciudadano americano al final de
su recorrido deportivo. “Robot”, “hombre de hielo”, “gallina”, “arrogante” y “racista” fueron
alguno de los motes que le acompañaron en sus distintas etapas en el circuito.
Lendl,
que se crió en la tierra batida checa entrenándose a las órdenes de su madre, era
un tenista que se caracterizaba por su sangre fría y paciencia, además de tener
muy buenos golpes y piernas de atleta. Despuntó joven en el circuito, en 1978
con solo dieciocho años (antes eso era precocidad) y dos años después lideraba
a la antigua Checoslovaquia a ganar la Copa Davis y los argentinos recordarán
siempre la semifinal en el Buenos Aires Lawn Tennis Club donde Vilas y Clerc no
disimularon sus diferencias y la serie fue dominada por el gigante serio y de
piernas largas y de un tenis infinito. Su carrera continuó su progresión, en
1980 ya es tercero del ranking y en 1981 disputaba con la leyenda sueca Bjorn
Borg la final de Roland Garros. Perdió en cinco sets, el último por 6-4 y
parecía que su primer grande era cuestión de meses. Pero los meses se
sucedieron y la paciencia que lo sobresalía se fue perdiendo, y al mismo tiempo
la confianza.
A esa final le sucedieron otras tres más perdidas (2
en Us Open y 1 en Australia) además de una semifinal en Wimbledon. Sus rivales
sabían que fallaba en la última cita y algunos insinuaron que no tenía fuerza
mental para superar las grandes finales. Pero la bola alguna vez debería botar
en el otro campo luego de pegar en la faja y el checo solo aguardaba poder
presenciar ese momento.
En 1985 el tenis estaba dominado por dos grandes
jugadores pero cuestionados por alguna característica de su genio. A Lendl ya
dijimos que dudaban de su fuerza mental para las grandes gestas y a John Mc
Enroe su mal genio lo echaba a perder. Ese año arrancó con una racha increíble
del americano y llegó a la cita que no podía sortear: Roland Garros (nunca pudo
ganar en la tierra batida). Mc Enroe, con 25 años en ese entonces, llegaba a la
final como número 1 del mundo y con 42 partidos invictos en la temporada. Del
otro lado llegaba el checo con buen paso, eliminando a Martín Jaite en cuartos
de final y a Jimmy Connors en una semifinal sin complicaciones.
McEnroe
parte como favorito. Juegan primero contra segundo en el ranking. Los dos son
tenistas geniales pero con limitaciones evidentes. Uno que no gana en tierra
batida y el otro que sucumbe en las finales. El partido se juega también fuera
del court y la mente de ambos parece hacer la gran diferencia. Cuando se llega
a un nivel de calidad tan impresionante, la diferencia entre uno y otro se basa
muchas veces en su mayor fuerza mental. McEnroe lleva ventaja. Ha jugado siete
finales de torneos del Grand Slam -cuatro Wimbledon y tres Open de Estados
Unidos- y ha ganado cinco. Lendl ha disputado cuatro finales y las ha perdido
todas. Se hunde moralmente, aunque muchos opinan que "esto se tiene que
acabar algún día".
Los dos finalistas no se llevan bien, mejor dicho no
se llevan. “Yo tengo más talento en mi dedo meñique que Lendl en todo su
cuerpo”, llegó a decir en público el
americano sobre Ivan el terrible. "¿Os
hace ilusión que un robot sea el número uno del mundo?", preguntaba
'BigMac' a los periodistas. La batalla mediática la ganaba sin contemplaciones
Mc Enroe. Todos sospechaban que también triunfaría en el campo.
El checo presiente una nueva decepción. Los dos
primeros sets se escapan 3-6 y 2-6. Mc Enroe parece ser el que revertirá esa
tarde la estadística. Es hasta lógico, su 43 partido ganado consecutivo tiene
que llegar y por ende el título del Grand Slam que le falta. Pero el checo
encuentra paz en su mente, vuelve a confiar en su tenis y en las siguientes 2
horas y fracción recupera esa paciencia que le permite levantar la bola
aumentando su carga de “top spin” y a variar constantemente su juego con globos
y dejadas, forzando uno a uno los errores de su rival y a pasarlo
constantemente con un passing shot implacable cuando el americano se acerca a
la red.
Llega
el tercer set a favor de Lendl por 6-4 y el cuarto iguala la serie con un 7-5.
“Bic Mac” comienza a perder la cordura, arma sus acostumbrados numeritos,
insulta a jueces, líneas y hasta un operario de televisión, pero como dijo
Woody Allen en su película, la pelota ya había pasado de lado al botar en la
faja y esa tarde la gloria sería para el que no sabía gestionar los grandes
triunfos. Con otro 7-5 se abrazó a Roland Garros, ganó su primer gran torneo y
se convirtió en campeón y al mismo tiempo, condenó a Mc Enroe a sufrir la peor
decepción de su carrera deportiva.
A
partir de ese momento, el checo se convirtió en el dominador del circuito. Su
derecha era su mejor golpe y su saque y revés estaban cerca de ser considerados
perfectos. Ahí nace el apodo “Ivan, el terrible”, solo la volea se puede poner
en cuestionamiento a la hora de clasificar sus golpes. Lendl se convirtió en un
asesino en serie, se adueñó de records y títulos si bien nunca pudo ganar
Wimbledon. Se supone que a todo genio siempre hay algo que se le resiste. Se
obsesionó con el torneo de la hierba, perdió tres finales y tuvo que reconocer que
cuando su mente se acostumbró a ganar, su tenis y la suerte a veces dicen hasta
aquí llegaste.
Debemos
regresar a las coincidencias para dar paso al último protagonista de la
historia. Perry, el anterior ganador británico 77 años antes ganando siempre en
3 sets sus finales de Wimbledon; Lendl perdiendo una final en la hierba de
Londres en 3 sets ante Pat Cash y hasta su cuarta final no puede ganar un Grand
Slam; y el escocés Murray, que de esto de fallar mentalmente en las grandes
finales parecía condenarlo a un segundo plano entre los más grandes de su época
hasta que toma una decisión trascendente que de momento cambia su recorrido
deportivo. Contrata como entrenador a un ex tenista sin experiencia en entrenar
pero con un soberbio palmarés a la hora inicial de perder finales: Ivan Lendl.
En
enero de 2012 Andy Murray, número 4 del ranking mundial decide buscar nuevo
entrenador. A los 24 años y con tres finales perdidas sabe que su mente y su
carácter no le permiten pasar ese escollo que es una final ganada para ser
considerado uno de los grandes. Decidido a ganar ese año un Grand Slam escoge a
Ivan Lendl, quien sabe lo que es trabajar la mente para superar frustraciones
similares y se aferra a otra coincidencia: de lograr un Grand Slam esa
temporada, tendrá la misma edad que Lendl a la hora de romper su racha en aquel
Roland Garros antes comentado.
Desde
que comenzaron a trabajar, Lendl ha hecho hincapié en la actitud mental de
Murray. El tenista era excepcional pero su carácter era el elemento a
considerar. Esa especie de mala uva y timidez que lo obligaba a sucumbir en el
último momento. Gana en Brisbane pero pierde en semifinales de Australia ante
Nole Djokovic en cinco sets; Pierde la final de Dubai ante Federer y un mes
después pierde la final del Master mil de Miami nuevamente ante Nole. La gira
de tierra batida no deja nada para destacar perdiendo en cuartos de final de
Roland Garros ante Ferrer y llega por primera vez a la final de Wimbledon, su
gran objetivo y de todo el Reino Unido. Pierde en cuatro sets con un resurgido
Roger Federer, pero fue un partido donde el escocés mereció mejor suerte.
Cuarta final jugada y perdida, parece que Lendl no logra trasmitir la pócima
para revertir fracasos.
Los
Juegos Olímpicos es la cita siguiente de la hierba de Londres. Y allí Murray
logra la medalla dorada. Le gana a Nole en Semis y al mismo Federer en la final
y revisando las casualidades en sets corridos: 6-2, 6-1 y 6-4. Apabullante!!
Si
bien unos Juegos Olímpicos no se comparan con un Grand Slam, ganar en Londres y
en hierba tiene un significado especial para los británicos y para el propio
Murray. Algo está cambiando, la final la ganó con una suficiencia aplastante. Y
un mes después confirma el progreso al alzarse con el US Open, venciendo a
Djokovic, número 1 del mundo, en 5 sets.
Este
año perdió la final de Australia, descartó jugar Roland Garros y acudió a la
cita londinense dispuesto a rectificar su condición de mejor jugador en hierba
de la actualidad. En su camino nuevamente el serbio y esta vez, el resultado a
favor y en sets corridos, devuelven una imagen de un tenista británico en
condiciones de acceder en breve al número uno del mundo del tenis. Con 26 años,
ha logrado domar a sus demonios y ha culminado una triada de obsesión
compartida. Los británicos recuperan el torneo individual de Wimbledon (en otro
momento hablaremos de si es Murray británico o escocés), Lendl sabe a través de
su pupilo lo que es ganar el torneo y Murray confirma ganando el segundo Slam
de su carrera que el camino hacia el número uno está más cerca.
“Ivan me dijo que estaba orgulloso de mí, lo
que viniendo de él significa mucho”, explicó Murray. “Idealmente, desde su
punto de vista, habría ganado el título él mismo, pero creo que esto es lo más
parecido a eso para él”, continuó. “Y lo digo en serio. Siguió conmigo pese a
algunas derrotas duras en el último par de años. Ha sido muy paciente conmigo.
Estoy feliz de haber conseguido hacer esto para él”.
“Me ha cambiado la mentalidad”, dijo el
campeón de su entrenador. “Ivan creyó en mí cuando muchos no lo hicieron. Ha
sido muy paciente, porque a veces no soy fácil”, resumió Murray. “Me ha
enseñado a aprender de las derrotas más de lo que lo hice en el pasado, porque
siempre me dijo lo que pensaba, y eso no es normal en el tenis, porque el
jugador es el que está normalmente al mando”, añadió. “Si trabajo duro, está
contento. Si no, está decepcionado, y me lo dice. El año pasado, cuando perdí
la final (contra Federer) arriesgándome por primera vez en mis oportunidades,
me dijo que estaba orgulloso. Me ha cambiado la mentalidad”.
El
tenis ha cambiado, sigue siendo un deporte individual pero los jugadores del
circuito se tratan mejor que los de las décadas anteriores. Murray recibe la
felicitación sincera de Djokovic luego de apalearlo en tres sets. Federer se
deshace en elogios sobre algunos rivales, Nadal manda un twitter felicitando un
título de sus competidores. Murray dedica sin límites elogios a su entrenador.
Lendl debe comprender que el tenis ha mejorado en cuanto a las relaciones, no
creo que el checo haya tenido la posibilidad de vivir ese clima en el circuito.
El oro de Londres fue un punto de inflexión en su
carrera. El US Open 2012 y Wimbledon 2013 confirman que el escocés ahora va en
serio. Liberada la presión por ganar, el número uno no es un objetivo difícil. Las
casualidades de esta nota parecen haber terminado, pero queda algunas y por ser
las últimas, no son menos significativas. El 7 del 7 (7 de julio) Wimbledon
volvió a tener un campeón británico luego de 77 años de espera. Y fue la 7
final del escocés, quebró por primera vez el servicio del serbio en la 7º
oportunidad y le quebró al serbio en 7 oportunidades.
La pelota trastabilla tras tocar la banda. Ahora
Murray sonríe, sabe que de no mediar un poco de mala fortuna, esa pelota botará
en campo contrario…
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